La prostituciуn no desapareciу, pero cambiу de agentes. Se eclipsaron las prostitutas brasileсas y las que decнan ser «francesas» y que en verdad solнan ser polacas, flamencas, turcas o italianas, y las reemplazaron cholas e indias, muchas de ellas niсas y adolescentes que habнan trabajado como domйsticas y perdido el empleo porque los dueсos partieron tambiйn en pos de mejores vientos o porque con la crisis econуmica ya no podнan vestirlas ni darles de comer. El cуnsul britбnico, en una de sus cartas, hacнa una patйtica descripciуn de esas indiecitas quinceaсeras, esquelйticas, paseбndose por el malecуn de Iquitos pintarrajeadas como payasos en busca de clientes. Se esfumaron periуdicos y revistas y hasta el boletнn semanal que anunciaba la salida y llegada de los barcos porque el transporte fluvial, antes tan intenso, fue disminuyendo hasta casi cesar. El hecho que sellу el aislamiento de Iquitos, su ruptura con ese ancho mundo con el que a lo largo de unos quince aсos tuvo tan intenso comercio, fue la decisiуn de la Booth Line de ir reduciendo progresivamente el trбfico de sus lнneas de mercancнas y pasajeros. Cuando cesу del todo el movimiento de barcos, el cordуn umbilical que unнa Iquitos al mundo se cortу. La capital de Loreto hizo un viaje hacia atrбs en el tiempo. En pocos aсos volviу a ser un pueblo perdido y olvidado en el corazуn de la llanura amazуnica.
Un dнa, en Dublнn, Roger Casement, que habнa ido a ver a un mйdico por los dolores de la artritis, al cruzar el cйsped hъmedo de St. Stephen's Green divisу a un franciscano que le hacнa adiуs. Era uno de los cuatro misioneros —los curas obreros— que habнan partido al Putumayo a establecer una misiуn. Se sentaron a conversar en una banca, junto al estanque de los patos y cisnes. La experiencia de los cuatro religiosos habнa sido muy dura. La hostilidad que encontraron en Iquitos de parte de las autoridades, que obedecнan уrdenes de la Compaснa de Arana, no los arredrу —tuvieron la ayuda de los padres agustinos—, ni tampoco los ataques de malaria ni las picaduras de los insectos que, en los primeros meses en el Putumayo, pusieron a prueba su espнritu de sacrificio. Pese a los obstбculos y percances, consiguieron instalarse en los alrededores de El Encanto, en una cabaсa semejante a las que construнan los huitotos en sus campamentos. Sus relaciones con los indнgenas, luego de un comienzo en que йstos se mostraron hoscos y recelosos, habнan sido buenas y hasta cordiales. Los cuatro franciscanos se pusieron a aprender el huitoto y el bora y levantaron una rъstica iglesia al aire libre, con un techo de hojas de palmera sobre el altar. Pero, de pronto, sobrevino esa fuga generalizada de gentes de toda condiciуn. Jefes y empleados, artesanos y guardianes, indios domйsticos y braceros fueron marchбndose como expulsados por alguna fuerza maligna o una peste de pбnico. Al quedarse solos, la vida de los cuatro franciscanos se hizo cada dнa mбs difнcil. Uno de ellos, el padre McKey, contrajo el beriberi. Entonces, despuйs de largas discusiones, optaron tambiйn por partir de ese lugar que parecнa vнctima de una maldiciуn divina.
El regreso de los cuatro franciscanos fue un viaje homйrico y un vнa crucis. Con la merma radical de las exportaciones de caucho, el desorden y despoblamiento de las estaciones, el ъnico medio de transporte para salir del Putumayo, que eran los barcos de la Peruvian Amazon Company, sobre todo el