—La maldad la llevamos en el alma, mi amigo —decнa, medio en broma, medio en serio—. No nos libraremos de ella tan fбcilmente. En los paнses europeos y en el mнo estб mбs disimulada, sуlo se manifiesta a plena luz cuando hay una guerra, una revoluciуn, un motнn. Necesita pretextos para hacerse pъblica y colectiva. En la Amazonia, en cambio, puede mostrarse a cara descubierta y perpetrar las peores monstruosidades sin las justificaciones del patriotismo o la religiуn. Sуlo la codicia pura y dura. La maldad que nos emponzoсa estб en todas partes donde hay seres humanos, con las raнces bien hundidas en nuestros corazones.
Pero inmediatamente despuйs de hacer estas afirmaciones lъgubres, soltaba una broma o contaba una anйcdota que parecнan desmentirlas. A Roger le gustaba conversar con el doctor Dickey, aunque, a la vez, lo deprimнa un poco. El
Se alojу en el Hotel do Comйrcio, sintiendo que renacнa en su cuerpo la antigua fiebre que se apoderaba de йl al emprender esos recorridos en aquella
A la maсana siguiente visitу al cуnsul inglйs y a algunos europeos y brasileсos conocidos de su estancia anterior en Parб. Sus averiguaciones fueron ъtiles. Localizу por lo menos a dos fugitivos del Putumayo. El cуnsul y el jefe de la Policнa local le aseguraron que Josй Inocente Fonseca y Alfredo Montt, luego de pasar un tiempo en una plantaciуn a orillas del rнo Yavarн, estaban ahora instalados en Manaos, donde la Casa Arana les habнa conseguido trabajo en el puerto como controladores de aduanas. Roger telegrafiу de inmediato al Foreign Office que pi diera a las autoridades brasileсas una orden de arresto contra ese par de criminales. Y tres dнas mбs tarde la Cancillerнa britбnica le respondiу que Petrуpolis veнa de manera favorable esa solicitud. Ordenarнa de inmediato a la policнa de Manaos que detuviera a Montt y Fonseca. Pero no serнan extraditados sino juzgados en el Brasil.
Su segunda y tercera noche en Parб fueron mбs fructнferas que la primera. Al anochecer del segundo dнa, un muchacho descalzo que vendнa flores se ofreciу prбcticamente a йl cuando Roger lo sondeaba preguntбndole el precio del ramo de rosas que tenнa en la mano. Fueron a un pequeсo descampado, donde, en las sombras, Roger escuchу jadeos de parejas. Esos encuentros callejeros, en condiciones precarias siempre llenas de riesgos, le infundнan sentimientos contradictorios: excitaciуn y asco. El vendedor de flores olнa a axilas, pero su aliento espeso y el calor de su cuerpo y la fuerza de su abrazo lo caldearon y llevaron muy pronto al clнmax. Al entrar al Hotel do Comйrcio, advirtiу que tenнa el pantalуn lleno de tierra y manchas y que el recepcionista lo miraba desconcertado. «Me asaltaron», le explicу.