Otro motivo de angustia era Irlanda. Desde que habнa llegado al convencimiento de que sуlo una acciуn resuelta, una rebeliуn, podнa librar a su patria de «perder el alma» a causa de la colonizaciуn, como les habнa pasado a huitotos, boras y demбs infelices del Putumayo, ardнa de impaciencia por volcarse en cuerpo y alma en preparar aquella insurrecciуn que acabara con tantos siglos de servidumbre para su paнs.
El dнa que el
El 21 de noviembre de 1910, en el puerto brasileсo de La Esperanza, sobre el rнo Yavarн, Roger desembarcу a catorce barbadenses, a las mujeres de cuatro de ellos y a cuatro niсos. La vнspera los habнa reunido para explicarles el riesgo que corrнan si lo acompaсaban a Iquitos. Desde que la Compaснa, coludida con los jueces y la policнa, los detuviera para responsabilizarlos por todos los crнmenes, hasta que fueran objeto de presiones, agravios y chantajes a fin de que se retractaran de las confesiones que incriminaban a la Casa Arana.
Catorce barbadenses aceptaron su plan de desembarcar en La Esperanza y tomar allн el primer barco hasta Manaos, donde, protegidos por el consulado britбnico, esperarнan a que Roger los recogiera en el
Siguieron viaje con йl hasta Iquitos, ademбs de Arйdomi y Omarino, Frederick Bishop,
Los cuatro dнas que faltaban para llegar, Roger los pasу trabajando en sus papeles y preparando un memo rando para las autoridades peruanas.
El 25 de noviembre desembarcaron en Iquitos. El cуnsul britбnico, Mr. Stirs, insistiу una vez mбs en que Roger se instalara en su casa. Y acompaсу a йste a una pensiуn vecina donde encontraron alojamiento para los barbadenses, Arйdomi y Omarino. Mr. Stirs estaba inquieto. Habнa gran nerviosismo en todo Iquitos con la noticia de que pronto llegarнa el juez Carlos A. Valcбrcel para investigar las acusaciones de Inglaterra y Estados Unidos contra la Compaснa de Julio C. Arana. El temor no era sуlo de empleados de la Peruvian Amazon Company sino de los iquiteсos en general, pues todos sabнan que la vida de la ciudad dependнa de la Compaснa. Habнa una gran hostilidad contra Roger Casement y el cуnsul le aconsejу que no saliera solo pues no se podнa descartar un atentado contra su vida.
Cuando, despuйs de la cena y la consabida copa de oporto, Roger le resumiу lo que habнa visto y oнdo en el Putumayo, Mr. Stirs, que lo habнa escuchado muy serio y mudo, sуlo atinу a preguntarle:
—їTan terrible como en el Congo de Leopoldo II, entonces?
—Me temo que sн y acaso peor —repuso Roger—. Aunque me parece obsceno establecer jerarquнas entre crнmenes de esa magnitud.
En su ausencia, habнa sido nombrado un nuevo prefecto en Iquitos, un seсor venido de Lima llamado Esteban Zapata. A diferencia del anterior, no era empleado de Julio C. Arana. Desde que llegу guardaba cierta distancia con Pablo Zumaeta y los otros directivos de la Compaснa. Sabнa que Roger estaba a punto de llegar y lo esperaba con impaciencia.
La entrevista con el prefecto tuvo lugar a la maсa na siguiente y durу mбs de dos horas. Esteban Zapata era un hombre joven, muy moreno, de maneras educadas. Pese al calor —sudaba sin cesar y se limpiaba la cara con un gran paсuelo morado— no se quitу la levita de paсo. Escuchу a Roger muy atento, asombrбndose a ratos, interrumpiйndolo alguna vez para pedir precisiones y con frecuentes exclamaciones de indignaciуn («ЎQuй terrible! ЎQuй espanto!»). De tanto en tanto le ofrecнa vasitos de agua fresca. Roger se lo dijo todo, con gran detalle, nombres, nъmeros, lugares, concentrбndose en los hechos y evitando los comentarios, salvo al final, en que concluyу su relaciуn con estas palabras:
—En resumen, seсor prefecto, las acusaciones del periodista Saldaсa Roca y del seсor Hardenburg no eran exageradas. Por el contrario, todo lo que ha publicado en Londres la revista