La memoria le devolviу a Roger el recuerdo de aquel dнa de junio de 1890 cuando, transpirando por el hъmedo calor del verano que empezaba y fastidiado por las picaduras de los mosquitos que se encarnizaban contra su piel de extranjero, llegу a Matadi ese joven capitбn de la marina mercante britбnica. Treintaсero de frente despejada, barbita negrнsima, cuerpo recio y ojos hundidos, se llamaba Konrad Korzeniowski y era polaco, nacionalizado inglйs hacнa pocos aсos. Contratado por la Sociedad Anуnima Belga para el Comercio con el Alto Congo, ve nнa a servir como capitбn de uno de los vaporcitos que llevaban y traнan mercancнas y comerciantes entre Leopold-ville-Kinshasa y las lejanas cataratas de Stanley Falls, en Kisangani. Era su primer destino como capitбn de barco y eso lo tenнa lleno de ilusiones y proyectos. Llegaba al Congo impregnado de todas las fantasнas y mitos con que Leopoldo II habнa acuсado su figura de gran humanitario y monarca empeсado en civilizar el Бfrica y librar a los congoleses de la esclavitud, el paganismo y otras barbaries. Pese a su larga experiencia viajera por los mares del Asia y de Amйrica, su don de lenguas y sus lecturas, habнa en el polaco algo inocente e infantil que sedujo a Roger Casement de inmediato. La simpatнa fue recнproca, pues, desde ese mismo dнa en que se conocieron hasta tres semanas despuйs, en que Korzeniowski partiу en compaснa de treinta cargadores por la ruta de las caravanas hacia LeopoldvilleKinshasa, donde debнa tomar el mando de su barco Le Roides Belges, se vieron maсana, tarde y noche.
Hicieron paseos por los alrededores de Matadi, has ta la ya inexistente Vivi, la primera y fugaz capital de la colonia, de la que no quedaban ni los escombros, y hasta la desembocadura del rнo Mpozo, donde, segъn la leyenda, los primeros rбpidos y saltos de Livingstone Falls y el Caldero del Diablo habнan detenido al portuguйs Diego Cao, hacнa cuatro siglos. En la llanura de Lufundi, Roger Casement le enseсу al joven polaco el lugar donde el explorador Henry Morton Stanley construyу su primera vivienda, desaparecida aсos despuйs en un incendio. Pero, sobre todo, con versaron mucho y de muchas cosas, aunque, principalmente, de lo que ocurrнa en ese flamante Estado Independiente del Congo que Konrad acababa de pisar y donde Roger llevaba ya seis aсos. A los pocos dнas de amistad el marino polaco se habнa hecho una idea muy distinta de la que traнa sobre el lugar donde venнa a trabajar. Y, como dijo a Roger al despedirse, en el amanecer de ese sбbado 28 de junio de 1890, rumbo a los Montes de Cristal, «desvirgado». Asн se lo dijo, con su acento pedregoso y rotundo: «Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida». Y repitiу, con dramatismo: «Desvirgado».
Se volvieron a ver varias veces, en los viajes de Roger a Londres, y se escribieron algunas cartas. Trece aсos despuйs de aquel primer encuentro, en junio de 1903, Casement, que se encontraba en Inglaterra, recibiу una invitaciуn de Joseph Conrad (ahora se llamaba asн y ya era un escritor de prestigio) a pasar un fin de semana en Pent Farm, su casita de campo en Hythe, Kent. El novelista llevaba allн con su mujer y su hijo una vida frugal y solitaria. Roger guardaba un cбlido recuerdo de ese par de dнas junto al escritor. Ahora, tenнa hebras plateadas en los ca bellos y las espesas barbas, habнa engordado y adquirido cierta arrogancia intelectual en su manera de expresarse. Pero con йl se mostrу extraordinariamente efusivo. Cuan do Roger lo felicitу por su novela congolesa,
—Usted debiу figurar como coautor de ese libro, Casement —afirmу, palmeбndolo en los hombros—. Nunca lo hubiera escrito sin su ayuda. Usted me quitу las lйgaсas de los ojos. Sobre el Бfrica, sobre el Estado Independiente del Congo. Y sobre la fiera humana.
En una sobremesa a solas —la discreta seсora Conrad, una mujer de origen muy humilde, y el niсo se habнan retirado a descansar— el escritor, luego de la segunda copita de oporto, dijo a Roger que por lo que venнa haciendo a favor de los indнgenas congoleses, merecнa ser llamado «el Bartolomй de las Casas britбnico». Roger enrojeciу has ta las orejas con semejante elogio. їCуmo era posible que alguien que tenнa tan buen concepto de йl, que los habнa ayudado tanto a йl y a Edmund D. Morel en su campaсa contra Leopoldo II, se hubiera negado a firmar un memorial que sуlo pedнa que le conmutaran la pena de muerte? їEn quй podнa comprometerlo con el Gobierno?