Comenzу a trabajar en septiembre de 1886 como agente encargado del almacйn y del transporte en Matadi, palabra que en kikongo significa piedra. Cuando Roger se instalу allн, esa estaciуn construida en la ruta de las cara vanas era apenas un claro abierto en el bosque a punta de machete, a orillas del gran rнo. Hasta allн habнa llegado cuatro siglos atrбs la carabela de Diego Cao y el navegante portuguйs dejу inscrito en una roca su nombre, que todavнa se podнa leer. Una empresa de arquitectos e ingenieros alemanes comenzaba a construir las primeras casas, con madera de pino importada de Europa —Ўimportar madera al Бfrica!—, y embarcaderos y depуsitos, trabajos que, una maсa na —Roger recordaba nнtidamente aquel percance—, fue ron interrumpidos por un ruido de terremoto y la irrupciуn en el claro de una manada de elefantes que por poco desaparece al naciente poblado. Seis, ocho, quince, dieciocho aсos Roger Casement fue viendo cуmo aquella aldea minъscula que empezу a construir con sus propias manos para que sirviera de depуsito de las mercancнas de la San ford Exploring Expedition (SEE), se iba ensanchando, trepando las suaves colinas del contorno, aumentando las casas cъbicas de los colonos, de madera, de dos pisos, con largas terrazas, techos cуnicos, jardincillos, ventanas pro tegidas con tela metбlica y llenбndose de calles, esquinas y gente. Ademбs de la primera iglesita catуlica, la de Kinkanda, habнa ahora en 1902 otra mбs importante, la de Notre Dame Mйdiatrice, y una misiуn bautista, una far macia, un hospital con dos mйdicos y varias monjas enfermeras, una oficina de correos, una hermosa estaciуn de ferrocarril, una comisarнa, un juzgado, varios depуsitos de aduana, un sуlido embarcadero y tiendas de ropa, alimentos, conservas, sombreros, zapatos e instrumentos de labranza. Alrededor de la ciudad de los colonos habнa surgido una variopinta barriada de bakongos de chozas de caсas y barro. Aquн, en Matadi, se decнa a veces Roger, estaba presente, mucho mбs que en la capital, Boma, la Europa de la civilizaciуn, la modernidad y la religiуn cristiana. Matadi tenнa ya un pequeсo cementerio en la colina de Tunduwa, junto a la misiуn. Desde esa altura se dominaban las dos orillas y una larga franja del rнo. Allн se enterraba a los europeos. Por la ciudad y el embarcadero circulaban sуlo los indнgenas que trabajaban como sirvientes o cargadores y tenнan un pase que los identificaba. Cualquier otro que franqueara esos lнmites era expulsado para siempre de Matadi despuйs de pagar una multa y recibir unos chicotazos. Todavнa en 1902 el gobernador general podнa jactarse de que ni en Boma ni en Matadi se habнa registrado un solo robo, homicidio ni violaciуn.

De los dos aсos en que trabajу para la Sanford Exploring Expedition, entre sus veintidуs y veinticuatro aсos, Roger Casement recordarнa siempre dos episodios: el transporte del Florida a lo largo de varios meses, desde Banana, el minъsculo puerto en la desembocadura del rнo Congo en el Atlбntico, hasta Stanley Pool, por la ruta de las caravanas, y el incidente con el teniente Francqui, a quien, rompiendo por una vez su serena disposiciуn de бnimo por la que le hacнa bromas su amigo Herbert Ward, estuvo a punto de lanzar a los remolinos del rнo Congo y de quien se salvу de milagro de recibir un balazo.

El Florida fue un imponente barco que la SEE trajo hasta Boma, para que sirviera de mercante en el Me dio y Alto Congo, es decir, al otro lado de los Montes de Cristal. Livingstone Falls, la cadena de cataratas que sepa raba a Boma y Matadi de Leopoldville, remataba en un nudo de torbellinos que le ganaron la denominaciуn de Caldero del Diablo. A partir de allн y hacia el oriente el rнo era navegable en miles de kilуmetros. Pero, hacia el occidente, perdнa mil pies de altura en su descenso al mar, lo que en largos tramos del recorrido lo volvнa innavegable.

Para ser llevado por tierra hasta Stanley Pool, el Florida fue desarmado en centenares de piezas, que, clasificadas y empaquetadas, viajaron a hombros de cargadores nativos los 478 kilуmetros de la ruta de las caravanas. A Roger Casement se le encomendу la pieza mбs grande y pesada: el casco de la nave. Lo hizo todo. Desde vigilar la construcciуn de la enorme carreta donde fue izado hasta reclutar el centenar de cargadores y macheteros que tiraron a travйs de las cumbres y quebradas de los Montes de Cristal la inmensa carga, ensanchando la trocha a machetazos.

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