Y construyendo terraplenes y defensas, levantando campamentos, curando a los enfermos y accidentados, sofocando los pleitos entre miembros de las diferentes etnias y organizando los tumos de vigilancia, el reparto de comidas y la caza y la pesca cuando los alimentos escaseaban. Fueron tres meses de riesgos y preocupaciones, pero tambiйn de entusiasmo y la conciencia de hacer algo que significaba progreso, un combate exitoso contra una naturaleza hostil. Y, Roger lo repetirнa muchas veces en los aсos venideros, sin usar el chicote ni permitir que abusaran de йl esos capataces apodados «zanzibarianos» porque procedнan de Zanzнbar, capital de la trata, o se comportaban con la crueldad de los traficantes de esclavos.

Cuando, ya en la gran laguna fluvial de Stanley Pool, el Florida fue rearmado y puesto a navegar, Roger viajу en ese barco por el Medio y Alto Congo, asegurando los de pуsitos y el transporte de las mercancнas de la Sanford Ex ploring Expedition por localidades que, aсos mбs tarde, visitarнa de nuevo durante su viaje al infierno de 1903: Bolobo, Lukolela, la regiуn de Irebu y, finalmente, la estaciуn del Ecuador rebautizada con el nombre de Coquilhatville.

El incidente con el teniente Francqui, quien, a diferencia de Roger, no tenнa repugnancia alguna contra el chicote y lo usaba con liberalidad, ocurriу al retomo de un viaje a la lнnea ecuatorial, a unos cincuenta kilуmetros rнo arriba de Boma, en una нnfima aldea innominada. El teniente Francqui, al mando de ocho soldados de la Fuerza Pъblica, todos nativos, habнa llevado a cabo una expediciуn punitiva por el eterno problema de los braceros. Siempre ha cнan falta mбs de los que habнa para cargar las mercancнas de las expediciones que iban y venнan entre Boma-Matadi y Leopoldville-Stanley Pool. Como las tribus se resistнan a entregar a su gente para ese servicio agotador, de cuando en cuando la Fuerza Pъblica y a veces los concesionarios privados llevaban a cabo incursiones contra las aldeas refracta rias, en las que, ademбs de llevarse amarrados en hilera a los hombres en condiciones de trabajar, se quemaban algunas cabaсas, se decomisaban pieles, marfiles y animales y se daba una buena azotaina a los caciques para que en el futuro cumplieran con los compromisos contraнdos.

Cuando Roger Casement y su pequeсa compaснa de cinco cargadores y un «zanzibariano» entraron al case rнo, las tres o cuatro chozas estaban ya en cenizas y los pobladores habнan huido. La excepciуn era ese muchacho, casi un niсo, tumbado en el suelo, con las manos y pies atados a unas estacas, sobre cuyas espaldas el teniente Francqui descargaba su frustraciуn a chicotazos. Generalmente, los azotes no los daban los oficiales sino los soldados. Pero el teniente se sentнa sin duda agraviado por la fuga de to do el pueblo y querнa vengarse. Rojo de ira, sudando a chorros, daba un pequeсo bufido a cada chicotazo. No se inmutу al ver aparecer a Roger y su grupo. Se limitу a responder a su saludo con una inclinaciуn de cabeza y sin interrumpir el castigo. El chiquillo debнa haber perdido el sentido hacнa rato. Su espalda y piernas eran una masa sanguinolenta y Roger recordaba un detalle: cerca del cuerpecillo desnudo desfilaba una columna de hormigas.

—Usted no tiene derecho de hacer eso, teniente Francqui —dijo, en francйs—. ЎYa basta!

El menudo oficial bajу el chicote y se volviу a mirar la larga silueta, de barbas, desarmada, que llevaba en las manos una estaca para tentar el suelo y apartar la hojarasca durante la marcha. Un perrito revoloteaba entre sus piernas. La sorpresa hizo que la cara redonda del teniente, de recortado bigotito y ojitos parpadeantes, pasara de la congestiуn a la lividez y de nuevo a la congestiуn.

—їQuй ha dicho usted? —rugiу. Roger lo vio soltar el chicote, llevarse la mano derecha a la cintura y forcejear con la cartuchera donde asomaba la cacha del revуlver. En un segundo comprendiу que en su rabieta el oficial podнa dispararle. Reaccionу con vivacidad. Antes de que consiguiera sacar el arma, lo habнa sujetado del pescuezo a la vez que de un manotazo le arrebataba el revуlver que acababa de empuсar. El teniente Francqui trataba de zafarse de los dedos que lo acogotaban. Tenнa los ojos salta dos como un sapo.

Los ocho soldados de la Fuerza Pъblica, que con templaban el castigo filmando, no se habнan movido, pero Roger supuso que, desconcertados con lo que sucedнa, tenнan las manos sobre sus escopetas y esperaban una or den de su jefe para actuar.

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