Poco antes de partir Roger rumbo al Amazonas, siguiendo sus consejos, el Foreign Office nombrу un nuevo cуnsul en Iquitos: George Michell. Era una elecciуn magnнfica. Roger lo habнa conocido en el Congo. Michell era empeсoso y trabajу con entusiasmo en la campaсa de denuncia de los crнmenes bajo el rйgimen de Leopoldo II. Tenнa frente a la colonizaciуn la misma posiciуn que Casement. Llegado el caso, no vacilarнa en enfrentarse a la Casa Arana. Tuvieron dos largas conversaciones y planea ron una estrecha colaboraciуn.

El 16 de agosto de 1911, Roger, Omarino y Arй domi partieron de Southampton, en el Magdalena, rumbo a Barbados. Llegaron a la isla doce dнas despuйs. Desde que el barco empezу a surcar las aguas azul plata del mar Caribe, Roger sintiу en la sangre que su sexo, dormido en estos ъltimos meses de enfermedades, preocupaciones y gran trabajo fнsico y mental, volvнa a despertar y a llenarle la cabeza de fantasнas y deseos. En su diario resumiу su estado de бnimo con tres palabras: «Ardo de nuevo».

Nada mбs desembarcar fue a agradecer al padre Smith lo que habнa hecho por los dos chiquillos. Lo emocionу ver cуmo Omarino y Arйdomi, tan parcos en Londres para manifestar sus sentimientos, abrazaban y pal meaban al religioso con gran familiaridad. El padre Smith los llevу a visitar el Convento de las Ursulinas. En ese tranquilo claustro con arbolillos de algarrobo y flores moradas de la buganvilia, donde no llegaba el ruido de la calle y el tiempo parecнa suspendido, Roger se apartу de los otros y se sentу en una banca. Estaba observando una hilera de hormigas que llevaba en peso una hoja, como los cargadores el anda de la Virgen en las procesiones del Brasil, cuando recordу: hoy era su cumpleaсos. ЎCuarenta y siete! No se podнa decir que fuera un anciano. Muchos hombres y mujeres de su edad estaban en plena forma fнsica y psicolуgica, con energнa, anhelos y proyectos. Pero йl se sentнa viejo y con la desagradable sensaciуn de haber ingresado a la etapa final de su existencia. Alguna vez, con Herbert Ward, en Бfrica, habнan fantaseado cуmo serнan sus ъltimos aсos. El escultor se imaginaba una vejez mediterrбnea, en Provenza o Toscana, en una casa rural. Tendrнa un vasto taller y muchos gatos, perros, patos y gallinas y йl mismo cocinarнa los domingos platos densos y condimentados como la bouillabaisse para una larga parentela. Roger, en cambio, sobresaltado, afirmу: «Yo no llegarй a la vejez, estoy seguro». Habнa sido un pбlpito. Recordaba vividamente aquella premoniciуn y volviу a sentirla como cierta: no llegarнa a viejo.

El padre Smith aceptу alojar a Omarino y Arйdo mi los ocho dнas que permanecieron en Bridgetown. Al dнa siguiente de su llegada Roger fue a unos baсos pъblicos que habнa frecuentado a su paso anterior por la isla. Como esperaba, vio hombres jуvenes, atlйticos y estatuarios, pues aquн, igual que en Brasil, nadie tenнa vergьenza de su cuerpo. Mujeres y hombres lo cultivaban y lucнan con desenfado. Un muchacho muy joven, adolescente de quince o diecisйis aсos, lo turbу. Tenнa esa palidez frecuente en los mulatos, una piel lisa y brillante, unos ojos verdes, grandes y osados, y, de su ajustado pantalуn de baсo, emergнan unos muslos lampiсos y elбsticos que a Roger le causaron un comienzo de vйrtigo. La experiencia habнa aguzado en йl esa intuiciуn que le permitнa conocer muy rбpido, por indicios imperceptibles para cualquier otro —un esbozo de sonrisa, un brillo en los ojos, un movimiento invitador de la mano o del cuerpo—, si un mu chacho entendнa lo que йl querнa y estaba dispuesto a concedйrselo o, por lo menos, a negociarlo. Con el dolor de su alma, sintiу que ese joven tan bello era completa mente indiferente a los furtivos mensajes que le enviaba con los ojos. Sin embargo, lo abordу. Conversу un momento con йl. Era hijo de un clйrigo barbadense y aspiraba a ser contador. Estudiaba en una academia de comercio y dentro de poco, aprovechando una vacaciуn, acompaсarнa a su padre a Jamaica. Roger lo invitу a tomar helados pero el joven no aceptу.

De regreso a su hotel, presa de la excitaciуn, escribiу en su diario, en el lenguaje vulgar y telegrбfico que utilizaba para los episodios mбs нntimos: «Baсos pъblicos. Hijo de clйrigo. Bellнsimo. Falo largo, delicado, que se entiesу en mis manos. Lo recibн en mi boca. Felicidad de dos minutos». Se masturbу y se volviу a baсar, jabonбndose minuciosamente, mientras trataba de apartar la tristeza y la sensaciуn de soledad que le solнan sobrevenir en estos casos.

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