Roger permaneciу un buen rato sentado bajo los frondosos бrboles de St. Stephen's Green. Tratу de imaginar cуmo habнa quedado toda aquella inmensa regiуn del Putumayo con la desapariciуn de las estaciones, la huida de los indнgenas y de los empleados, guardianes y asesinos de la Compaснa de Julio C. Arana. Cerrando los ojos, fantaseу. La fecunda naturaleza irнa cubriendo con arbustos, lianas, matorrales, maleza, todo los descampados y claros y, al renacer el bosque, retornarнa de cantos, de pбjaros, silbidos y gruсidos y chillidos de loros, monos, serpientes, ronsocos, paujiles y jaguares. Con las lluvias y derrumbes, en pocos aсos no quedarнa huella de esos campamentos donde la codicia y la crueldad humanas habнan causado tantos sufrimientos, mutilaciones y muertes. La madera de las construcciones se irнa pudriendo con las lluvias y las casas desplomando con sus maderas devoradas por las termitas. Todas clase de bichos harнan madrigueras y refugios entre los escombros. En un futuro no muy lejano toda huella humana habrнa sido borrada por la selva.

Irlanda

XIII

Se despertу, entre asustado y sorprendido. Porque, en la confusiуn que eran sus noches, en йsta lo habнa tenido sobresaltado y tenso durante el sueсo el recuerdo de su amigo —ex amigo ahora— Herbert Ward. Pero, no allб en el Бfrica, donde se habнan conocido cuando ambos trabajaban en la expediciуn de sir Henry Morton Stanley, ni despuйs, en Parнs, donde Roger habнa ido a visitar a Herbert y Sarita varias veces, sino en las calles de Dublнn y nada menos que en medio del estruendo, las barricadas, los tiroteos, los caсonazos y el gran sacrificio colectivo de Semana Santa. ЎHerbert Ward en medio de los alzados irlandeses, los Irish Volunteers y el Irish Citizen Army, peleando por la independencia de Eire! їCуmo podнa la mente humana entregada al sueсo armar fantasнas tan absurdas?

Recordу que hacнa pocos dнas el gabinete britбnico se habнa reunido sin tomar decisiуn alguna sobre el pedido de clemencia. Se lo habнa hecho saber su abogado, George Gavan Duffy. їQuй sucedнa? їPor quй esta nueva postergaciуn? Gavan Duffy veнa en ello una buena seсal: habнa disensiones entre los ministros, no lograban la unanimidad indispensable. Habнa, pues, esperanzas. Pero esperar era seguir muriendo muchas veces cada dнa, cada hora, cada minuto.

Recordar a Herbert Ward lo apenу. Ya no serнan amigos nunca mбs. La muerte de su hijo Charles, tan jo ven, tan apuesto, tan sano, en el frente de Neuve Chapelle, en enero de 1916, habнa abierto entre ambos un abismo que ya nada cerrarнa. Herbert era el ъnico amigo de verdad que habнa hecho en el Бfrica. Desde el primer momento vio en este hombre algo mayor que йl, de personalidad descollante, que habнa recorrido medio mundo —Nueva Zelanda, Australia, San Francisco, Borneo—, de cultura muy superior a la de todos los europeos que los rodeaban, incluido Stanley, alguien junto a quien aprendнa muchas cosas y con quien compartнa inquietudes y anhelos. A diferencia de los otros europeos reclutados por Stanley para esa expediciуn al servicio de Leopoldo II, que sуlo aspiraban a obtener del Бfrica dinero y poder, Herbert amaba la aventura por la aventura. Era un hombre de acciуn pero tenнa pasiуn por el arte y se acercaba a los Africanos con una curiosidad respetuosa. Indagaba por sus creencias, sus costumbres y sus objetos religiosos, sus vestuarios y adornos, que a йl le interesaban desde el punto de vista estйtico y artнstico, pero tambiйn intelectual y espiritual. Ya entonces, en sus ratos libres, Herbert dibujaba y hacнa pequeсas esculturas con motivos Africanos. En sus largas conversaciones al anochecer, cuando armaban las carpas, preparaban el rancho y se disponнan a descansar de las marchas y trabajos de la jornada, confiaba a Roger que algъn dнa dejarнa todos estos quehaceres para dedicarse a ser sуlo un escultor y llevar vida de artista, en Parнs, «la capital mundial del arte». Ese amor al Бfrica no lo abandonу nunca. Por el contrario, la distancia y los aсos lo habнan aumentado. Recordу la casa londinense de los Ward, Chester Square 53, llena de objetos Africanos. Y, sobre todo, su estudio de Parнs con las paredes cubiertas de lanzas, jabalinas, flechas, escudos, mбscaras, remos y cu chillos de todas las formas y tamaсos. Entre las cabezas de fieras disecadas por el suelo y las pieles de animales recubriendo los sillones de cuero, habнan pasado noches ente ras recordando sus viajes por el Бfrica. Francis, la hija de los Ward, a la que apodaban Cricket (Grillo), todavнa una niсa, se vestнa a veces con tъnicas, collares y adornos nativos y bailaba una danza bakongo que sus padres acompaсaban con palmadas y una melopea monуtona.

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