Roger se dedicу a preparar un nuevo informe para el Foreign Office. Explicaba que no se habнa hecho reforma alguna ni aplicado la menor sanciуn a los criminales de la Peruvian Amazon Company. No habнa esperanzas de que se hiciera algo en el futuro. La culpa recaнa tanto en la firma de Julio C. Arana como en la administraciуn pъblica, e, incluso, en el paнs entero. En Iquitos, el Gobierno peruano no era mбs que un agente de Julio C. Arana. El poder de su compaснa era tal que todas las instituciones polнticas, policiales y judiciales trabajaban activamente para permitirle continuar explotando a los indнgenas sin riesgo alguno, porque todos los funcionarios recibнan dinero de ella o temнan sus represalias.

Como queriendo darle la razуn, en esos dнas, sъbitamente, la Corte Superior de Iquitos fallу respecto a la reconsideraciуn que habнan pedido los nueve detenidos. El fallo era una obra maestra de cinismo: todas las acciones judiciales quedaban suspendidas mientras las 237 personas de la lista establecida por el juez Valcбrcel no fueran detenidas. Con sуlo un grupito de capturados cualquier investigaciуn serнa trunca e ilegal, decretaron los jueces. De modo que los nueve quedaban definitivamente libres y el caso suspendido hasta que las fuerzas policiales entregaran a la justicia a los 237 sospechosos, algo que, por supuesto, no ocurrirнa jamбs.

Pocos dнas despuйs otro hecho, todavнa mбs grotesco, tuvo lugar en Iquitos poniendo a prueba la capacidad de asombro de Roger Casement. Cuando iba de su hotel a casa de Mr. Stirs, vio gente apiсada en dos locales que parecнan oficinas del Estado pues lucнan en sus facha das el escudo y la bandera del Perъ. їQuй ocurrнa?

—Hay elecciones municipales —le explicу Mr. Stirs con esa vocecita suya tan desganada que parecнa impermeable a la emociуn—. Unas elecciones muy particulares porque, segъn la ley electoral peruana, para tener derecho a voto hay que ser propietario y saber leer y escribir. Esto reduce el nъmero de electores a unos pocos centenares de personas. En realidad, las elecciones se deciden en las oficinas de la Casa Arana. Los nombres de los ganadores y los porcentajes que obtienen en la votaciуn.

Asн debнa ser porque esa noche se celebrу, en un pequeсo mitin en la Plaza de Armas con bandas de mъsica y reparto de aguardiente, que Roger observу desde lejos, la elecciуn como nuevo alcalde de Iquitos Ўde don Pablo Zumaeta! El cuсado de Julio C. Arana emergнa de su «escondite» desagraviado por el pueblo de Iquitos —asн lo dijo en su discurso de agradecimiento— de las calumnias de la conspiraciуn inglesa-colombiana, decidido a seguir luchando, de manera indoblegable, contra los enemigos del Perъ y por el progreso de la Amazonia. Despuйs del reparto de bebidas alcohуlicas, hubo un baile popular con fuegos artificiales, guitarras y bombos que durу hasta la madrugada. Roger optу por retirarse a su hotel para no ser linchado.

George Michell y su esposa llegaron finalmente a Iquitos, en un barco procedente de Manaos, el 30 de noviembre de 1911. Roger ya estaba haciendo maletas para su partida. La llegada del nuevo cуnsul britбnico fue precedida por frenйticas gestiones de Mr. Stirs y del propio Casement para encontrar una casa a la pareja. «Gran Bretaсa ha caнdo en desgracia aquн por culpa de usted, sir Roger», le dijo el cуnsul saliente. «Nadie quiere alquilarme una casa para los Michell, pese a que ofrezco pagar sobreprecio. Todos tienen miedo de ofender a Arana, todos se niegan». Roger pidiу ayuda a Rуmulo Paredes y el director de El Oriente les resolviу el problema. Alquilу йl mismo la casa y la subarrendу al consulado britбnico. Se trataba de una casa vieja y sucia y hubo que renovarla a marchas forzadas y amueblarla de cualquier manera para recibir a sus nuevos huйspedes. La seсora Michell era una mujercita risueсa y voluntariosa a la que Roger conociу sуlo al pie de la pasarela del barco, en el puerto, el dнa de su llegada. No se desanimу por el estado del nuevo domicilio ni por el lugar que pisaba por primera vez. Parecнa inasequible al desaliento. De inmediato, antes incluso de desempacar, se puso a limpiarlo todo con energнa y buen humor.

Roger tuvo una larga conversaciуn con su viejo amigo y colega George Michell, en la salita de Mr. Stirs. Le informу con lujo de detalles de la situaciуn y no le ocultу una sola de las dificultades que enfrentarнa en su nuevo cargo. Michell, gordito cuarentуn y vivaz que manifestaba la misma energнa que su mujer en todos sus ges tos y movimientos, iba tomando apuntes en una libretita, con pequeсas pausas para pedir aclaraciones. Luego, en vez de mostrarse desmoralizado o quejarse con la perspectiva de lo que le esperaba en Iquitos, se limitу a decir con una gran sonrisa: «Ahora ya sй de quй se trata y estoy listo para la pelea».

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