Al dнa siguiente, al mediodнa, mientras almorzaba en la terraza de un restaurante en el puerto de Bridgetown, vio pasar a su lado a Andrйs O'Donnell. Lo llamу. El antiguo capataz de Arana, jefe de la estaciуn de Entre Rнos, lo reconociу de inmediato. Unos segundos lo mirу con desconfianza y algo de susto. Pero, por fin, le estrechу la mano y aceptу sentarse con йl. Se tomу un cafй y un trago de brandy mientras charlaban. Le confesу que el paso de Roger por el Putumayo habнa sido como la maldiciуn de un brujo huitoto para los caucheros. Apenas se fue, corriу el rumor de que pronto llegarнan policнas y jueces con уrdenes de detenciуn y que todos los jefes, capataces y mayordomos de las caucherнas tendrнan problemas con la justicia. Y, como la Compaснa de Arana era inglesa, serнan enviados a Inglaterra y juzgados allб. Por eso, muchos, como O'Donnell, habнan preferido alejarse de la zona rumbo al Brasil, Colombia o Ecuador. El habнa venido hasta aquн con la promesa de un trabajo en una plantaciуn caсera, pero no lo consiguiу. Ahora trataba de partir a Estados Unidos, donde, al parecer, habнa oportunidades en los ferrocarriles. Sentado en esta terraza, sin botas, ni pistola, ni lбtigo, enfundado en un overol viejo y una ca misa raнda, era nada mбs que un pobre diablo angustiado por su porvenir.
—Usted no lo sabe, pero me debe a mн la vida, seсor Casement —le dijo, cuando ya se despedнa, con una sonrisa amarga—. Aunque, sin duda, no me lo va a creer.
—Cuйntemelo de todos modos —lo animу Roger.
—Armando Normand estaba convencido que si usted salнa vivo de allн, todos los jefes de las caucherнas irнamos a la cбrcel. Que lo mejor serнa que se ahogara en el rнo o se lo comiera un puma o un caimбn. Usted me en tiende. Como le ocurriу a ese explorador francйs, Eugйne Robuchon, que empezу a poner nerviosa a la gente con tantas preguntas que hacнa y por eso lo desaparecieron.
—їPor quй no me mataron? Era muy fбcil, con la prбctica que ustedes tenнan.
—Yo les hice ver las posibles consecuencias —afirmу Andrйs O'Donnell, con cierta jactancia—. Vнctor Macedo me apoyу. Que, siendo usted inglйs, y la Compaснa de don Julio tambiйn, nos juzgarнan en Inglaterra segъn las leyes inglesas. Y que nos ahorcarнan.
—No soy inglйs sino irlandйs —lo corrigiу Roger Casement—. Probablemente las cosas no hubieran ocurrido como cree. De todas maneras, muchas gracias. Eso sн, mejor viaje cuanto antes y no me diga dуnde. Estoy obligado a informar que lo he visto y el Gobierno inglйs cursarб muy pronto orden de que lo detengan.
Esa tarde, volviу a los baсos pъblicos. Tuvo mejor suerte que el dнa anterior. Un moreno forzudo y risueсo, al que habнa visto levantando pesas en la sala de ejercicios, le sonriу. Cogiйndolo del brazo, lo llevу a una salita donde vendнan bebidas. Mientras tomaban un jugo de piсa y plбtano y le decнa su nombre, Stanley Weeks, se acercaba mucho a йl, hasta rozar una de sus piernas con la suya. Luego, con una sonrisita llena de intenciones, lo llevу siempre del brazo a un pequeсo camarнn, cuya puerta cerrу con pestillo apenas entraron. Se besaron, se mordisquearon las orejas y el cuello, mientras se quitaban los pantalones. Roger observу, ahogбndose de deseo, el falo negrнsimo de Stanley y el glande rojizo y hъmedo, engordando bajo sus ojos. «Dos libras y me lo chupas», lo oyу decir. «Despuйs, te enculo». Asintiу, arrodillбndose. Mбs tarde, en su cuarto de hotel, escribiу en su diario: «Baсos pъblicos. Stanley Weeks: atleta, joven, 27 aсos. Enorme, durнsimo, 9 pulgadas por lo menos. Besos, mordiscos, penetraciуn con grito. Dos
Roger, Omarino y Arйdomi partieron de Barbados rumbo a Parб el 5 de septiembre, en el