Explicando a la opiniуn pъblica internacional que la ъnica manera efectiva de suprimir la trata de esclavos era mediante «una fuerza de orden», el rey enviу al Congo dos mil soldados del Ejйrcito regular belga al que debнa aсadirse una milicia de diez mil nativos, cuyo mantenimiento deberнa ser asumido por la poblaciуn congolesa. Aunque la mayor parte de ese Ejйrcito estaba comandado por oficiales belgas, en sus filas y, sobre todo, en los cargos directivos de la milicia, se infiltraron gentes de la peor calaсa, rufianes, ex presidiarios, aventureros hambrientos de fortuna salidos de las sentinas y los barrios prostibularios de media Europa. La Forcй Publique se enquistу, como un parбsito en un organismo vivo, en la maraсa de aldeas diseminadas en una regiуn del tamaсo de una Europa que irнa desde Espaсa hasta las fronteras con Rusia para ser mantenida por esa comunidad Бfricana que no entendнa lo que le ocurrнa, salvo que la invasiуn que caнa sobre ella era una plaga mбs depredadora que los cazadores de esclavos, las langostas, las hormigas rojas y los conjuros que traнan el sueсo de la muerte. Porque soldados y milicianos de la Fuerza Pъblica eran codiciosos, brutales e insaciables tratбndose de comida, bebida, mujeres, animales, pieles, marfil y, en suma, de todo lo que pudiera ser robado, comido, bebido, vendido o fornicado.
Al mismo tiempo que de este modo se iniciaba la explotaciуn de los congoleses, el monarca humanitario comenzу a dar concesiones a empresas para, segъn otro de los mandatos que recibiу, «abrir mediante el comercio el camino de la civilizaciуn a los nativos del Бfrica». Algunos comerciantes murieron derribados por fiebres palъdicas, picados por serpientes o devorados por las fieras debido a su desconocimiento de la selva, y otros pocos cayeron bajo las flechas y lanzas envenenadas de nativos que osaban rebelarse contra esos forasteros de armas que reventaban como el trueno o quemaban como el rayo, quienes les explicaban que, segъn contratos firmados por sus caciques, tenнan que abandonar sus sembradнos, la pesca, la caza, sus ritos y rutinas para volverse guнas, cargadores, cazadores o recolectores de caucho, sin recibir salario alguno. Buen nъmero de concesionarios, amigos y validos del monarca belga hicieron en poco tiempo grandes fortunas, sobre todo йl.
Mediante el rйgimen de concesiones, las compaснas se fueron extendiendo por el Estado Independiente del Congo en ondas concйntricas, adentrбndose cada vez mбs en la inmensa regiуn baсada por el Medio y Alto Congo y su telaraсa de afluentes. En sus respectivos dominios, gozaban de soberanнa. Ademбs de ser protegidas por la Fuerza Pъblica, contaban con sus propias milicias a cuya cabeza figuraba siempre algъn ex militar, ex carcelero, ex preso o forajido, algunos de los cuales se harнan cйlebres en toda el Бfrica por su salvajismo. En pocos aсos el Congo se convirtiу en el primer productor mundial del caucho que el mundo civilizado reclamaba cada vez en mayor cantidad para hacer rodar sus coches, automуviles, ferro carriles, ademбs de toda clase de sistemas de transporte, atuendo, decoraciуn e irrigaciуn.
De nada de esto fue cabalmente consciente Roger Casement aquellos ocho aсos —1884 a 1892— en que, sudando la gota gorda, padeciendo fiebres palъdicas, tostбndose con el sol Africano y llenбndose de cicatrices por las picaduras, araсazos y rasguсos de plantas y alimaсas, trabajaba con empeсo para apuntalar la creaciуn comercial y polнtica de Leopoldo II. De lo que sн se enterу fue de la apariciуn y reinado en aquellos infinitos dominios del emblema de la colonizaciуn: el chicote.