—Usted no saldrб vivo de allб y su muerte no ser virб para nada —le asegurу el director de El Oriente—. Seсor Casement, siento decнrselo, pero usted es el hombre mбs odiado en el Putumayo. Ni Saldaсa Roca, ni el gringo Hardenburg, ni el juez Valcбrcel, son tan detestados como usted. Yo regresй vivo del Putumayo de milagro.

Pero ese milagro no se va a repetir si usted va allб a que lo crucifiquen. Ademбs, їsabe una cosa?, lo mбs absurdo serб que lo harбn matar con los dardos envenenados de las cerbatanas de esos boras y huitotos que usted defiende. No vaya, no sea insensato. No se suicide.

El prefecto Adolfo Gamarra, apenas se enterу de sus preparativos de viaje al Putumayo, vino a buscarlo al Hotel Amazonas. Estaba muy alarmado. Lo llevу a tomar una cerveza a un bar donde tocaban mъsica brasileсa. Fue la ъnica vez que a Roger le pareciу que el funcionario le hablaba con sinceridad.

—Le suplico que renuncie a esa locura, seсor Casement —le dijo, mirбndolo a los ojos—. Yo no tengo cуmo asegurar su protecciуn. Siento decнrselo, pero es la verdad. No quiero cargar con su cadбver en mi hoja de servicios. Serнa el fin de mi carrera. Le digo esto con el corazуn en la mano. No llegarб usted al Putumayo. He conseguido, con mucho esfuerzo, que aquн nadie lo toque. No ha sido nada fбcil, se lo juro. He tenido que rogar y amenazar a quienes mandan. Pero mi autoridad desaparece fuera de los lнmites de la ciudad. No vaya al Putumayo. Por usted y por mн. No arruine usted mi futuro, por lo que mбs quiera. Le hablo como un amigo, de verdad.

Pero lo que al fin lo hizo desistir del viaje fue una inesperada y brusca visita, en medio de la noche. Estaba ya acostado y por pescar el sueсo cuando el empleado de la recepciуn del Hotel Amazonas vino a tocarle la puerta. Lo buscaba un seсor, decнa que era muy urgente. Se vistiу, bajу y se encontrу con Juan Tizуn. No habнa vuelto a saber de йl desde el viaje al Putumayo, en el que este alto funcionario de la Peruvian Amazon Company colaborу con la Comisiуn de modo tan leal. No era ni sombra del hombre seguro de sн mismo que Roger recordaba. Se lo veнa envejecido, exhausto y sobre todo desmoralizado.

Fueron a buscar un sitio tranquilo pero era imposible porque la noche de Iquitos estaba llena de ruido, borrachera, timba y sexo. Se resignaron a sentarse en el Pim Pam, un bar-boite donde tuvieron que sacarse de encima a dos mulatas brasileсas que los acosaban para que salieran a bailar. Pidieron un par de cervezas.

Siempre con el aire caballeroso y las maneras ele gantes que Roger recordaba, Juan Tizуn le hablу de una manera que le pareciу absolutamente sincera.

—No se ha hecho nada de lo que la Compaснa ofreciу, pese a que, luego del pedido del presidente Leguнa, lo acordamos en reuniуn del Directorio. Cuando les pre sentй mi informe, todos, incluidos Pablo Zumaeta y los hermanos y cuсados de Arana, coincidieron conmigo en que habнa que hacer mejoras radicales en las estaciones. Para evitar problemas con la justicia y por razones morales y cristianas. Pura palabrerнa. No se ha hecho ni se harб nada.

Le contу que, salvo dar instrucciones a los emplea dos en el Putumayo de que tomaran precauciones y borraran las huellas de pasados abusos —desaparecer los cadбveres, por ejemplo—, la Compaснa habнa facilitado la huida de los principales incriminados en el informe que Londres hizo llegar al Gobierno peruano. El sistema de recogida del caucho con la mano de obra indнgena forzada seguнa como antes.

—Me bastу pisar Iquitos para darme cuenta de que nada habнa cambiado —asintiу Roger—. їY usted, don Juan?

—Regreso a Lima la prуxima semana y no creo que vuelva por aquн. Mi situaciуn en la Peruvian Amazon Company se volviу insostenible. He preferido renunciar antes de que me despidan. Me recomprarбn mis acciones, pero a precio vil. En Lima, tendrй que ocuparme de otras cosas. No lo lamento, a pesar de haber perdido diez aсos de mi vida trabajando para Arana. Aunque tenga que empezar desde cero, me encuentro mejor. Despuйs de lo que vimos en el Putumayo me sentнa sucio y culpable en la Compaснa. Lo consultй con mi mujer y ella me apoya.

Conversaron cerca de una hora. Juan Tizуn insistiу tambiйn en que Roger no debнa volver al Putumayo por ningъn motivo: no conseguirнa nada salvo que lo mataran y, acaso, ensaсбndose, en uno de esos excesos de crueldad que йl ya habнa visto en su recorrido por las caucherнas.

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