Por eso, siguiу de lejos, sin interesarse demasiado, los avatares finales de la Pemvian Amazon Company y su propietario. Que, en las sesiones de la comisiуn, hubiera quedado claro, por confesiуn propia del gerente general, Henry Lex Gielgud, que la empresa de Julio C. Arana no poseнa tнtulo de propiedad alguno sobre las tierras del Putumayo y que las explotaba sуlo «por derecho de ocupaciуn», hizo que la desconfianza de los bancos y demбs acreedores aumentara. De inmediato presionaron a su propietario exigiйndole cumplir con los pagos y compromisos pendientes (sуlo con instituciones de la City sus deudas ascendнan a mбs de doscientas cincuenta mil libras esterlinas). Llovieron sobre йl amenazas de embargo y re mate judicial de sus bienes. Haciendo protestas pъblicas de que, para salvar su honor, pagarнa hasta el ъltimo centavo, Arana puso en venta su palacete londinense de Kensington Road, su mansiуn de Biarritz y su casa de Ginebra. Pero, como lo obtenido por esas ventas no fue suficiente para aplacar a sus acreedores, йstos consiguieron уrdenes judiciales de congelar sus ahorros y cuentas bancarias en Inglaterra. Al mismo tiempo que su fortuna personal se desintegraba, la declinaciуn de sus negocios seguнa imparable. La caнda del precio del caucho amazуnico por la competencia del asiбtico fue paralela a la decisiуn de muchos importadores europeos y norteamericanos de no volver a comprar caucho peruano hasta que quedara probado, por una comisiуn internacional independiente, que habнan cesado el trabajo esclavo, las torturas y asaltos a las tribus y que en las estaciones caucheras se pagaba salarios a los indнgenas recogedores de lбtex y se respetaban las leyes laborales vigentes en Inglaterra y en Estados Unidos.

No hubo ocasiуn de que estas quimйricas exigencias pudieran ser siquiera intentadas. La huida de los principales capataces y jefes de las estaciones del Putumayo, atemorizados con la idea de ser encarcelados, puso en un estado de anarquнa absoluta a toda la regiуn. Muchos indнgenas —comunidades enteras— aprovecharon tambiйn para escapar, con lo cual la extracciуn del caucho se redujo a su mнnima expresiуn y pronto cesу totalmente. Los fugitivos habнan partido saqueando almacenes y oficinas y llevбndose todo lo valioso, armas y vнveres principalmente. Luego se supo que la empresa, asustada con la posibilidad de que esos asesinos prуfugos se convirtieran, en posibles juicios futuros, en testigos de cargo contra ella, les entregу elevadas sumas para facilitarles la fuga y comprar su silencio.

Roger Casement siguiу el desmoronamiento de Iquitos por las cartas de su amigo George Michell, el cуnsul britбnico. Este le contу cуmo se cerraban hoteles, restaurantes y las tiendas donde antes se vendнan artнculos importados de Parнs y de New York, cуmo el champagne que antes se descorchaba con tanta generosidad desaparecнa como por arte de magia al igual que el whiskey, el cognac, el oporto y el vino. En las cantinas y prostнbulos circulaban ahora sуlo el aguardiente que rascaba la garganta y bebedizos de sospechosa procedencia, supuestos afrodisнacos que, a menudo, en vez de atizar los deseos sexuales, hacнan el efecto de dinamitazos en el estуmago de los incautos.

Al igual que en Manaos, el derrumbe de la Casa Ara na y del caucho produjo en Iquitos una crisis generalizada tan veloz como la prosperidad que por tres lustros habнa vivido la ciudad. Los primeros en emigrar fueron los extranjeros —comerciantes, exploradores, traficantes, dueсos de tabernas, profesionales, tйcnicos, prostitutas, caliches y alcahuetas—, que retomaron a sus paнses o partieron en busca de tierras mбs propicias que esta que se hundнa en la mina y el aislamiento.

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