El testigo mбs esperado y cuya presencia concitу mбs pъblico fue sir Roger Casement. Estuvo ante la comisiуn el 13 de noviembre y el 11 de diciembre de 1912. Describiу con precisiуn y sobriedad lo que habнa visto con sus propios ojos en las caucherнas: los cepos, el gran instrumento de tortura en todos los campamentos, las espaldas con las cicatrices de las flagelaciones, los lбtigos y fusiles Winchester que llevaban consigo los capataces de estaciones y los «muchachos» o «racionales» encargados de mantener el orden y de asaltar a las tribus en las «correrнas» y el rйgimen de esclavitud, sobreexplotaciуn y hambruna a que estaban sometidos los indнgenas. Sintetizу, luego, los testimonios de los barbadenses, cuya veracidad, seсalу, es taba garantizada por el hecho de que casi todos habнan reconocido ser autores de torturas y asesinatos. A pedido de los miembros de la comisiуn, explicу asimismo el sis tema maquiavйlico imperante: que los jefes de secciones no recibieran salarios sino comisiones por el caucho recogido, lo que los inducнa a exigir mбs y mбs de los recoge dores para aumentar sus ganancias.
En su segunda comparecencia, Roger ofreciу un espectбculo. Ante las miradas sorprendidas de los parlamentarios, fue sacando de una gran bolsa que cargaban dos ujieres, objetos que habнa adquirido en los almacenes de la Peruvian Amazon Company en el Putumayo. Demostrу cуmo eran esquilmados los braceros indios a quienes, para tenerlos siempre como deudores, la Compaснa les vendнa a crйdito, a precios varias veces mбs altos que en Londres, objetos para el trabajo, la vida domйstica o chucherнas de adorno. Exhibiу una vieja escopeta de un solo caсуn cuyo precio en La Chorrera era de 45 chelines. Para pagar esta suma un huitoto o un bora hubieran debido trabajar dos aсos, en caso les pagaran lo que ganaba un barrendero de Iquitos. Iba enseсando camisas de crudo, pantalones de dril, abalorios de colores, cajitas con pуlvora, correas de pitas, trompos, lбmparas de aceite, sombreros de paja cruda, ungьentos para picaduras, voceando los precios en que estos utensilios se podнan adquirir en Inglaterra. Los ojos de los parlamentarios se abrнan, con indignaciуn y espanto. Fue todavнa peor cuando sir Roger hizo desfilar ante Charles Roberts y demбs miembros de la comisiуn decenas de fotografнas tomadas por йl mismo en El Encanto, La Chorrera y demбs estaciones del Putumayo: allн estaban las espaldas y nalgas con la «marca de Arana» en forma de cicatrices y llagas, los cadбveres mordidos y picoteados pudriйndose entre la maleza, la increнble flacura de hombres, mujeres y niсos que pese a su delgadez esquelйtica llevaban sobre la cabeza grandes chorizos de caucho solidificado, los vientres hinchados por los parбsitos de reciйn nacidos a punto de morir. Las fotos eran un inapelable testimonio de la condiciуn de unos seres que vivнan casi sin alimentarse y maltratados por gentes бvidas cuyo ъnico designio en la vida era extraer mбs caucho aunque para ello pueblos enteros debieran morir de consunciуn.
Un aspecto patйtico de las sesiones fue el interrogatorio de los directores britбnicos de la Peruvian Amazon Company, donde brillу por su pugnacidad y sutileza el irlandйs Swift McNeill, el veterano parlamentario por South Donegal. Este probу sin la sombra de una duda que destacados hombres de negocios, como Henry M. Read y