—Es un sнmbolo y la Historia estб hecha de sнmbolos —asintiу Alice Stopford Green—. No importa que hayan fusilado a Pearse, a Connolly, a Clarke, a Plunkett y demбs firmantes de la Declaraciуn de Independencia. Al contrario. Esos fusilamientos han bautizado con sangre a ese sнmbolo, dбndole una aureola de heroнsmo y martirio.

—Exactamente lo que querнan Pearse, Plunkett —dijo Roger—. Tienes razуn, Alice. Tambiйn me habrнa gustado estar allн, con ellos.

A Alice la conmovнa casi tanto como aquel acto en las escaleras externas del Post Office que tantas mujeres de la organizaciуn femenina de los rebeldes, Cumannna mBan, hubieran participado en la rebeliуn. Eso sн lo habнa visto con sus propios ojos el monje capuchino. En todos los reductos rebeldes, las mujeres fueron encargadas por los dirigentes de cocinar para los combatientes, pero luego, a medida que se desataban las refriegas, el peso mismo de la acciуn fue ampliando el abanico de responsabilidades de esas militantes de la Cumannna mBan, a las que los tiros, las bombas y los incendios arrancaron de las improvisadas cocinas y convirtieron en enfermeras. Vendaban a los heridos y ayudaban a los cirujanos a extraer balas, su turar heridas y amputar los miembros amenazados de gangrena. Pero, acaso, el papel mбs importante de esas mujeres —adolescentes, adultas, orillando la vejez— habнa sido el de correos, cuando, por el creciente aislamiento de las barricadas y puestos rebeldes, fue indispensable recurrir a las cocineras y enfermeras y enviarlas, pedaleando en sus bicicletas y, cuando йstas escasearon, a la velocidad de sus pies, a llevar y traer mensajes, informaciones orales o escritas (con instrucciones de destruir, quemar o comerse esos papeles si eran heridas o capturadas). Fray Austin asegurу a Alice que los seis dнas de la rebeliуn, en medio de los bombardeos y los tiroteos, las explosiones que derrumbaban techos, muros, balcones e iban convirtiendo el centro de Dublнn en un archipiйlago de incendios y montones de escombros chamuscados y sanguinolentos, nunca dejу de ver, yendo y viniendo prendidas del volante como unas amazonas a sus cabalgaduras, y pedaleando furiosamente, a esos бngeles con faldas, serenas, heroicas, impertйrritas, desafiando las balas, con los mensajes y las informaciones que rompнan la cuarentena que la estrategia del Ejйrcito britбnico querнa imponer a los rebeldes aislбndolos antes de aplastarlos.

—Cuando ya no pudieron servir de correos, por que las tropas ocupaban las calles y la circulaciуn era imposible, muchas tomaron los revуlveres y los fusiles de sus maridos, padres y hermanos y pelearon tambiйn —dijo Alice—. No sуlo Constance Markievicz mostrу que no todas las mujeres pertenecemos al sexo dйbil. Muchas pelearon como ella y murieron o fueron heridas con las armas en la mano.

—їSe sabe cuбntas?

Alice negу con la cabeza.

—No hay cifras oficiales. Las que se mencionan son pura fantasнa. Pero una cosa sн es segura. Pelearon. Lo saben los militares britбnicos que las detuvieron y las arrastraron al cuartel de Richmond y a la cбrcel de Kilmainham. Querнan someterlas a cortes marciales y fusilarlas tambiйn a ellas. Lo sй de muy buena fuente: un ministro. El gabinete britбnico se aterrorizу pensando, con razуn, que si empezaban a fusilar mujeres Irlanda entera se levantarнa en armas esta vez. El propio primer ministro Asquith telegrafiу al jefe militar en Dublнn, sir John Maxwell, prohibiйndole de manera terminante que se fusilara a una sola mujer. Por eso salvу su vida la condesa Constance Markievicz. La condenу a muerte una corte marcial pero le han conmutado la pena por prisiуn perpetua debido a la presiуn del Gobierno.

Sin embargo, no todo habнa sido entusiasmo, solidaridad y heroнsmo entre la poblaciуn civil de Dublнn durante la semana de combates. El monje capuchino fue testigo de pillajes en las tiendas y almacenes de Sackville Street y otras calles del centro, cometidos por vagabundos, picaros o simplemente miserables venidos de los barrios marginales vecinos, lo que puso en una situaciуn difнcil a los dirigentes del IRB, los Voluntarios y el Ejйrcito del Pueblo que no habнan previsto esta deriva delictuosa de la rebeliуn. En algunos casos, los rebeldes trataron de impedir los saqueos a los hoteles, incluso con disparos al aire para ahuyentar a los saqueadores que devastaban el Gresham Hotel, pero, en otros, los dejaron hacer, confundidos por la manera como esa gente humilde, hambrienta, por cuyos intereses creнan estar luchando, se les enfrentaba con furia para que la dejaran desvalijar las tiendas elegantes de la ciudad.

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