En sus primeros aсos Africanos Roger Casement recorriу varias veces la ruta de las caravanas, rнo arriba, desde Boma y Vivi hasta Leopoldville, o rнo abajo, de Leo poldville a la desembocadura en el Atlбntico, donde las aguas verdes y espesas se volvнan saladas y por donde, en 1482, la carabela del portuguйs Diego Cao entrу por primera vez al interior del territorio congolйs. Roger llegу a conocer el Bajo Congo mejor que ningъn otro europeo avecindado en Boma o en Matadi, los dos ejes desde los cuales la colonizaciуn belga avanzaba hacia el interior del continente.

Todo el resto de su vida, Roger lamentу —se lo decнa una vez mбs ahora, en 1902, en medio de la fiebre— haber dedicado sus primeros ocho aсos en Бfrica a trabajar, como peуn en una partida de ajedrez, en la construcciуn del Estado Independiente del Congo, invirtiendo en ello su tiempo, su salud, sus esfuerzos, su idealismo y creyendo que, de este modo, obraba por un designio filantrуpico.

Aveces, buscбndose justificaciones, se preguntaba: «їCуmo hubiera podido yo darme cuenta de lo que pasaba en aquellos dos millones y medio de kilуmetros cuadrados haciendo esos trabajos de capataz o jefe de grupo en la expediciуn de Stanley en 1884 y en la del norteamericano Henry Shelton Sanford entre 1886 y 1888, en estaciones y factorнas reciйn instaladas a lo largo de la ruta de las caravanas?». El era apenas una minъscula pieza del gigantesco aparato que habнa empezado a tomar cuerpo sin que nadie, fuera de su astuto creador y un grupo нntimo de colaboradores, supiera en quй iba a consistir.

Sin embargo, las dos veces que hablу con el rey de los belgas, en 1900, reciйn nombrado cуnsul en Boma por el Foreign Office, Roger Casement sintiу una profunda desconfianza hacia ese hombrуn robusto, arrebozado de condecoraciones, de luengas barbas escarmenadas, formidable nariz y ojos de profeta que, sabiendo que йl se hallaba en Bruselas de paso hacia el Congo, lo invitу a cenar. La magnificencia de aquel palacio de mullidas alfombras, ara сas de cristal, espejos cincelados, estatuillas orientales, le produjo vйrtigo. Habнa una docena de invitados, ademбs de la reina Marнa Enriqueta, su hija la princesa Ciernentina y el prнncipe Vнctor Napoleуn de Francia. El monarca acaparу la conversaciуn toda la noche. Hablaba como un predicador inspirado y cuando describнa las crueldades de los comerciantes бrabes de esclavos que partнan de Zanzнbar a hacer sus «correrнas», su recia voz alcanzaba acentos mнsticos. La Europa cristiana tenнa la obligaciуn de poner fin a aquel trбfico de carne humana. El se lo habнa pro puesto y йsta serнa la ofrenda de la pequeсa Bйlgica a la civilizaciуn: liberar a aquella dolida humanidad de semejante horror. Las elegantes seсoras bostezaban, el prнncipe Napoleуn susurraba galanterнas a su vecina y nadie escuchaba a la orquesta que tocaba un concierto de Haydn.

A la maсana siguiente Leopoldo II llamу al cуnsul inglйs para que hablaran a solas. Lo recibiу en su gabinete particular. Habнa muchos bibelots de porcelana y figurillas de jade y marfil. El soberano olнa a colonia y tenнa las uсas charoladas. Como la vнspera, Roger no pudo casi colocar palabra. El rey de los belgas hablу de su empeсo quijotesco y lo incomprendido que era por periodistas y polнticos resentidos. Se cometнan errores y habнa excesos, sin duda. їLa razуn? No era fбcil contratar gente digna y capaz que quisiera arriesgarse a trabajar en el lejano Congo. Pidiу al cуnsul que si advertнa algo que corregir en su nuevo destino le informara a йl, personalmente. La impresiуn que el rey de los belgas le causу fue la de un persona je pomposo y egуlatra.

Ahora, en 1902, dos aсos despuйs, se decнa que sin duda era eso, pero, tambiйn, un estadista de inteligencia frнa y maquiavйlica. Apenas constituido el Estado Independiente del Congo, Leopoldo II, mediante un decreto de 1886, reservу como Domaine de la Couronne (Dominio de la Corona) unos doscientos cincuenta mil kilуmetros cuadrados entre los rнos Kasai y Ruki, que sus explora dores —principalmente Stanley— le indicaron eran ricos en бrboles de caucho. Esa extensiуn quedу fuera de todas las concesiones a empresas privadas, destinada a ser expнotada por el soberano. La Asociaciуn Internacional del Congo fue sustituida, como entidad legal, por L'Etat Indйpendant du Congo, cuyo ъnico presidente y trustee (apoderado) era Leopoldo II.

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