En efecto, la historia de ese probo y temerario doctor Carlos A. Valcбrcel que vino a Iquitos a investigar los «horrores del Putumayo» no podнa ser mбs triste. Roger la fue reconstruyendo en el curso de estas semanas como un rompecabezas. Cuando tuvo la audacia de dictar orden de detenciуn contra 237 personas por presuntos crнmenes, casi todas ellas vinculadas a la Peruvian Amazon Company, corriу un escalofrнo por la Amazonia. No sуlo la peruana, tambiйn la colombiana y la brasileсa. De inmediato, la maquinaria del imperio de Julio C. Arana acusу el golpe y comenzу su contraofensiva. La policнa sуlo pudo localizar a nueve de los 237 incriminados. De los nueve, el ъnico realmente importante era Aurelio Rodrнguez, uno de los jefes de secciуn en el Putumayo, responsable de un abultado prontuario de raptos, violaciones, mutilaciones, secuestros y asesinatos. Pero los nueve detenidos, incluido Rodrнguez, presentaron un habeas corpus a la Corte Superior de Iquitos y el Tribunal los puso en libertad provisional mientras estudiaba su expediente.

—Desafortunadamente —explicу a Roger el prefecto, sin pestaсear y afligiendo la expresiуn—, aprovechan do la libertad provisional esos malos ciudadanos huye ron. Como usted no puede ignorar, serб difнcil encontrarlos en la inmensidad de la Amazonia si la Corte Superior con valida la orden de arresto.

La Corte no tenнa ningъn apuro en hacerlo, pues cuando Roger Casement fue a preguntar a los jueces cuбndo verнan el expediente, le explicaron que eso se hacнa «por riguroso orden de llegada de los casos». Habнa un voluminoso nъmero de legajos en la cola «antes del susodicho que a usted le interesa». Uno de los pasantes del Tribunal se permitiу aсadir, en tono de burla:

—Aquн la justicia es segura pero lenta y estos trбmites pueden durar muchos aсos, seсor cуnsul.

Pablo Zumaeta, desde su supuesto escondite, orquestу la ofensiva judicial contra el juez Carlos A. Valcбrcel, iniciбndole, a travйs de testaferros, mъltiples denuncias por prevaricaciуn, desfalco, falso testimonio y otros varios delitos. Una maсana se presentaron en la comisarнa de Iquitos una india bora y su hija de pocos aсos, acompaсadas de un intйrprete, para acusar al juez Carlos A. Valcбrcel de «atentado contra el honor de una menor». El juez tuvo que emplear gran parte de su tiempo en defenderse de esas fabricaciones calumniosas, declarando, corretean do y escribiendo oficios en vez de ocuparse de la investigaciуn que lo trajo a la selva. El mundo entero se le fue cayendo encima. El hotelito donde estaba alojado, El Yurimaguas, lo despidiу. No encontrу albergue ni pensiуn en la ciudad que se atreviera a cobijarlo. Tuvo que alquilar una pequeсa habitaciуn en Nanay, una barriada llena de basurales y estanques de aguas pъtridas, donde, en las noches, sentнa bajo su hamaca las carreritas de las ratas y pisaba cucarachas.

Todo esto lo fue sabiendo Roger Casement a pedazos, con detalles susurrados aquн y allб, mientras aumentaba su admiraciуn por ese magistrado al que hubiera querido estrecharle la mano y felicitarlo por su decencia y su coraje. їQuй habнa sido de йl? Lo ъnico que pudo saber con certeza, aunque la palabra «certeza» no parecнa tener arraigo firme en el suelo de Iquitos, era que, cuando llegу la orden de Lima destituyйndolo, Carlos A. Valcбrcel ya habнa desaparecido. Desde entonces nadie en la ciudad podнa dar cuenta de su paradero. їLo habнan matado? Se repetнa la historia del periodista Benjamнn Saldaсa Roca. La hostilidad contra йl habнa sido tan grande que no tuvo mбs remedio que huir. En una segunda entrevista, en casa de Mr. Stirs, el director de El Oriente, Rуmulo Paredes, le dijo:

—Yo mismo le aconsejй al juez Valcбrcel que se mandara mudar antes de que lo mataran, sir Roger. Ya le habнan llegado bastantes avisos.

їQuй clase de avisos? Provocaciones en los restaurantes y bares donde el juez Valcбrcel entraba a comer un bocado o tomar una cerveza. Sъbitamente, un borracho lo insultaba y lo desafiaba a pelear mostrбndole una chaveta. Si el juez iba a presentar una denuncia a la policнa o a la Prefectura, le hacнan rellenar interminables formularios, pormenorizando los hechos, y asegurбndole que «investigarнan su queja».

Roger Casement se sintiу muy pronto como debнa haberse sentido el juez Valcбrcel antes de escapar de Iquitos o de ser liquidado por alguno de los asesinos a sueldo de Arana: engaсado por doquier, convertido en el hazmerreнr de una comunidad de tнteres cuyos hilos movнa la Peruvian Amazon Company, a la que todo Iquitos obedecнa con obsecuencia vil.

Se habнa propuesto volver al Putumayo, aunque era evidente que, si aquн en la ciudad la Compaснa de Arana habнa conseguido burlar las sanciones y evitar las reformas anunciadas, era obvio que allб en las caucherнas todo seguirнa igual o peor que antes, tratбndose de los indнgenas. Rуmulo Paredes, Mr. Stirs y el prefecto Adolfo Gamarra lo urgieron a renunciar a ese viaje.

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