—Sн, sн —dijo Roger, ansioso—. Has hecho tanto por mн todo este tiempo. їNo hay noticias todavнa?

—El gabinete se reъne el jueves —dijo ella—. Sй de buena fuente que este asunto encabeza la agenda. Hacemos lo posible y hasta lo imposible, Roger. La peticiуn tiene cerca de cincuenta firmas, toda gente importante.

Cientнficos, artistas, escritores, polнticos. John Devoy nos asegura que en cualquier momento deberнa llegar el tele grama del presidente de Estados Unidos al Gobierno inglйs. Todos los amigos se han movilizado para atajar, en fin, quiero decir, para contrarrestar esa campaсa indigna en la prensa. їEstбs enterado, no?

—Vagamente —dijo Casement, con un gesto de desagrado—. Aquн no llegan noticias de fuera y los carceleros tienen orden de no dirigirme la palabra. Sуlo el sheriff lo hace, pero para insultarme. їCrees que hay alguna posibilidad todavнa, Alice?

—Claro que lo creo —afirmу ella, con fuerza, pero Casement pensу que era una mentira piadosa—. Todos mis amigos me aseguran que el gabinete decide esto por unanimidad. Si hay un solo ministro contrario a la ejecuciуn, estбs salvado. Y parece que tu antiguo jefe en el Foreign Office, sir Edward Grey, estб en contra. No pierdas la esperanza, Roger.

Esta vez el sheriff de Pentonville Prison no estaba en el locutorio. Sуlo un guardia jovencito y prudente que les daba la espalda y miraba el pasillo por la rejilla de la puerta simulando desinterйs en la conversaciуn de Roger y la historiadora. «Si todos los carceleros de Pentonville Prison fueran tan considerados, la vida aquн serнa mucho mбs llevadera», pensу. Recordу que aъn no habнa preguntado a Alice sobre los sucesos de Dublнn.

—Sй que, cuando el Alzamiento de Semana Santa, Scotland Yard fue a registrar tu casa de Grosvenor Road —dijo—. Pobre Alice. їTe hicieron pasar muy mal rato?

—No tanto, Roger. Se llevaron muchos papeles. Cartas personales, manuscritos. Espero que me los devuelvan, no creo que les sirvan —suspirу, apenada—. En comparaciуn con lo que han sufrido allб en Irlanda, lo mнo no fue nada.

їSeguirнa la dura represiуn? Roger se esforzaba por no pensar en los fusilamientos, en los muertos, en las secuelas de esa semana trбgica. Pero Alice debiу leer en sus ojos la curiosidad que tenнa por saber.

—Las ejecuciones han cesado, parece —murmurу, echando un vistazo a la espalda del guardia—. Hay unos tres mil quinientos presos, calculamos. A la mayorнa los han traнdo aquн y los tienen repartidos en prisiones por toda Inglaterra. Hemos localizado a unas ochenta mujeres entre ellos. Varias asociaciones nos ayudan. Muchos aboga dos ingleses se han ofrecido a ocuparse de sus casos, sin cobrar.

Las preguntas se agolpaban en la cabeza de Roger. їCuбntos amigos entre los muertos, entre los heridos, entre los presos? Pero se contuvo. їPara quй averiguar cosas sobre las que nada podнa hacer y que sуlo servirнan para aumentar su amargura?

—їSabes una cosa, Alice? Una de las razones por la que me gustarнa que me conmutaran la pena es porque, si no lo hacen, me morirй sin haber aprendido el irlandйs. Si me la conmutan, me meterй en ello a fondo y te pro meto que en este mismo locutorio hablaremos alguna vez en gaйlico.

Ella asintiу, con una sonrisita que le saliу sуlo a medias.

—El gaйlico es una lengua difнcil —dijo, palmeбndolo en el brazo—. Se necesita mucho tiempo y paciencia para aprenderla. Tъ has tenido una vida muy agitada, querido. Pero, consuйlate, pocos irlandeses han hecho tanto por Irlanda como tъ.

—Gracias a ti, querida Alice. Te debo tantas cosas. Tu amistad, tu hospitalidad, tu inteligencia, tu cultura. Esas veladas de los martes en Grosvenor Road, con gente extraordinaria, en esa atmуsfera tan grata. Son los mejores recuerdos de mi vida. Ahora te lo puedo decir y agradecйrtelo, amiga querida. Tъ me enseсaste a amar el pasado y la cultura de Irlanda. Fuiste una maestra generosa, que me enriqueciу muchнsimo la vida.

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