Era un hombre fortachуn y mбs bien bajo, de cara cuadrada y pelos cortados al rape, con unos dientes manchados de nicotina y una sonrisita congelada en su cara. Tenнa unos ojos pequeсitos y algo rasgados y una voz aguda, casi femenina. Los pastores habнan preparado una mesa con pastelitos de mandioca y jugos de mango. Ellos no bebнan alcohol pero no pusieron objeciуn a que Casement trajera del Henry Reed una botella de brandy y otra de clarete. El capitбn dio la mano a todos, ceremonioso, y saludу a Roger haciйndole una venia barroca y llamбndolo «Son Excellence, Monsieur le Cуnsul». Brindaron, bebieron y encendieron cigarrillos.

—Si usted me permite, capitбn Massard, me gustarнa hacerle una pregunta —dijo Roger.

—Quй buen francйs, seсor cуnsul. їDуnde lo aprendiу?

—Comencй a estudiarlo de joven en Inglaterra. Pero, sobre todo, aquн, en el Congo, donde llevo muchos aсos. Debo hablarlo con acento belga, me imagino.

—Hбgame todas las preguntas que quiera —dijo Massard, bebiendo otro traguito—. Su brandy es excelente, dicho sea de paso.

Los cuatro pastores bautistas estaban allн, quietos y silenciosos, como petrificados. Eran norteamericanos, dos jуvenes y dos ancianos. La doctora Hailes se habнa marchado al hospital. Comenzaba a anochecer y se escuchaba ya el runrъn de los insectos nocturnos. Para espantar a los mosquitos, habнan encendido una fogata que crujнa suavecito y a ratos humeaba.

—Se lo voy a decir con toda franqueza, capitбn Massard —dijo Casement, sin alzar la voz, muy lentamente—. Esas manos trituradas y esos penes cortados que he visto en el Hospital de Bolobo me parecen un salvajismo inaceptable.

—Lo son, claro que lo son —admitiу de inmediato el oficial, con un gesto de disgusto—. Y algo peor que eso, seсor cуnsul: un desperdicio. Esos hombres mutilados ya no podrбn trabajar, o lo harбn mal y su rendimiento serб mнnimo. Con la falta de brazos que padecemos aquн, es un verdadero crimen. Pуngame delante a los soldados que cortaron esas manos y esos penes y les rajarй la espalda hasta dejarlos sin sangre en las venas.

Suspirу, abrumado por los niveles de imbecilidad que padecнa el mundo. Volviу a tomar otro sorbo de brandy y a dar una buena calada a su cigarrillo.

—їPermiten las leyes o los reglamentos mutilar a los indнgenas? —preguntу Roger Casement.

El capitбn Massard soltу una risotada y su cara cuadrada, con la risa, se redondeу y aparecieron en ella unos hoyuelos cуmicos.

—Lo prohнben de manera categуrica —afirmу, manoteando contra algo en el aire—. Hбgales entender lo que son leyes y reglamentos a esos animales en dos patas. їNo los conoce? Si lleva tantos aсos en el Congo, deberнa. Es mбs fбcil hacer entender las cosas a una hiena o a una garrapata que a un congolйs.

Se volviу a reнr pero, al instante, se enfureciу. Ahora su expresiуn era dura y sus ojillos rasgados casi habнan desaparecido bajo sus pбrpados hinchados.

—Le voy a explicar lo que pasa y, entonces, lo entenderб —aсadiу, suspirando, fatigado de antemano por tener que explicar cosas tan obvias como que la Tierra es redonda—. Todo nace de una preocupaciуn muy sen cilla —afirmу, manoteando otra vez con mбs furia contra ese enemigo alado—. La Forcй Publique no puede derrochar municiones. No podemos permitir que los soldados se gasten las balas que les repartimos matando monos, culebras y demбs animales de porquerнa que les gusta me terse en la panza a veces crudos. En la instrucciуn se les enseсa que las municiones sуlo pueden utilizarse en defensa propia, cuando los oficiales se lo ordenen. Pero a estos negros les cuesta acatar las уrdenes, por mбs chicotazos que reciban. La disposiciуn se dio por eso. їLo comprende, seсor cуnsul?

—No, no lo comprendo, capitбn —dijo Roger—. їQuй disposiciуn es йsa?

—Que cada vez que disparen le corten la mano o el pene al que han disparado —explicу el capitбn—. Para comprobar que no malgastan las balas cazando. Una manera sensata de evitar el desperdicio de municiones їno es cierto?

Volviу a suspirar y a tomar otro trago de brandy. Escupiу hacia el vacнo.

—Pues no, no fue asн —se quejу de inmediato el capitбn, enfurecido de nuevo—. Porque estas mierdas encontraron cуmo burlarse de la disposiciуn. їAdivina usted cуmo?

—No se me ocurre —dijo Roger.

—Sencillнsimo. Cortбndoles las manos y los penes a los vivos, para hacernos creer que han disparado contra personas, cuando lo han hecho contra monos, culebras y demбs porquerнas que se tragan. їComprende ahora por quй hay ahн en el hospital todos esos pobres diablos sin manos y sin pбjaros?

Hizo una larga pausa y se tragу el resto del brandy que quedaba en su vaso. Pareciу que se entristecнa y hasta hizo un puchero.

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