Pero, un momento despuйs, le contaba a Roger que entre los centenares de irlandeses deportados y traнdos a las cбrceles inglesas era impresionante cуmo crecнan las adhesiones al Sinn Fein y al IRB. Incluso personas moderadas e independientes y conocidos pacifistas se afiliaban a esas organizaciones radicales. Y el gran nъmero de peticiones que aparecнan en toda Irlanda pidiendo amnistнa para los condenados. Tambiйn en Estados Unidos, en to das las ciudades donde habнa comunidades irlandesas, se guнan las manifestaciones de protesta contra los excesos de la represiуn luego del Alzamiento. John Devoy habнa he cho un trabajo fantбstico y conseguido que firmara los pedidos de amnistнa lo mejor de la sociedad norteamericana, desde artistas y empresarios hasta polнticos, profeso res y periodistas. La Cбmara de Representantes aprobу una mociуn, redactada en tйrminos muy severos, condenando las penas de muerte sumarias contra adversarios que habнan rendido las armas. Pese a la derrota, las cosas no ha bнan empeorado con el Alzamiento. En cuanto a apoyo internacional, la situaciуn nunca habнa estado mejor para los nacionalistas.

—El tiempo de la visita ha corrido en exceso —la interrumpiу el sheriff— Deben despedirse de una vez.

—Conseguirй otro permiso, vendrй a verte antes de… —dijo y se callу Alice, poniйndose de pie. Se habнa puesto muy pбlida.

—Claro que sн, Alice querida —asintiу Roger, abrazбndola—. Espero que lo consigas. No sabes cuбnto bien me hace verte. Cуmo me serena y me llena de paz.

Pero no fue asн esta vez. Regresу a su celda con un tumulto de imбgenes en la cabeza, todas relacionadas con la rebeliуn de Semana Santa, como si los recuerdos y testimonios de su amiga lo hubieran sacado de Pentonville Prison y arrojado en medio de la guerra callejera, en el fragor de los combates. Sintiу una inmensa nostalgia de Dublнn, de sus edificios y casas de ladrillos rojos, los jardincillos minъsculos protegidos por verjas de madera, los tranvнas ruidosos, los barrios contrahechos de precarias viviendas con gentes miserables y descalzas rodeando los islotes de afluencia y modernidad. їCуmo habrнa quedado todo aquello despuйs de las descargas de artillerнa, las bombas incendiarias, los derrumbes? Pensу en el Abbey Theatre, en The Gate, en el Olympia, en los bares malolientes y cбlidos olorosos a cerveza y chisporroteando de conversaciones. їVolverнa a ser Dublнn lo que habнa sido?

El sheriff no le ofreciу llevarlo a las duchas y йl no se lo pidiу. Veнa al carcelero tan deprimido, con una ex presiуn tal de desasimiento y ausencia, que no quiso molestarlo. Le apenaba verlo sufrir de esa manera y lo entristecнa no atinar a hacer algo para infundirle бnimos. El sheriff Wabia venido ya dos veces, violando el reglamento, a conversar en la noche a su celda, y cada vez Roger se habнa angustiado por no haber sido capaz de dar a Mr. Stacey el sosiego que buscaba. La segunda, al igual que la primera, no habнa hecho mбs que hablar de su hijo Alex y de su muerte en los combates contra los alemanes en Loos, ese lugar desconocido de Francia al que se referнa como a un paraje maldito. En un momento, luego de un largo silencio, el carcelero confesу a Roger que lo amargaba el recuerdo de aquella vez que azotу a Alex, chiquito todavнa, por haberse robado un pastelillo en la panaderнa de la es quina. «Era una falta y debнa ser castigada —dijo Mr. Stacey—, pero no de manera tan severa. Azotar asн a un niсo de pocos aсos fue una imperdonable crueldad». Roger tratу de tranquilizarlo recordбndole que, a йl y a sus hermanos, incluida la mujer, el capitбn Casement, su padre, les habнa pegado a veces, y que ellos no habнan dejado nunca de quererlo. Pero їlo escuchaba Mr. Stacey?

Permanecнa en silencio, rumiando su dolor, con una respiraciуn profunda y agitada.

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