Los cinco dнas del viaje hasta Manaos apenas abandonу su compartimento. Se sentнa desmoralizado, enfermo y asqueado de sн mismo. Comнa apenas y sуlo asomaba por la cubierta cuando el calor en el estrecho camarote se volvнa insoportable. A medida que descendнan el Amazonas y el cauce del rнo se ensanchaba y sus orillas se perdнan de vista, pensaba que nunca volverнa a esta selva. Y en la paradoja —muchas veces habнa pensado lo mismo en el Бfrica, navegando por el rнo Congo— de que en ese paisaje majestuoso, con esas bandadas de garzas rosadas y de loritos chillones que a ratos sobrevolaban el barco, y la estela de pequeсos peces que seguнan a la nave dando saltos y maromas como para llamar la atenciуn de los viajeros, anidara el vertiginoso sufrimiento que en el interior de esas selvas provocaba la codicia de esos seres бvidos y sanguinarios que habнa conocido en el Putumayo. Recordaba la cara quieta de Julio C. Ara na en aquella reuniуn de Directorio, en Londres, de la Peruvian Amazon Company. Volviу a jurarse que lucharнa hasta la ъltima gota de energнa que le quedara en el cuerpo para que recibiera algъn castigo ese hombrecito acicalado que habнa puesto en marcha y era el principal beneficiario de esa maquinaria que trituraba seres humanos a mansalva para satisfacer su hambre de riquezas. їQuiйn osarнa decir ahora que Julio C. Arana no sabнa lo que ocurrнa en el Putumayo? Habнa montado un espectбculo para engaсar a todo el mundo —al Gobierno peruano y al britбnico ante todo—, a fin de seguir extrayendo el caucho de estas selvas tan maltratadas como los indнgenas que las poblaban.

En Manaos, donde llegу a mediados de diciembre, se sintiу mejor. Mientras esperaba un barco que saliera rumbo a Parб y Barbados pudo trabajar encerrado en su cuarto de hotel, aсadiendo comentarios y precisiones a su informe. Estuvo una tarde con el cуnsul inglйs, quien le confirmу que, pese a sus reclamaciones, las autoridades brasileсas no habнan hecho nada efectivo para capturar a Montt y Agьero ni a los otros fugitivos. En todas partes corrнa el rumor de que varios de los antiguos jefes de Julio C. Arana en el Putumayo estaban ahora trabajando en el ferrocarril en construcciуn Madeira-Mamorй.

La semana que permaneciу en Manaos, Roger hizo una vida espartana, sin salir en las noches en busca de aventuras. Daba paseos por las orillas del rнo y por las calles de la ciudad, y, cuando no trabajaba, pasaba muchas horas leyendo los libros sobre historia antigua de Irlanda que le habнa recomendado Alice Stopford Green. Apasionarse por los asuntos de su paнs le ayudarнa a sacarse de la cabeza las imбgenes del Putumayo y las intrigas, mentiras y abusos de esa corrupciуn polнtica generalizada que habнa visto en Iquitos. Pero no le era fбcil concentrarse en los asuntos irlandeses pues a cada momento recordaba que tenнa in conclusa la tarea y que, en Londres, deberнa llevarla a su final.

El 17 de diciembre zarpу rumbo a Parб, donde por fin encontrу una comunicaciуn del Foreign Office. La Cancillerнa habнa recibido sus telegramas enviados desde Iquitos y estaba al tanto de que, pese a las promesas del Gobierno peruano, nada real se habнa hecho contra los desmanes del Putumayo, fuera de permitir la fuga de los acusados.

La vнspera de Navidad se embarcу hacia Barbados en el Denis, un barco cуmodo que llevaba apenas un puсadito de pasajeros. Hizo una travesнa tranquila hasta Brid getown. Allн, el Foreign Office le tenнa reservado un pasaje en el SS Terence rumbo a New York. Las autoridades inglesas habнan decidido actuar con energнa contra la compaснa britбnica responsable de lo que ocurrнa en el Putumayo y querнan que Estados Unidos se uniera a su empeсo y pro testaran juntos ante el Gobierno del Perъ por su mala voluntad para responder a los reclamos de la comunidad internacional.

En la capital de Barbados, mientras esperaba la salida del barco, Roger hizo una vida tan casta como en Manaos: ni una visita a los baсos pъblicos, ni una escapada nocturna. Habнa entrado de nuevo en uno de esos perнodos de abstinencia sexual que, a veces, se prolongaban muchos meses. Eran йpocas en las que, por lo general, su cabeza se llenaba de preocupaciones religiosas. En Bridgetown visitу a diario al padre Smith. Tuvo con йl largas conversaciones sobre el Nuevo Testamento, que solнa llevar consigo en sus viajes. Lo releнa a ratos, alternando esta lectura con la de poetas irlandeses, sobre todo William Butler Yeats, de quien habнa aprendido algunos poemas de memoria. Asistiу a una misa en el Convento de las Ursulinas y, como le habнa ocurrido antes, sintiу deseos de comulgar. Se lo dijo al padre Smith y йste, sonriendo, le recordу que no era catуlico sino miembro de la Iglesia anglicana. Si querнa convertirse йl se ofrecнa a ayudarlo a dar los primeros pasos. Roger estuvo tentado de hacerlo, pero se arrepintiу pensando en las debilidades y pecados que tendrнa que confesarle a ese buen amigo que era el padre Smith.

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