A la maсana siguiente, el cariacontecido cуnsul inglйs vino a anunciar a Roger que el intento de detenciуn habнa tenido un desenlace grotesco, de sainete. Se lo acababa de comunicar el jefe de la Policнa, pidiйndole toda clase de disculpas y haciendo propуsito de enmienda. Los dos policнas enviados a capturar a Montt y Fonseca los conocнan y, antes de llevarlos a la comisarнa, se fueron a tomar unas cervezas con ellos. Se habнan pegado una gran borrachera, en el curso de la cual los delincuentes se fugaron. Como no se podнa descartar que hubieran recibido dinero para dejarlos escapar, los policнas en cuestiуn estaban presos. Si se comprobaba la corrupciуn, serнan severamente sancionados. «Lo siento, sir Roger —le dijo el cуnsul—, pero, aunque no se lo dije, me esperaba algo de eso. Usted, que ha sido diplomбtico en el Brasil, lo sabe de sobra. Aquн es normal que pasen cosas asн».

Roger se sintiу tan mal que el disgusto aumentу su desazуn fнsica. Permaneciу en cama la mayor parte del tiempo, con fiebre y dolores musculares, mientras esperaba la partida del barco a Iquitos. Una tarde, en que luchaba contra la sensaciуn de impotencia que lo vencнa, fantaseу asн en su diario: «Tres amantes en una noche, dos marineros entre ellos. ЎMe lo hicieron seis veces! Lleguй al hotel caminando con las piernas abiertas como una parturienta». En medio de su mal humor, la enormidad que habнa escrito le provocу un ataque de risa. El, tan educado y pulido con su vocabulario ante la gente, sentнa siempre, en la intimidad de su diario, una invencible necesidad de escribir obscenidades. Por razones que no comprendнa, la coprolalia le hacнa bien.

El Hilda continuу viaje el 3 de octubre y, despuйs de una travesнa accidentada, con lluvias diluviales y el encuentro con una pequeсa palizada, llegу a Iquitos al amanecer del 6 de octubre de 1911. Allн estaba en el puerto, esperбndolo, sombrero en mano, Mr. Stirs. Su reempla zante, George Michell y su esposa, llegarнan pronto. El cуnsul estaba buscбndoles una casa. Esta vez Roger no se alojу en su residencia sino en el Hotel Amazonas, cerca de la Plaza de Armas, en tanto que Mr. Stirs se llevaba consigo, temporalmente, a Omarino y Arйdomi. Ambos jуvenes habнan decidido quedarse en la ciudad trabajando como empleados domйsticos, en vez de regresar al Putumayo. Mr. Stirs prometiу ocuparse de encontrarles alguna familia que quisiera emplearlos y los tratara bien.

Como Roger se temнa, dados los antecedentes de Brasil, aquн tampoco las noticias eran alentadoras. Mr. Stirs no sabнa cuбntos detenidos habнa entre los dirigentes de la Casa Arana de la larga lista de 237 presuntos culpables que el juez doctor Carlos A. Valcбrcel habнa mandado arrestar luego de recibir el informe de Rуmulo Paredes sobre su expediciуn al Putumayo. No habнa podido averiguarlo porque reinaba un extraсo silencio sobre el asunto en Iquitos, asн como sobre el paradero del juez Valcбrcel. Este, desde hacнa varias semanas, era inencontrable. El gerente general de la Peruvian Amazon Company, Pablo Zumaeta, que figura ba en aquella lista, andaba escondido en apariencia, pero Mr. Stirs asegurу a Roger que su escondite era una farsa, porque el cuсado de Arana y su esposa Petronila se lucнan en los restaurantes y fiestas locales sin que nadie los molestara.

Mбs tarde, Roger recordarнa estas ocho semanas que pasу en Iquitos como un lento naufragio, un irse hundiendo insensiblemente en un piйlago de intrigas, falsos rumores, mentiras flagrantes o esquinadas, contradicciones, un mundo donde nadie decнa la verdad, porque йsta traнa enemistades y problemas o, con mбs frecuencia, por que las gentes vivнan dentro de un sistema en el que ya era prбcticamente imposible distinguir lo falso de lo cierto, la realidad del embauco. El habнa conocido, desde sus aсos en el Congo, esa sensaciуn desesperante de haber caнdo en unas arenas movedizas, un suelo fangoso que se lo iba tragando y donde sus esfuerzos sуlo servнan para hundirlo mбs en esa materia viscosa que terminarнa por englutirlo. ЎDebнa salir de aquн cuanto antes!

Al dнa siguiente de llegar fue a visitar al prefecto de Iquitos. Habнa uno nuevo, otra vez. El seсor Adolfo Gamarra —bigotes recios, barriguita abultada, puro humean te, manos nerviosas y hъmedas— lo recibiу en su despacho con abrazos y felicitaciones:

—Gracias a usted —le dijo, abriendo los brazos de manera teatral y palmeбndolo—, se ha descubierto una monstruosa injusticia social en el corazуn de la Amazonia. El Gobierno y el pueblo peruano le estбn reconocidos, seсor Casement.

Inmediatamente despuйs aсadiу que el informe que, para satisfacer los requerimientos del Gobierno inglйs, habнa hecho por encargo del Gobierno peruano el juez Carlos A. Valcбrcel, era «formidable» y «devastador». Constaba de cerca de tres mil pбginas y confirmaba todas las acusaciones que Inglaterra habнa transmitido al presiden te Augusto B. Leguнa.

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