Las explicaciones de los agentes del Gobierno, de los empleados de las compaснas recolectoras de caucho y de los oficiales de la Forcй Publique eran siempre las mis mas: los negros morнan como moscas a causa de la enfermedad del sueсo, de la viruela, del tifus, de los resfrнos, de las pulmonнas, de las fiebres palъdicas y otras plagas que, debido a la mala alimentaciуn, diezmaban a esos organismos impreparados para resistir las enfermedades. Era verdad, las epidemias hacнan estragos. La enfermedad del sueсo, sobre todo, resultante, como se habнa descubierto hacнa pocos aсos, de la mosca tse-tse, atacaba la sangre y el cerebro, producнa en sus vнctimas una parбlisis de los miembros y una letargia de las que nunca saldrнan. Pero, a estas alturas de su viaje, Roger Casement seguнa preguntando la razуn del despoblamiento del Congo, no en bus ca de respuestas, sino para confirmar que las mentiras que escuchaba eran consignas que todos repetнan. El sabнa muy bien la respuesta. La plaga que habнa volatilizado a buena parte de los congoleses del Medio y Alto Congo eran la codicia, la crueldad, el caucho, la inhumanidad de un sis tema, la implacable explotaciуn de los Africanos por los colonos europeos.
En Leopoldville decidiу que, para preservar su in dependencia y no verse coaccionado por las autoridades, no utilizarнa ningъn medio de transporte oficial. Con autorizaciуn del Foreign Office, alquilу a la American Baptist Missionary Union el
Leopoldville habнa crecido mucho desde la ъltima vez que Roger estuvo aquн, hacнa seis o siete aсos. Se habнa llenado de casas, depуsitos, misiones, oficinas, juzgados, aduanas, inspectores, jueces, contadores, oficiales y soldados, de tiendas y mercados. Habнa curas y pastores por doquier. Algo en la ciudad naciente le desagradу desde el primer momento. No lo recibieron mal. Desde el gobernador hasta el comisario, pasando por los jueces e inspectores a quienes fue a saludar, hasta los pastores protestantes y los misioneros catуlicos a los que visitу, lo atendieron con cordialidad. Todos se prestaron a darle las informaciones que pedнa, aunque йstas fueran, como lo confirmarнa en las semanas siguientes, evasivas o descaradamente falsas. Sentнa que algo hostil y opresivo impregnaba el aire y el perfil que iba adquiriendo la ciudad. En cambio, Brazza ville, la vecina capital del Congo francйs, que se erguнa allн al frente, en la otra orilla del rнo, adonde cruzу un par de veces, le causу una impresiуn menos opresora, hasta agradable. Tal vez por sus calles abiertas y bien trazadas y el buen humor de sus gentes. En ella no advirtiу esa atmуsfera secretamente ominosa de Leopoldville. En las casi cuatro semanas que pasу allб, negociando el alquiler del
Su amigo Herbert Ward le dirнa despuйs que todo ello era puro prejuicio, que las cosas que vio y oyу en las semanas posteriores retroactivamente le enturbiaron el re cuerdo de Leopoldville. Por lo demбs, su memoria no sуlo conservarнa malas imбgenes de su estancia en la ciudad fundada por Henry Morton Stanley en 1881. Una maсa na, luego de una larga caminata aprovechando la frescura del dнa, Roger llegу hasta el embarcadero. Allн, de pronto, su atenciуn se concentrу en dos muchachos morenos y semidesnudos que descargaban unas lanchas, cantando. Parecнan muy jуvenes. Llevaban un ligero taparrabos que no llegaba a ocultar la forma de sus nalgas. Ambos eran delgados, elбsticos y, con los movimientos rнtmicos que hacнan descargando los bultos, daban una impresiуn de salud, armonнa y belleza. Estuvo contemplбndolos larga mente. Lamentу no tener consigo su cбmara. Le hubiera gustado retratarlos, para recordar despuйs que no todo era feo y sуrdido en la emergente ciudad de Leopoldville.