—Me llamo Roger Casement, trabajo para la SEE y usted me conoce muy bien, teniente Francqui, porque alguna vez hemos jugado al pуquer en Matadi —dijo, soltбndolo, agachбndose a coger el revуlver y devolviйndoselo con un gesto amable—. La manera como azota a este joven es un delito, sea cual sea la falta que cometiу. Como oficial de la Forcй Publique, lo sabe mejor que yo, porque, sin duda, conoce las leyes del Estado Independiente del Congo. Si este muchacho muere por culpa de los chicotazos, cargarб en su conciencia con un crimen.
—Cuando vine al Congo tomй la precauciуn de dejar mi conciencia en mi paнs —dijo el oficial. Ahora tenнa una expresiуn burlona y parecнa preguntarse si Ca sement era un payaso o un loco. Su histeria se habнa disi pado—. Menos mal que fue usted rбpido, estuve a punto de pegarle un balazo. Me hubiera metido en un buen lнo diplomбtico matando a un inglйs. De todas maneras, le aconsejo que no interfiera, como acaba de hacerlo, con mis colegas de la Forcй Publique. Tienen mal carбcter y con ellos le podrнa ir peor que conmigo.
Se le habнa pasado la cуlera y ahora parecнa deprimido. Ronroneу que alguien habнa prevenido a йstos de su llegada. El tendrнa que regresar ahora a Matadi con las manos vacнas. No dijo nada cuando Casement ordenу a su tropa que desamarrara al muchacho, lo echara en una hamaca y, colgada йsta entre dos estacas, partiу con йl rumbo a Boma. Cuando llegaron allн, dos dнas despuйs, pese a las heridas y a la sangre perdida, el muchacho seguнa vivo. Roger lo dejу en la posta sanitaria. Fue al juzgado a sentar una denuncia contra el teniente Francqui por abuso de autoridad. En las semanas siguientes dos veces lo llamaron a declarar y en los largos y estъpidos interroga torios del juez comprendiу que su denuncia serнa archiva da sin que el oficial fuera siquiera amonestado.
Cuando finalmente el juez fallу, desechando la denuncia por falta de pruebas y porque la vнctima se ne gу a corroborarla, Roger Casement habнa renunciado a la Sanford Exploring Expedition y estaba trabajando otra vez bajo las уrdenes de Henry Morton Stanley —a quien, ahora, los kikongos de la regiуn habнan apodado «Bula Matadi» («Rompedor de piedras»)—, en el ferrocarril que se habнa empezado a construir, paralelo a la ruta de las caravanas, de Boma y Matadi hasta Leopoldville-Stanley Pool. El muchacho maltratado se quedу trabajando con Roger y fue desde entonces su domйstico, ayudante y compaсero de viajes por el Бfrica. Como nunca supo decir cuбl era su nombre, Casement lo bautizу Charlie. Hacнa diecisйis aсos que seguнa con йl.
La renuncia de Roger Casement a la Sanford Ex ploring Expedition se debiу a un incidente con uno de los directivos de la compaснa. No lo lamentу, pues trabajar junto a Stanley en el ferrocarril, aunque exigнa un esfuerzo fнsico enorme, le devolviу la ilusiуn con que vino al Бfrica. Abrir el bosque y dinamitar montaсas para plantar los durmientes y los rieles del ferrocarril era el quehacer pionero con que habнa soсado. Las horas que pasaba a la intemperie, abrasбndose bajo el sol o empapado por los aguaceros, dirigiendo a braceros y macheteros, dando уrdenes a los «zanzibarianos», vigilando que las cuadrillas hicieran bien su trabajo, apisonando, igualando, reforzan do el suelo donde se tenderнan los travesaсos y desbrozando la tupida enramada, eran horas de concentraciуn y el sentimiento de estar haciendo una obra que beneficiarнa por igual a europeos y Africanos, colonizadores y colonizados. Herbert Ward le dijo un dнa: «Cuando te conocн, te creн sуlo un aventurero. Ahora ya sй que eres un mнstico».
A Roger le gustaba menos pasar del monte a las aldeas a negociar la cesiуn de cargadores y macheteros para el ferrocarril. La falta de brazos se habнa vuelto el problema nъmero uno a medida que crecнa el Estado Independiente del Congo. Pese a haber firmado los «tratados», los caciques, ahora que comprendнan de quй se trataba, eran renuentes a dejar que los pobladores partieran a abrir caminos, construir estaciones y depуsitos o a recolectar caucho. Roger consiguiу, cuando trabajaba en la Sanford Exploring Expedition que, para vencer esta resistencia y pese a no tener obligaciуn legal, la empresa pagara un pequeсo salario, generalmente en especies, a los trabajadores. Otras compaснas comenzaron tambiйn a hacerlo. Pero ni asн era fбcil contratarlos. Los caciques alegaban que no podнan desprenderse de hombres indispensables para cuidar los sembrнos y procurar la caza y la pesca de que se alimentaban. A menudo, ante la cercanнa de los reclutadores, los hombres en edad de trabajar se escondнan en la maleza. Entonces comenzaron las expediciones punitivas, los reclutamientos forzosos y la prбctica de encerrar a las mujeres en las llamadas maisons d'otages (casas de rehenes) para asegurarse que los maridos no esca paran.