Herbert fue una de las escasas personas a quien Roger confiу su decepciуn con Stanley, con Leopoldo II, con la idea que lo trajo al Бfrica: que el Imperio y la colonizaciуn abrirнan a los Africanos el camino de la modernizaciуn y el progreso. Herbert coincidiу totalmente con йl, al comprobar que la verdadera razуn de la presencia de los europeos en el Бfrica no era ayudar al Africano a salir del paganismo y la barbarie, sino explotarlo con una codicia que no conocнa lнmites para el abuso y la crueldad.

Pero Herbert Ward nunca tomу muy en serio la progresiva conversiуn de Roger a la ideologнa nacionalista. Solнa burlarse de йl, a la manera cariсosa que le era propia, alertбndolo contra el patriotismo de oropel —banderas, himnos, uniformes— que, le decнa, representaba siempre, a la corta o a la larga, un retroceso hacia el provincialismo, el espнritu de campanario y la distorsiуn de los valores universales. Sin embargo, ese ciudadano del mundo, como Herbert gustaba llamarse, ante la violencia desmesurada de la guerra mundial habнa reaccionado refugiбndose tambiйn en el patriotismo como tantos millones de europeos. La carta en la que rompнa su amistad con йl estaba llena de ese sentimiento patriуtico del que antes se burlaba, de ese amor a la bandera y al terruсo que antes le parecнa primario y despreciable. Imaginarse a Herbert Ward, ese inglйs parisino, enredado con los hombres del Sinn Fein de Arthur Griffith, del Ejйrcito del Pueblo de James Connolly y los Voluntarios de Patrick Pearse, luchando en las calles de Dublнn por la independencia de Irlanda, vaya disparate. Y, sin embargo, mientras esperaba el amanecer tendido en el estrecho camastro de su celda, Roger se dijo que, despuйs de todo, habнa algo de razуn en el fondo de aquella sinrazуn, pues, en el sueсo, su mente habнa trata do de reconciliar dos cosas que querнa y aсoraba: su amigo y su paнs.

Temprano en la maсana, el sheriffvino a anunciarle visita. Roger sintiу que se le aceleraba el corazуn al entrar al locutorio y divisar, sentada en el ъnico banquito de la estrecha habitaciуn, a Alice Stopford Green. Al ver lo, la historiadora se puso de pie y se acercу sonriendo a abrazarlo.

—Alice, Alice querida —le dijo Roger—. ЎQuй alegrнa verte de nuevo! Creн que no nos verнamos otra vez. Por lo menos en este mundo.

—No fue fбcil conseguir este segundo permiso —dijo Alice—. Pero, ya ves, mi terquedad terminу por convencerlos. No sabes a cuбntas puertas llamй.

Su vieja amiga, que acostumbraba vestirse con estudiada elegancia, llevaba ahora, a diferencia de la visita anterior, un vestido ajado, un paсuelo atado de cualquier manera en la cabeza del que se escapaban unas mechas grises. Calzaba unos zapatos embarrados. No sуlo su atuendo se habнa empobrecido. Su expresiуn denotaba cansancio y desбnimo. їQuй le habнa ocurrido en estos dнas para semejante cambio? їHabнa vuelto a molestarla Scotland Yard? Ella negу, alzando los hombros, como si aquel viejo episodio no tuviera importancia. Alice no le tocу el tema del pedido de clemencia y su postergaciуn hasta el prуximo Consejo de Ministros. Roger, suponiendo que no se sabнa aъn nada al respecto, tampoco lo mencionу. Mбs bien le contу el absurdo sueсo que habнa tenido, imaginando a Herbert Ward confundido con los rebeldes irlandeses en medio de las refriegas y combates de Semana Santa, en el centro de Dublнn.

—Poco a poco se van filtrando mбs noticias de cуmo ocurrieron las cosas —dijo Alice y Roger notу que la voz de su amiga se entristecнa y enfurecнa a la vez. Y advirtiу tambiйn que, al escuchar que se hablaba de la insurrecciуn irlandesa, el sheriffy el guardia que permanecнan junto a ellos dбndoles las espaldas se ponнan rнgidos y, sin duda, aguzaban el oнdo. Temiу que el sheriffles advirtiera que estaba prohibido hablar de este tema, pero no lo hizo.

—їEntonces has sabido algo mбs, Alice? —preguntу, bajando su voz hasta convertirla en un murmullo.

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