Recordaba otros encuentros esporбdicos con Conrad, en sus visitas a Londres. Una vez, en su club, el Wellington Club de Grosvenor Place, donde estaba reunido con colegas del Foreign Office, se encontraron. El escritor insistiу para que Roger se quedara a tomar un cognac con йl cuando se despidiera de sus acompaсantes. Evocaron el desastroso estado de бnimo con que, seis meses despuйs de su paso por Matadi, el marino volviу a aparecer por allн. Roger Casement seguнa trabajando en el lugar, encargado de los depуsitos y el transporte. Konrad Korzeniowski no era ni sombra del joven entusiasta, pleno de ilusiones, que Roger conociу medio aсo atrбs. Le habнan caнdo aсos encima, tenнa los nervios alterados y problemas de estуmago, por culpa de los parбsitos. Las continuas diarreas le habнan hecho perder muchos kilos. Amargado y pesimista, sуlo soсaba con volver cuanto antes a Londres, a ponerse en manos de facultativos de verdad.
—Ya veo que la selva no ha sido clemente con usted, Konrad. No se alarme. La malaria es asн, tarda en irse aunque hayan desaparecido las fiebres.
Conversaban en una sobremesa, en la terraza de la casita que era hogar y oficina de Roger. No habнa luna ni estrellas en la noche de Matadi, pero no llovнa y el runrъn de los insectos los arrullaba mientras fumaban y daban sorbitos a la copa que tenнan en las manos.
—Lo peor no ha sido la selva, el clima este tan malsano, las fiebres que me tuvieron en una semiinconsciencia cerca de dos semanas —se quejу el polaco—. Ni siquiera la espantosa disenterнa que me tuvo cagando sangre cinco dнas seguidos. Lo peor, lo peor, Casement, fue ser testigo de las cosas horribles que ocurren a diario en ese maldito paнs. Que cometen los demonios negros y los demonios blancos, a donde uno vuelva los ojos.
Konrad habнa hecho un viaje de ida y vuelta en el vaporcito de la compaснa que debнa comandar,
—Es la corrupciуn moral, la corrupciуn del alma que lo invade todo en este paнs —repitiу con voz hueca, tenebrosa, como sobrecogido por una visiуn apocalнptica.
—Yo tratй de prepararlo, cuando nos conocimos —le recordу Casement—. Siento no haber sido mбs explнcito sobre lo que usted se iba a encontrar allб en el Alto Congo.
їQuй lo habнa afectado tanto? їDescubrir que prбcticas muy primitivas como la antropofagia tenнan aъn vigencia en algunas comunidades? їQuй en las tribus y en los puestos comerciales todavнa circulaban esclavos que cambiaban de amo por unos cuantos francos? їQuй los su puestos libertadores sometнan a los congoleses a formas todavнa mбs crueles de opresiуn y servidumbre? їLo habнa abrumado el espectбculo de las espaldas de los nativos rajadas por los chicotazos? їQuй, por primera vez en su vida, vio a un blanco azotar a un negro hasta dejarle el cuerpo con vertido en un crucigrama de heridas? No le pidiу precisiones, pero, sin duda, el capitбn de
—їHas leнdo
—Supongo que no lo es —repuso la historiadora—. Lo discutimos mucho un martes, cuando apareciу. Esa novela es una parбbola segъn la cual Бfrica vuelve bбrbaros a los civilizados europeos que van allб. Tu