Pero, cuando Roger le preguntу si podнa tener una copia del informe, el prefecto le repuso que se trataba de un documento de Estado y que estaba fuera de su jurisdicciуn autorizar que lo leyera un extranjero. El seсor cуnsul debнa presentar una solicitud en Lima al Supremo Gobierno, a travйs de la Cancillerнa, y sin duda obtendrнa el permiso. Cuando Roger le preguntу quй podнa hacer para entrevistarse con el juez Carlos A. Valcбrcel, el prefecto se puso muy serio y recitу de corrido:

—No tengo la menor idea del paradero del doctor Valcбrcel. Su misiуn ha terminado y entiendo que ha abandonado el paнs.

Roger saliу de la Prefectura completamente aturdido. їQuй era lo que ocurrнa, en verdad? Este sujeto sуlo le habнa dicho mentiras. Esa misma tarde fue al local del diario El Oriente, a hablar con su director, el doctor Rуmulo Paredes. Se encontrу con un cincuentуn muy moreno, en mangas de camisa, cubierto de sudor, vacilante y presa del pбnico. Pintaba algunas canas. Apenas Roger comenzу a hablar, lo hizo callar con un gesto perentorio que parecнa decir: «Cuidado, las paredes oyen». Lo cogiу del brazo y lo llevу a un barcito de la esquina llamado La Chipirona. Lo hizo sentar en una mesita apartada.

—Le ruego que me disculpe, seсor cуnsul —le dijo, mirando todo el tiempo a su alrededor con recelo—. No puedo ni debo decirle gran cosa. Estoy en una situaciуn muy comprometida. Que la gente me vea con usted representa para mн un gran riesgo.

Estaba pбlido, le temblaba la voz y habнa comenzado a morderse una uсa. Pidiу una copita de aguardiente y se la bebiу de golpe. Escuchу en silencio la relaciуn que le hizo Roger de su entrevista con el prefecto Gamarra.

—Es un soberano farsante —le dijo al fin, envalentonado por el trago—. Gamarra tiene un informe mнo, corroborando todas las acusaciones del juez Valcбrcel. Se lo entreguй en julio. Han pasado mбs de tres meses y todavнa no lo envнa a Lima. їPor quй cree usted que lo ha retenido tanto tiempo? Porque todo el mundo sabe que el prefecto Adolfo Gamarra es tambiйn, como medio Iquitos, un empleado de Arana.

En cuanto al juez Valcбrcel, le dijo que habнa salido del paнs. No sabнa su paradero, pero sн que, si se hubiera quedado en Iquitos, probablemente serнa ya cadбver. Se puso de pie, bruscamente:

—Que es lo que me ocurrirб a mн tambiйn en cual quier momento, seсor cуnsul —se limpiaba el sudor mientras hablaba y Roger pensу que iba a romper en llanto—. Porque yo, por desgracia, no puedo irme. Tengo mujer e hijos y mi ъnico negocio es el periуdico.

Se marchу sin siquiera despedirse. Roger regresу donde el prefecto, enfurecido. El seсor Adolfo Gamarra le confesу que, en efecto, el informe elaborado por el doctor Paredes no habнa podido ser enviado a Lima «por problemas de logнstica, felizmente ya resueltos». Partirнa de todas maneras esta semana misma «y con un propio para mayor seguridad, pues el mismo presidente Leguнa lo reclama con urgencia».

Todo era asн. Roger se sentнa mecido en un remolino adormecedor, dando vueltas y vueltas en el sitio, manipula do por fuerzas tortuosas e invisibles. Todas las gestiones, promesas, informaciones, se descomponнan y disolvнan sin que los hechos correspondieran jamбs a las palabras. Lo que se hacнa y lo que se decнa eran mundos aparte. Las palabras negaban los hechos y los hechos desmentнan a las palabras y todo funcionaba en la engaсifa generalizada, en un divorcio crуnico entre el decir y el hacer que practicaba todo el mundo.

A lo largo de la semana estuvo haciendo averiguaciones mъltiples sobre el juez Carlos A. Valcбrcel. Como Saldaсa Roca, el personaje le inspiraba respeto, afecto, piedad, admiraciуn. Todos prometнan ayudarlo, informar se, llevarle el recado, localizarlo, pero lo mandaban de un lugar a otro sin que nadie le diera la menor explicaciуn seria sobre su situaciуn. Por fin, siete dнas despuйs de llegar a Iquitos, consiguiу salir de esa telaraсa enloquecedora gracias a un inglйs residente en la ciudad. Mr. F. J. Harding, gerente de la John Lilly & Company, era un hombre alto y tieso, solterуn y casi calvo, uno de los pocos comerciantes de Iquitos que no parecнa bailar a los compases de la Peruvian Amazon Company.

—Nadie le dice ni le dirб lo sucedido con el juez Valcбrcel porque temen verse enredados en el lнo, sir Roger —conversaban en la casita de Mr. Harding, vecina del malecуn. En las paredes habнa grabados de castillos escoceses. Tomaban un refresco de coco—. Las influencias de Arana en Lima consiguieron que el juez Valcбrcel fuera destituido, acusado de prevaricaciуn y no sй cuбntas falsedades mбs. El pobre hombre, si estб vivo, debe lamentar amargamente haber cometido el peor error de su vida aceptando esta misiуn. Vino a meterse en la boca del lobo y lo ha pagado caro. Era muy respetado en Lima, parece. Ahora lo han hundido en la mugre y acaso asesinado. Nadie sabe dуnde estб. Ojalб se haya marchado. Hablar de йl se ha vuelto un tabъ en Iquitos.

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