El trabajo de Roger, de enero a marzo de 1889, en la misiуn de Ngombe Lutete, aunque corto fue intenso y le permitiу salir de la incertidumbre en que vivнa desde hacнa algъn tiempo. Ganaba sуlo diez libras mensuales y con ellas tenнa que pagar su sustento, pero viendo trabajar a Mr. William Holman Bentley y a su esposa, de la maсana a la noche, con tanto бnimo y convicciуn, y compartiendo junto a ellos la vida en esa misiуn que, a la vez que centro religioso, era dispensario, sitio de vacunaciуn, escuela, tienda de mercancнas y lugar de esparcimiento, asesorнa y consejo, la aventura colonial le pareciу menos cruda, mбs razonable y hasta civilizadora. Alentу este sentimiento ver cуmo en torno a esa pareja habнa surgido una pequeсa comunidad Бfricana de convertidos a la Iglesia reformada, que, tanto en su atuendo como en las canciones del coro que a diario ensayaba para los servicios del domingo, asн como en las clases de alfabetizaciуn y de doctrina cristiana, parecнa ir dejando atrбs la vida de la tribu y comenzando una vida moderna y cristiana.

Su trabajo no se limitaba a llevar los libros de ingresos y gastos de la misiуn. Esto le tomaba poco tiempo. Hacнa de todo, desde sacar la hojarasca y desyerbar el pequeсo descampado en torno a la misiуn —era una lucha diaria contra la vegetaciуn empeсada en recobrar el claro que le habнan arrebatado—, hasta salir a cazar un leopardo que se estaba comiendo a las aves del corral. Se ocupaba del transporte por trocha o por el rнo en una pequeсa embarcaciуn, llevando y trayendo enfermos, utensilios, trabajadores, y vigilaba el funcionamiento de la tienda de la misiуn, en la que los nativos de los alrededores podнan vender y adquirir mercancнas. Se hacнan sobre todo trueques, pero tambiйn circulaban los francos belgas y las libras esterlinas. Los esposos Bentley se burlaban de su ineptitud para los negocios y de su vocaciуn manirrota, pues a Roger todos los precios le parecнan altos y querнa bajarlos, aunque con ello privara a la misiуn del pequeсo margen de ganancia que le permitнa completar su magro presupuesto.

Pese al afecto que llegу a sentir por los Bentley y la buena conciencia que le daba trabajar a su lado, Roger supo desde el principio que su estancia en la misiуn de Ngombe Lutete serнa transitoria. El trabajo era digno y altruista, pero sуlo tenнa sentido acompaсado de esa fe que animaba a Theodore Horte y los Bentley y de la que йl carecнa, aunque mimara sus gestos y manifestaciones, asistiendo a las lecturas comentadas de la Biblia, a las clases de doctrina y al oficio dominical. No era un ateo, ni un agnуstico, sino algo mбs incierto, un indiferente que no negaba la existencia de Dios —el «principio primero»— pero incapaz de sentirse cуmodo en el seno de una iglesia, solidario y hermanado con otros fieles, parte de un denominador comъn. Tratу de explicбrselo en aquella larga conversaciуn de Matadi a Theodore Horte y se sintiу torpe y confuso. El ex marino lo tranquilizу: «Lo entiendo perfectamente, Roger. Dios tiene sus procedimientos. Desasosiega, inquieta, nos empuja a buscar. Hasta que un dнa todo se ilumina y ahн estб El. Le ocurrirб, ya verб».

En esos tres meses, al menos, no le ocurriу. Ahora, en 1902, trece aсos despuйs de aquello, seguнa en la incertidumbre religiosa. Le habнan pasado las fiebres, habнa perdido mucho peso y, aunque a ratos se mareaba por la debilidad, habнa retomado sus tareas de cуnsul en Boma. Fue a visitar al gobernador general y demбs autoridades. Retomу a los partidos de ajedrez y de bridge. La estaciуn de las lluvias estaba en pleno apogeo y durarнa muchos meses.

A fines de marzo de 1889, al terminar su contrato con el reverendo William Holman Bentley y luego de cinco aсos de ausencia, regresу por primera vez a Inglaterra.

V

—Llegar aquн ha sido una de las cosas mбs difнciles que he hecho en mi vida —dijo Alice a manera de saludo, estirбndole la mano—. Creн que nunca lo conseguirнa. Pero, en fin, aquн me tienes.

Alice Stopford Green guardaba las apariencias de persona frнa, racional, ajena a sentimentalismos, pero Roger la conocнa lo bastante para saber que estaba conmovida has ta los huesos. Advertнa el ligerнsimo temblor en su voz que no conseguнa disimular y esa rбpida palpitaciуn de su nariz que aparecнa siempre que algo la preocupaba. Ya raspaba los setenta aсos, pero conservando su silueta juvenil. Las arrugas no habнan borrado la frescura de su rostro pecoso ni la luminosidad de sus ojos claros y acerados. Y, en ellos, brillaba siempre esa luz inteligente. Llevaba, con la sobria elegancia de costumbre, un vestido claro, una blusa ligera y unos botines de tacуn alto.

—Quй gusto, querida Alice, quй gusto —repitiу Roger Casement, cogiйndole las dos manos—. Creн que no volverнa a verte mбs.

—Te traje unos libros, unos dulces y algo de ropa, pero todo me lo quitaron los alguaciles de la entrada —hizo ella una mueca de impotencia—. Lo siento. їTe encuentras bien?

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