Tanto en la expediciуn de Stanley como en la de Henry Shelton Sanford, Roger fue encargado muchas veces de negociar con las comunidades indнgenas la entrega de nativos. Gracias a su facilidad para los idiomas, podнa hacer se entender en kikongo y lingala —mбs tarde tambiйn en swahili—, aunque siempre con ayuda de intйrpretes. Oнrle chapurrear su lengua atenuaba la desconfianza de los nativos. Sus maneras suaves, su paciencia, su actitud respetuosa facilitaban los diбlogos, ademбs de los regalos que les llevaba: ropas, cuchillos y otros objetos domйsticos, asн como las cuentecillas de vidrio que tanto les gustaban. Solнa regresar al campamento con un puсado de hombres para el des broce del monte y las labores de carga. Se hizo fama de «amigo de los negros», algo que algunos de sus compaсeros juzgaban con conmiseraciуn, en tanto que a otros, sobre todo a algunos oficiales de la Fuerza Pъblica, les merecнa desprecio.
A Roger esas visitas a las tribus le provocaban un malestar que aumentarнa con los aсos. Al principio lo ha cнa de buena gana pues satisfacнa su curiosidad por conocer algo de las costumbres, lenguas, atuendos, usos, las comidas, los bailes y cantos, las prбcticas religiosas de esos pueblos que parecнan estancados en el fondo de los siglos, en los que una inocencia primitiva, sana y directa, se mezclaba con costumbres crueles, como sacrificar a los niсos gemelos en ciertas tribus, o matar a un nъmero equis de servidores —esclavos, casi siempre— para enterrarlos junto a los jefes, y la prбctica del canibalismo entre algunos grupos que, por eso, eran temidos y aborrecidos por las demбs comunidades. De aquellas negociaciones salнa con un in definible malestar, la sensaciуn de estar jugando sucio con aquellos hombres de otro tiempo, que, por mбs que se es forzara, nunca podrнan entenderlo cabalmente y, por ello, pese a las precauciones que tomaba para atenuar lo abusivo de esos acuerdos, con la mala conciencia de haber obrado en contra de sus convicciones, de la moral y de ese «principio primero», como llamaba a Dios.
Por eso, a fines de diciembre de 1888, antes de cumplir un aсo en el Chemin de Fer de Stanley, renunciу y se fue a trabajar en la misiуn bautista de Ngombe Lutete, con los esposos Bentley, la pareja de misioneros que la dirigнa. Tomу la decisiуn bruscamente, despuйs de una conversaciуn que, iniciada a la hora del crepъsculo, terminу con las primeras luces del amanecer, en una casa del barrio de los colonos de Matadi, con un personaje que estaba allн de paso. Theodore Horte era un antiguo oficial de la Marina britбnica. Habнa dejado la British Navy para hacerse misionero bautista en el Congo. Los bautistas estaban allн desde que el doctor David Livingstone se lanzу a explorar el continente Africano y a predicar el evangelismo. Habнan abierto misiones en Palabala, Banza Manteke, Ngombe Lutete y acababan de inaugurar otra, Arlhington, en las cerca nнas de Stanley Pool. Theodore Horte, visitador de estas misiones, pasaba su tiempo viajando de una a otra, prestando ayuda a los pastores y viendo la manera de abrir nuevos centros. Aquella conversaciуn produjo en Roger Casement una impresiуn que recordarнa el resto de su vida y que, en estos dнas de convalecencia de sus terceras fiebres palъdicas, a mediados de 1902, hubiera podido reproducir con lujo de detalles.