Cuando, en febrero de 1885, en la Conferencia de Berlнn a la que no asistiу un solo congolйs, las catorce potencias participantes, encabezadas por Gran Bretaсa, Es tados Unidos, Francia y Alemania dieron graciosamente a Leopoldo II —a cuyo lado estuvo en todo momento Henry Morton Stanley— los dos millones y medio de kilуmetros cuadrados del Congo y sus veinte millones de habitantes para que «abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y civilizara y cristianizara a los paga nos», Roger Casement, con sus veintiъn aсos reciйn cumplidos y su aсo de vida Бfricana, lo festejу. Igual hicieron todos los empleados de la Asociaciуn Internacional del Congo que, en previsiуn de esta cesiуn, llevaban ya tiempo en el territorio, sentando las bases del proyecto que el monarca se disponнa a llevar a cabo. Casement era un muchacho fuerte, muy alto, delgado, de cabellos y barbita muy negros, hondos ojos grises, poco propenso a las bromas, lacуnico, que parecнa un hombre maduro. Sus preocupaciones desconcertaban a sus compaсeros. їQuiйn de ellos iba a tomar en serio aquello de la «misiуn civilizadora de Europa en Бfrica» que obsesionaba al joven irlandйs? Pero le tenнan aprecio porque era trabajador y es taba siempre dispuesto a echar una mano y a reemplazar en un turno o una comisiуn a quien se lo pidiera. Salvo fumar, parecнa exento de vicios. No bebнa casi alcohol y cuando, en los campamentos, desatadas las lenguas por la bebida, se hablaba de mujeres, se lo notaba incуmodo, deseando irse. Era incansable en los recorridos por el bosque y un imprudente nadador en los rнos y lagunas, que daba brazadas enйrgicas frente a los soсolientos hipopуtamos. Tenнa pasiуn por los perros y sus compaсeros recordaban que en aquella expediciуn de 1884, el dнa que un cerdo salvaje clavу sus colmillos en su fox terrier llamado Spindler, al ver al animalito desangrбndose con el flanco abierto, tuvo una crisis nerviosa. A diferencia de los demбs europeos de la expediciуn, el dinero no le importaba. No habнa venido al Бfrica soсando con hacerse rico, sino movido por cosas incomprensibles como traer el progreso a los salvajes. Se gastaba su salario de ochenta libras esterlinas al aсo invitando a los compaсeros. El vivнa frugalmente. Eso sн, cuidaba de su persona, arreglбndose, lavбndose y peinбndose a las horas del rancho como si en vez de acampar en un claro o en la playita de un rнo estuviera en Londres, Liverpool o Dublнn. Tenнa facilidad para los idiomas; habнa aprendido el francйs y el portuguйs y chapurreaba palabritas de los dialectos Africanos a los pocos dнas de estar avecindado en una tribu. Siempre andaba anotan do lo que veнa en unas libretitas escolares. Alguien descubriу que escribнa poesнas. Le hicieron una broma al respecto y la vergьenza apenas le permitiу balbucear un desmentido. Alguna vez confesу que, de niсo, su padre le habнa dado correazos y por eso le irritaba que los capataces azotaran a los nativos cuando dejaban caer una carga o incumplнan уrdenes. Tenнa una mirada algo soсadora.

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