A la noche siguiente, en la Praga do Palбcio tuvo un nuevo encuentro, esta vez con un joven que le pidiу una limosna. Lo invitу a pasear y en un quiosco bebieron una copa de ron. Joao lo llevу a una cabaсa de latas y este ras en una barriada miserable. Mientras se desnudaban y hacнan el amor a oscuras sobre un petate de fibras tendido en el suelo de tierra, oyendo ladrar a unos perros, Roger estuvo seguro de que en cualquier momento sentirнa en su cabeza el filo de un cuchillo o el golpe de un garrote. Estaba preparado: en estos casos no sacaba nunca mucho dinero ni su reloj ni su lapicera de plata, apenas un puсado de billetes y monedas para dejarse robar algo y asн aplacar a los ladrones. Pero nada le ocurriу. Joao lo acompaсу de vuelta hasta las cercanнas del hotel y se des pidiу de йl mordiйndole la boca con una gran risotada. Al dнa siguiente, Roger descubriу que Joao o el vendedor de flores le habнan pegado ladillas. Tuvo que ir a una farmacia a comprar calomel, quehacer siempre desagradable: el boticario —peor si se trataba de una boticaria— solнa clavarle la vista de una manera que lo avergonzaba y, a veces, le lanzaba una sonrisita cуmplice que, ademбs de confundirlo, lo enfurecнa.
La mejor, pero tambiйn la peor experiencia en los doce dнas que estuvo en Parб, fue la visita a los esposos Da Matta. Eran los mejores amigos que habнa hecho durante su estancia en la ciudad: Junio, ingeniero de caminos, y su esposa, Irene, pintora de acuarelas. Jуvenes, guapos, ale gres, campechanos, exhalaban amor a la vida. Tenнan una niсa preciosa, Marнa, de grandes ojos risueсos. Roger los conociу en alguna reuniуn social o en un acto oficial, por que Junio trabajaba para el Departamento de Obras Pъblicas del gobierno local. Se veнan con frecuencia, hacнan paseos por el rнo, iban al cine y al teatro. Recibieron a su antiguo amigo con los brazos abiertos. Lo llevaron a cenar a un restaurante de comida bahiana, muy picante, y la pequeсa Marнa, que tenнa ya cinco aсos, bailу y cantу para йl haciendo morisquetas.
Esa noche, en el largo desvelo en su cama del Hotel do Comйrcio, Roger cayу en una de esas depresiones que lo habнan acompaсado casi toda su vida, sobre todo luego de un dнa o una racha de encuentros sexuales callejeros. Lo entristecнa saber que nunca tendrнa un hogar como el de los Da Matta, que su vida serнa cada vez mбs solitaria a medida que envejeciera. Pagaba caros esos minutos de placer mercenario. Se morirнa sin haber saborea do esa intimidad cбlida, una esposa con quien comentar las ocurrencias del dнa y planear el futuro —viajes, vacaciones, sueсos—, sin hijos que prolongaran su nombre y su recuerdo cuando se fuera de este mundo. Su vejez, si llegaba a tenerla, serнa la de los animales sin dueсo. E igual de miserable, pues, aunque ganaba un salario decente desde que era diplomбtico, nunca habнa podido ahorrar por la cantidad de donaciones y ayudas que daba a las entidades humanitarias que luchaban contra la esclavitud, por los derechos a la supervivencia de los pueblos y culturas primitivas, y, ahora, a las organizaciones que defendнan el gaйlico y las tradiciones de Irlanda.
Pero, aъn mбs que todo eso, lo amargaba pensar que morirнa sin haber conocido el verdadero amor, un amor compartido, como el de Junio e Irene, esa complicidad e inteligencia silenciosa que se adivinaba entre ellos, la ternura con que se cogнan de la mano o intercambiaban sonrisas viendo los aspavientos de la pequeсa Marнa. Como siempre en estas crisis, se desvelу muchas horas y, cuan do por fin pescaba el sueсo, presintiу delineбndose en las sombras de su cuarto la lбnguida figura de su madre.
El 22 de septiembre Roger, Omarino y Arйdomi partieron de Parб rumbo a Manaos en el vapor
Apenas desembarcaron en Manaos, Roger volviу a la caza de los fugitivos del Putumayo. Acompaсado del cуnsul inglйs, fue a ver al gobernador, el seсor Dos Reis, quien le confirmу que, en efecto, habнa llegado una orden del Gobierno central de Petrуpolis para que se detuviera a Montt y a Fonseca. їY por quй no los habнa detenido la policнa todavнa? El gobernador le dio una razуn que le pareciу estъpida o un simple pretexto: esperaban que йl llegara a la ciudad. їPodнan hacerlo de inmediato, antes que los dos pбjaros volaran? Lo harнan hoy mismo.
El cуnsul y Casement, con la orden de arresto venida de Petrуpolis, tuvieron que hacer dos viajes de ida y vuelta entre la Gobernaciуn y la policнa. Finalmente, el jefe de Policнa enviу a dos agentes a detener a Montt y a Fonseca en la aduana del puerto.