Entre los deportados, habнa decenas de mujeres. Muchas de ellas —con algunas, Alice habнa conversado personalmente— guardaban, en medio de su solidaridad, cierto rencor a los comandantes de la rebeliуn que pusieron dificultades a las mujeres para colaborar con los alzados. Sin embargo, casi todos, de buena o mala gana, habнan terminado por admitirlas en los reductos y aprovecharlas. El ъnico comandante que se negу de plano a admitir mujeres en Boland's Mili y todo el territorio vecino controlado por sus compaснas fue Eamon de Valera. Sus argumentos irritaron a las militantes de Cumann na mBan por conservadores. Que el lugar de la mujer era su hogar y no la barricada, y sus instrumentos naturales la rueca, la cocina, las flores, la aguja y el hilo, no la pistola ni el fusil. Y que su presencia podнa distraer a los combatientes, quienes, por protegerlas, descuidarнan sus obligaciones. El alto y delgado profesor de matemбticas, dirigente de los Irish Volunteers, con quien Roger Casement habнa conversado muchas veces y man tenido una abundante correspondencia, fue condenado a muerte por una de esas cortes marciales secretas y expeditivas que juzgaron a los dirigentes del Alzamiento. Pero se salvу en el ъltimo minuto. Cuando, confesado y comulgado, esperaba con total tranquilidad, el rosario entre los dedos, ser llevado al paredуn trasero de Kilmainham Gaol donde eran los fusilamientos, el Tribunal decidiу conmutarle la pena de muerte por prisiуn perpetua. Segъn rumores, las compaснas a уrdenes de Eamon de Valera, pese a la nula formaciуn militar de йste, se comportaron con gran eficiencia y disciplina, infligiendo al enemigo muchas pйrdidas. Fueron las ъltimas en rendirse. Pero los rumores decнan tambiйn que la tensiуn y los sacrificios de esos dнas habнan sido tan duros que, en algъn momento, sus subordinados en la estaciуn donde funcionaba su puesto de man do creyeron que iba a perder el juicio, por lo errбtico de su conducta. No fue el ъnico caso. Bajo la lluvia de plomo y fuego, sin dormir, sin comer y sin beber, algunos habнan enloquecido o sufrido crisis nerviosas en las barricadas.
Roger se habнa distraнdo, recordando la alargada silueta de Eamon de Valera, su hablar tan solemne y ceremonioso. Advirtiу que Alice se referнa ahora a un caballo. Lo hacнa con sentimiento y lбgrimas en los ojos. La historiadora tenнa gran amor por los animales, pero їpor quй la afectaba йste de modo tan especial? Poco a poco fue en tendiendo que su sobrino le habнa contado el episodio. Se trataba del caballo de uno de los lanceros britбnicos que el primer dнa de la insurrecciуn cargaron contra la Oficina de Correos y fueron rechazados, perdiendo tres hombres. El caballo recibiу varios impactos de bala y se desplomу delante de una barricada, malherido. Relinchaba con espanto, traspasado de dolor. Conseguнa a veces levantarse, pero, debilitado por la pйrdida de sangre, volvнa a caer al suelo luego de intentar algunos pasos. Detrбs de la barricada hubo una discusiуn entre los que querнan rematarlo para que no sufriera mбs y los que se oponнan creyendo que conseguirнa recuperarse. Por fin, le dispararon. Fueron necesarios dos tiros de fusil para poner fin a su agonнa.
—No fue el ъnico animal que muriу en las calles —dijo Alice, apesadumbrada—. Murieron muchos, caballos, perros, gatos. Vнctimas inocentes de la brutalidad humana. Muchas noches tengo pesadillas con ellos. Los pobrecillos. Los seres humanos somos peores que los animales їverdad, Roger?
—No siempre, querida. Te aseguro que algunos son tan feroces como nosotros. Pienso en las serpientes por ejemplo, cuyo veneno te va matando a poquitos, en medio de estertores horribles. Y en los caсeros del Amazonas que se te introducen en el cuerpo por el ano y te producen hemorragias. En fin…
—Hablemos de otra cosa —dijo Alice—. Basta ya de guerra, de combates, de heridos y de muertos.