Lo que mбs irritу a Roger en la entrevista fue la afirmaciуn de Redmond de que si estallaba la guerra con Alemania, los irlandeses debнan combatir junto a Inglaterra, por una cuestiуn de principio y de estrategia: de este modo se ganarнan la confianza del Gobierno inglйs y de la opiniуn pъblica, lo que garantizarнa la futura Autonomнa. Redmond exigiу que en el Comitй Ejecutivo de los Voluntarios hubiera veinticinco representantes de su partido, algo que los Volunteers se resignaron a aceptar a fin de preservar la unidad. Pero ni por esta concesiуn cambiу Redmond de opiniуn sobre Roger Casement, al que acusaba de tanto en tanto de ser «un revolucionario radical». Pese a ello, en sus ъltimas semanas en Irlanda, Roger escribiу a Redmond dos cartas amables, exhortбndolo a obrar de modo que los irlandeses se mantuvieran unidos pese a sus eventuales discrepancias. Le aseguraba que si el Home Rule llegaba a ser realidad, serнa el primero en apoyarlo. Pero si el Gobierno inglйs, por su debilidad frente a los extremistas del Ulster, no alcanzaba a imponer la Autonomнa, los nacionalistas debнan tener una estrategia alternativa.

Roger estaba hablando en un mitin de los Voluntarios en Cushendun el 28 de junio de 1914 cuando llegу la noticia de que, en Sarajevo, un terrorista serbio habнa asesinado al archiduque Franz Ferdinand de Austria. En ese momento nadie dio allн mucha importancia a este episodio que, pocas semanas mбs tarde, iba a ser el pretexto que desencadenarнa la Primera Guerra Mundial. El ъltimo discurso de Roger en Irlanda lo pronunciу en Carn el 30 de junio. Estaba ya ronco de tanto hablar.

Siete dнas mбs tarde saliу, de manera clandestina, del puerto de Glasgow, en el barco Casandra —el nombre era un sнmbolo de lo que guardaba el futuro para йl— rumbo a Montreal. Viajу en segunda, con nombre supuesto. Ademбs, alterу su atuendo, generalmente atildado y ahora modestнsimo, y su cara, cambiando de peinado y cortбndose la barba. Pasу unos dнas tranquilos navegando, despuйs de mucho tiempo. En la travesнa se dijo, sorprendido, que la agitaciуn de estos ъltimos meses habнa tenido la virtud de apaciguar sus dolores artrнticos. Casi no los habнa vuelto a padecer y cuando le volvнan eran mбs soportables que los de antaсo. En el tren de Montreal a New York, pre parу el informe que harнa a John Devoy y demбs dirigen tes del Clan na Gael sobre el estado de cosas en Irlanda y la necesidad de ayuda econуmica que tenнan los Voluntarios para comprar armas, pues, tal como evolucionaba la situaciуn polнtica, la violencia estallarнa en cualquier momento. De otro lado, la guerra abrirнa una oportunidad excepcional para los independentistas irlandeses.

Al llegar a New York, el 18 de julio, se alojу en el Belmont Hotel, modesto y frecuentado por irlandeses. Ese mismo dнa, paseando por una calle de Manhattan, en el calor ardiente del verano neoyorquino, ocurriу su encuentro con el noruego Eivind Adler Christensen. їUn encuentro casual? Asн lo creyу entonces. Ni un solo instante se le pasу por la cabeza la sospecha de que hubiera podido ser planeado por esos servicios de espionaje britбnicos que, desde hacнa ya meses, venнan siguiйndole los pasos. Estaba seguro de que sus precauciones para salir clandestinamente de Glasgow habнan sido suficientes. Tampoco sospechу en esos dнas el cataclismo que causarнa en su vida ese joven de veinticuatro aсos cuyo fнsico no era para nada el del desamparado vagabundo medio muerto de hambre que le dijo ser. Pese a sus ropas gastadas, a Roger le pareciу el hombre mбs bello y atractivo que habнa visto en su vida. Mientras lo observaba comer el sбndwich y tomar a sorbitos la bebida que le invitу se sintiу confuso, avergonzado, porque su corazуn se habнa puesto a latir muy fuerte y sentнa una efervescencia en la sangre que no experimentaba hacнa tiempo. El, siempre tan cuidadoso en sus gestos, tan rнgido observante de las buenas maneras, esa tarde y esa noche estuvo a punto varias veces de transgredir las formas, de seguir las incitaciones que lo asaltaban de acariciar esos brazos musculosos de un vello dorado o de coger la estrecha cintura de Eivind.

Al saber que el joven no tenнa dуnde dormir, lo invitу a su hotel. Le tomу un cuartito, en el mismo piso que el suyo. Pese al cansancio acumulado por el largo viaje, aquella noche Roger no pegу los ojos. Gozaba y sufrнa imaginando el cuerpo atlйtico de su flamante amigo in movilizado por el sueсo, los rubios cabellos revueltos y esa cara delicada, de ojos azules clarнsimos, apoyada en su brazo, durmiendo acaso con los labios abiertos, mostrando sus dientes tan blancos y parejos.

Haber conocido a Eivind Adler Christensen fue una experiencia tan fuerte que, al dнa siguiente, en su primera cita con John Devoy, con quien tenнa importantes asuntos que tratar, aquel semblante y aquella figura volvнan a su memoria, apartбndolo por momentos del pequeсo despacho donde, agobiados por el calor, conversaban.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги