Nadie imaginaba, oyйndolo hablar, que Theodore Horte habнa sido un oficial de carrera y que, como marino, habнa participado en importantes operaciones militares de la British Navy. No hablaba de su pasado ni de su vida privada. Era un cincuentуn de aspecto distinguido y maneras educadas. Aquella noche tranquila de Matadi, sin lluvia ni nubes, con un cielo tachonado de estrellas que se reflejaban en las aguas del rнo y un rumor pausado del viento cбlido que les alborotaba los cabellos, Casement y Horte, tumbados en dos hamacas contiguas, iniciaron una conversaciуn de sobremesa que, creyу Roger al principio, durarнa sуlo los minutos que llevan al sueсo despuйs de una cena y serнa uno de esos intercambios convencionales y olvidables. Sin embargo, a poco de entablada la charla, algo hizo latir su corazуn con mбs fuerza que de costumbre. Se sintiу arrullado por la delicadeza y calidez de la voz del pastor Horte, inducido a hablar de temas que nunca compartнa con sus compaсeros de trabajo —salvo, alguna vez, con Herbert Ward— y menos con sus jefes. Preocupaciones, angustias, dudas, que ocultaba como si se tratara de asuntos ominosos. їTenнa sentido todo aquello? їLa aventura europea del Бfrica era acaso lo que se decнa, lo que se escribнa, lo que se creнa? їTraнa la civilizaciуn, el progreso, la modernidad mediante el libre comercio y la evangelizaciуn? їPodнa llamarse civilizadores a esas bestias de la Forcй Publique que robaban todo lo que podнan en las expediciones punitivas? їCuбntos, entre los colonizadores —comerciantes, soldados, funcionarios, aventureros—, tenнan un mнnimo respeto por los nativos y los consideraban hermanos, o, por lo menos, humanos? їCinco por ciento? їUno de cada cien? La verdad, la verdad, en los aсos que llevaba aquн sуlo habнa encontrado un nъmero para el cual sobraban los dedos de las manos de europeos que no trataran a los negros como animales sin alma, a los que se podнa engaсar, explotar, azotar, incluso matar, sin el menor re mordimiento.

Theodore Horte escuchу en silencio la explosiуn de amargura del joven Casement. Cuando hablу, no parecнa sorprendido por lo que le habнa oнdo decir. Al contrario, reconociу que a йl tambiйn, desde hacнa aсos, lo asaltaban dudas tremendas. Sin embargo, por lo menos en la teorнa, aquello de la «civilizaciуn» tenнa mucho de cierto. їNo eran atroces las condiciones de vida de los nativos? їSus niveles de higiene, sus supersticiones, su ignorancia de las mбs bбsicas nociones de salud, no hacнan que mu rieran como moscas? їNo era trбgica su vida de mera supervivencia? Europa tenнa mucho que aportarles para que salieran del primitivismo. Para que cesaran ciertos usos bбrbaros, el sacrificio de niсos y enfermos, por ejemplo, en tantas comunidades, las guerras en las que se entremataban, la esclavitud y el canibalismo que todavнa se practicaban en algunos lugares. їY, ademбs, no era bueno para ellos conocer al verdadero Dios, que reemplazaran los нdo los que adoraban por el Dios cristiano, el Dios de la pie dad, del amor y de la justicia? Cierto, aquн se habнa volcado mucha mala gente, tal vez lo peor de Europa. їNo tenнa eso remedio? Era imprescindible que vinieran las buenas cosas del Viejo Continente. No la codicia de los mercaderes de alma sucia, sino la ciencia, las leyes, la educaciуn, los derechos innatos del ser humano, la йtica cristiana. Era tarde para dar marcha atrбs їno es cierto? Resultaba ocio so preguntarse si la colonizaciуn era buena o mala, si, librados a su suerte, a los congoleses les habrнa ido mejor que sin los europeos. Cuando las cosas no tenнan marcha atrбs, no valнa la pena perder el tiempo preguntбndose si hubiera sido preferible que no ocurrieran. Mejor tratar denrumbarlas por el buen camino. Siempre era posible en derezar lo que andaba torcido. їNo era йsta la mejor enseсanza de Cristo?

Cuando, al amanecer, Roger Casement le preguntу si era posible para un laico como йl, que no habнa sido nunca muy religioso, trabajar en alguna de las misiones que la Iglesia bautista tenнa por la regiуn del Bajo y Medio Congo, Theodore Horte lanzу una risita:

—Debe ser una de esas celadas de Dios —exclamу—. Los esposos Bentley, de la misiуn de Ngombe Lutete, necesitan un ayudante laico que les eche una mano con la contabilidad. Y, ahora, usted me pregunta eso. їNo serб algo mбs que una mera coincidencia? їUna de esas trampas que nos tiende Dios a veces para recordarnos que estб siempre allн y que nunca debemos desesperar?

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