—Hacemos lo que podemos, seсor cуnsul —aсadiу el capitбn Massard, apesadumbrado—. No es nada fбcil, se lo aseguro. Porque, ademбs de brutos, los salvajes son unos falsarios de nacimiento. Mienten, engaсan, ca recen de sentimientos y principios. Ni siquiera el miedo les abre las entendederas. Le aseguro que los castigos en la Forcй Publique a los que cortan manos y pбjaros a los vivos para engaсar y seguir cazando con las municiones que les da el Estado, son muy duros. Visite usted nuestros puestos y compruйbelo, seсor cуnsul.

La conversaciуn con el capitбn Massard durу el tiempo que durу la fogata que chisporroteaba a sus pies, dos horas por lo menos. Cuando se despidieron, hacнa rato que los cuatro pastores bautistas se habнan retirado a dormir. El oficial y el cуnsul se habнan bebido el brandy y el clarete. Estaban algo achispados, pero Roger Casement conservaba la lucidez. Meses o aсos despuйs hubiera podido referir al detalle los exabruptos y confesiones que escuchу, y la manera como la cara cuadrada del capitбn Pierre Massard se fue congestionando con el alcohol. En las semanas siguientes tendrнa muchas otras conversaciones con oficiales de la Forcй Publique, belgas, italianos, franceses y alemanes, y oirнa de sus bocas cosas terribles, pero en su memoria destacarнa siempre como la mбs llamativa, un sнmbolo de la realidad congolesa, aquella charla, en la noche de Bolobo, con el capitбn Massard. A partir de cierto momento el oficial se puso sentimental. Confesу a Roger que echaba mucho de menos a su mujer. No la veнa hacнa dos aсos y recibнa de ella pocas cartas. Tal vez habнa dejado de quererlo. Tal vez se habнa echado encima un amante. No era de extraсar. Les ocurrнa a muchos oficia les y funcionarios que, por servir a Bйlgica y a Su Majestad el rey, venнan a enterrarse en este infierno, a contraer enfermedades, a ser mordidos por vнboras, a vivir sin las comodidades mбs elementales. їY para quй? Para ganar unos sueldos mezquinos, que apenas permitнan ahorrar. їAlguien les agradecerнa luego esos sacrificios allб en Bйlgica? Por el contrario, en la metrуpoli habнa un prejuicio tenaz contra los «coloniales». Los oficiales y funcionarios que regresaban de la colonia eran discriminados, tenidos a distancia, como si, de tanto codearse con salvajes, se hubieran vuelto salvajes tambiйn.

Cuando el capitбn Pierre Massard derivу sobre el tema sexual, Roger sintiу un disgusto anticipado y quiso despedirse. Pero el oficial estaba ya borracho y para no ofenderlo ni tener un altercado con йl debiу quedarse. Mientras, aguantando las nбuseas, lo escuchaba, se decнa que no estaba en Bolobo para hacer de justiciero, sino para investigar y acumular informaciуn. Mientras mбs exacto y completo fuera su informe, mбs efectiva serнa su contribuciуn a luchar contra esta maldad institucionalizada que se habнa vuelto el Congo. El capitбn Massard compadecнa a esos jуvenes tenientes o clases del Ejйrcito belga que venнan llenos de ilusiones a enseсar a estos infelices a ser soldados. їY su vida sexual, quй? Tenнan que dejar allб en Europa a sus novias, esposas y amantes. їY aquн, quй? Ni siquiera prostitutas dignas de ese nombre habнa en estas soledades dejadas de la mano de Dios. Sуlo unas negras asquerosas llenas de bichos a las que habнa que estar muy borracho para tirбrselas, corriendo el riesgo de pescar ladillas, una purgaciуn o un chancro. A йl, por ejemplo, le costaba trabajo. Tenнa fiascos, Ўnom de Dieu! No le habнa ocurrido nunca antes, en Europa. ЎFiascos en la cama, йl, Fierre Massard! Ni siquiera era recomendable la corneta porque, con esos dientes que tantas negras tenнan la costumbre de afilarse, de pronto le daban a uno un mordisco y lo capaban.

Se cogiу la bragueta y se echу a reнr haciendo una mueca obscena. Aprovechando que Massard seguнa festejбndose, Roger se puso de pie.

—Tengo que irme, capitбn. Debo partir maсana muy temprano y quisiera descansar un poco.

El capitбn le estrechу la mano de manera mecбnica, pero siguiу hablando, sin levantarse de su asiento, con la voz floja y los ojos vidriosos. Cuando Roger se alejaba, lo escuchу a sus espaldas, murmurando que elegir la carrera militar habнa sido el gran error de su vida, un error que seguirнa pagando el resto de su existencia.

Zarpу a la maсana siguiente en el Henry Reed rumbo a Lukolela. Estuvo allн tres dнas, hablando dнa y noche con toda clase de gente: funcionarios, colonos, capataces, nativos. Luego avanzу hasta Ikoko, donde penetrу en el lago Mantumba. En sus alrededores se encontraba esa enorme extensiуn de tierra llamada «Dominio de la Corona».

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