Callу de nuevo y Roger se distrajo. ЎEoin MacNeill un traidor! ЎVaya estupidez! Imaginу al fundador de la Liga Gaйlica, al editor del Gaelic Journalt, uno de los fundadores de los Irish Volunteers, que habнa dedicado su vida a luchar por la supervivencia de la lengua y la cultura irlandesas, acusado de traicionar a sus hermanos por querer impedir aquel levantamiento romбntico condenado al fracaso. En la cбrcel donde lo habнan encerrado serнa objeto de vejбmenes, acaso de ese hielo despectivo con que los patriotas irlandeses castigaban a los tibios y a los cobardes. Cуmo se sentirнa de mal ese profesor universitario manso y culto, lleno de amor por la lengua, las costumbres y las tradiciones de su paнs. Se torturarнa a sн mismo, preguntбndose «їHice mal dando aquella contraorden? їYo, que sуlo querнa salvar vidas, he contribuido mбs bien al fracaso de la rebeliуn sembrando el desorden y la divisiуn entre los revolucionarios?». Se sintiу identificado con Eoin MacNeill. Ambos se parecнan en las contradictorias posiciones en que la Historia y las circunstancias los habнan colocado. їQuй habrнa ocurrido si, en vez de ser detenido en Tralee, hubiera llegado a hablar con Pearse, con Clarke y los otros dirigentes del man do militar? їLos habrнa convencido? Probablemente, no. Y, ahora, acaso, dirнan tambiйn de йl que era un traidor.

—Estoy haciendo algo que no deberнa, querido —dijo Alice, forzando una sonrisa—. Dбndote sуlo las malas noticias, la visiуn pesimista.

—їPuede haber otra despuйs de lo ocurrido?

—Sн, la hay —afirmу la historiadora, con voz animosa y ruborizбndose—. Yo tambiйn estuve en contra de este Alzamiento, en estas condiciones. Y, sin embargo…

—їSin embargo quй, Alice?

—Por unas horas, por unos dнas, toda una semana, Irlanda file un paнs libre, querido —dijo ella, y a Roger le pareciу que Alice temblaba, conmovida—. Una Repъblica independiente y soberana, con un presidente y un Gobierno Provisional. Austin no habнa llegado allн aъn cuando Patrick Pearse saliу de la Oficina de Correos y, desde las gradas de la explanada, leyу la Declaraciуn de Independencia y la creaciуn del Gobierno Constitucional de la Repъblica de Irlanda, firmada por los siete. No habнa mucha gente allн, parece. Los que estuvieron y lo oyeron, debieron sentir algo muy especial їno, querido? Yo estaba en contra, ya te lo he dicho. Pero cuando leн ese texto me echй a llorar a gritos, como no he llorado nunca. «En el nombre de Dios y de las generaciones muertas, de quienes recibe la vieja tradiciуn de nacionalidad, Irlanda, por boca nuestra, convoca ahora a sus hijos bajo su bandera y proclama su libertad…». Ya lo ves, me la he aprendido de memoria, sн. Y he lamentado con todas mis fuerzas no haber estado ahн, con ellos. їLo entiendes, no?

Roger cerrу los ojos. Veнa la escena, nнtida, vibrante. En lo alto de las gradas de la Oficina General de Correos, bajo un cielo encapotado que amenazaba con vaciarse en lluvia, ante їcien, doscientas? personas armadas de escopetas, revуlveres, cuchillos, picas, garrotes, la mayorнa hombres, pero tambiйn un buen nъmero de mujeres con paсuelos en las cabezas, se erguнa la figura delgada, esbelta, enfermiza, de Patrick Pearse, con sus treinta y seis aсos y su mirada acerada, impregnada de esa nietzschiana «voluntad de poder» que le habнa permitido siempre, sobre todo desde que a sus diecisiete aсos ingresу a la Liga Gaйlica de la que pronto serнa lнder indiscutible, sobreponerse a todos los percances, la enfermedad, las represiones, las luchas internas, y materializar el sueсo mнstico de toda su vida —el alzamiento armado de los irlandeses contra el opresor, el martirio de los santos que redimirнa a todo un pueblo— leyendo, con esa voz mesiбnica a la que la emociуn del instante magnificaba, las palabras cuidadosamente elegidas que clausuraban siglos de ocupaciуn y servidumbre e instauraban una nueva era en la Historia de Irlanda. Escuchу el silencio religioso, sagrado, que las pa labras de Pearse deberнan haber instalado en aquel rincуn del centro de Dublнn, todavнa intacto porque aъn no habнan comenzado los tiros, y vio las caras de los Voluntarios que desde las ventanas del edificio de Correos y de los edificios vecinos de Sackville Street tomados por los rebeldes, se asomaban a contemplar la sencilla, solemne ceremonia. Escuchу la algarabнa, los aplausos, vivas, hurras, con que, terminada la lectura de los siete nombres que firmaban la Declaraciуn, fueron premiadas las palabras de Patrick Pearse por la gente de la calle, de las ventanas y los techos, y lo breve e intenso de aquel momento cuando el propio Pearse y los otros dirigentes lo clausuraron explicando que no habнa mбs tiempo que perder. Debнan volver a sus puestos, cumplir con sus obligaciones, prepararse a pelear. Sintiу que los ojos se le humedecнan. El tambiйn se habнa puesto a temblar. Para no llorar, dijo con precipitaciуn:

—Debiу ser emocionante, desde luego.

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