Decнa lo que siempre habнa sentido y callado, por pudor. Desde que la conociу, admiraba y querнa a la historiadora y escritora Alice Stopford Green, cuyos libros y estudios sobre el pasado histуrico y las leyendas y mitos irlandeses y el gaйlico, habнan contribuido mбs que nada a darle a Casement ese «orgullo celta» del que se jactaba con tanta enjundia que, a veces, desataba las burlas de sus propios amigos nacionalistas. Habнa conocido a Alice once o doce aсos atrбs, cuando le pidiу ayuda para la Congo Reform Association (Asociaciуn para la Reforma del Con go) que Roger habнa fundado con Edmund D. Morel. Comenzaba la batalla pъblica de esos flamantes amigos contra Leopoldo II y su maquiavйlica creaciуn, el Estado Independiente del Congo. El entusiasmo con que Alice Stopford Green se entregу a su campaсa denunciando los horrores del Congo, fue decisivo para que muchos escritores y polнticos amigos suyos se sumaran a ella. Alice se convirtiу en la tutora y guнa intelectual de Roger, quien, vez que estaba en Londres, acudнa semanalmente al salуn de la escritora. A estas veladas asistнan profesores, periodistas, poetas, pintores, mъsicos y polнticos que, por lo general, al igual que ella, eran crнticos del imperialismo y del colonialismo y partidarios del Home Rule o Rйgimen de Autonomнa para Irlanda, y hasta nacionalistas radicales que exigнan la independencia total para Eire. En los salones elegantes y repletos de libros de la casa de Grosvenor Road, donde Alice conservaba la biblioteca de su difunto marido, el historiador John Richard Green, Roger conociу a W. B. Yeats, sir Arthur Conan Doyle, Bernard Shaw, G. K. Chesterton, John Galsworthy, Robert Cunninghame Graham y muchos otros escritores de moda.

—Tengo una pregunta que estuve por hacerle ayer a Gee, pero no me atrevн —dijo Roger—. їFirmу Conrad la peticiуn? Ni mi abogado ni Gee han mencionado su nombre. Alice negу con la cabeza.

—Yo misma le escribн, pidiйndole su firma —aсadiу, disgustada—. Sus razones fueron confusas. Siempre ha sido escurridizo en asuntos polнticos. Tal vez, en su situaciуn de ciudadano britбnico asimilado, no se sienta muy seguro. De otra parte, como polaco, odia a Alemania tanto como a Rusia, que desaparecieron a su paнs por muchos siglos. En fin, no sй. Todos tus amigos lo lamentamos mucho. Se puede ser un gran escritor y un timorato en asuntos polнticos. Tъ lo sabes mejor que nadie, Roger.

Casement asintiу. Se arrepintiу de haber hecho la pregunta. Hubiera sido mejor no saberlo. La ausencia de esa firma lo atormentarнa ahora tanto como fue enterarse por el abogado Gavan Duffy que tampoco habнa querido firmar el pedido de conmutaciуn de la pena Edmund D. Morel. ЎSu amigo, su hermano Bulldog! Su compaсero de lucha a favor de los nativos del Congo tambiйn se negу, alegando razones de lealtad patriуtica en tiempos de guerra.

—Que Conrad no haya firmado no cambiarб mu cho las cosas —dijo la historiadora—. Su influencia polнtica con el Gobierno de Asquith es nula.

—No, claro que no —asintiу Roger.

Tal vez no tenнa importancia para el йxito o fracaso de la peticiуn, pero, para йl, en su fuero нntimo, la tenнa. Le hubiera hecho bien recordar, en esos arrebatos de desesperanza que lo asaltaban en su celda, que una persona de su prestigio, a la que tanta gente —incluido йl— tenнa admiraciуn, lo apoyaba en este trance y le hacнa llegar, con esa firma, un mensaje de comprensiуn y amistad.

—їLo conociste hace mucho tiempo, no es verdad? —preguntу Alice, como adivinando sus pensamientos.

—Hace veintisйis aсos, exactamente. En junio de 1890, en el Congo —precisу Roger—. No era escritor todavнa. Aunque, si no recuerdo mal, me dijo que habнa empezado a escribir una novela. La locura de Almayer, sin duda, la primera que publicу. Me la enviу, dedicada. Con servo el ejemplar en alguna parte. No habнa publicado nada aъn. Era un marino. Apenas se entendнa su inglйs, por su acento polaco tan fuerte.

—Todavнa no se le entiende —sonriу Alice—. Todavнa habla inglйs con ese acento atroz. Como «masticando guijarros», dice Bernard Shaw. Pero lo escribe de manera celestial, nos guste o no.

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