Cuando, el 2 de julio de 1903, el
A partir del segundo dнa de viaje empezaron a cru zar vaporcitos y lanchones cargados de canastas llenas de caucho que bajaban el rнo Congo hacia Leopoldville. Este espectбculo los acompaсarнa todo el resto del recorrido, asн como, de tanto en tanto, divisar sobresaliendo del ramaje de las orillas los postes del telйgrafo en construcciуn y techumbres de aldeas de las que, al verlos acercarse, los habitantes huнan, internбndose en el bosque. En adelante, cuando Roger querнa interrogar a los nativos de algъn pueblo, optу por enviar primero a un intйrprete que explicase a los vecinos que el cуnsul britбnico venнa solo, sin ningъn oficial belga, para averiguar los problemas y necesidades que afrontaban.
Al tercer dнa de viaje, en Bolobo, donde habнa tambiйn una misiуn de la Sociedad Bautista Misionera, tuvo el primer anticipo de lo que le esperaba. En el grupo de misioneros bautistas, quien mбs lo impresionу, por su energнa, su inteligencia y su simpatнa, fue la doctora Lily de Hailes. Alta, incansable, ascйtica, locuaz, llevaba catorce aсos en el Congo, hablaba varios idiomas indнgenas y dirigнa el hospital para nativos con tanta dedicaciуn como eficacia. El local estaba atestado. Mientras recorrнan las hamacas, camastros y esteras donde yacнan los pacientes, Roger le preguntу con toda intenciуn por quй habнa tan tas vнctimas de heridas en las nalgas, piernas y espaldas. Miss Hailes lo mirу con indulgencia.
—Son vнctimas de una plaga que se llama chicote, seсor cуnsul. Una fiera mбs sanguinaria que el leуn y la cobra. їNo hay chicotes en Boma y en Matadi?
—No se aplican con tanta liberalidad como aquн.
La doctora Hailes debнa haber tenido de joven una gran cabellera rojiza, pero, con los aсos, se habнa llenado de canas y sуlo le quedaban algunos mechones encendidos que escapaban del paсuelo con que se cubrнa la cabeza. El sol habнa requemado su cara huesuda, su cuello y sus brazos, pero sus ojos verdosos seguнan jуvenes y vivos, con una fe indomable titilando en ellos.
—Y, si quiere usted saber por quй hay tantos congoleses con vendas en las manos y en sus partes sexuales, tambiйn se lo puedo explicar —aсadiу Lily de Hailes, desafiante—. Porque los soldados de la Forcй Publique les cortaron las manos y los penes o se los aplastaron a machetazos. No se olvide de ponerlo en su informe. Son cosas que no se suelen decir en Europa, cuando se habla del Congo.
Aquella tarde, despuйs de pasar varias horas ha blando a travйs de intйrpretes con los heridos y enfermos del Hospital de Bolobo, Roger no pudo cenar. Se sintiу en falta con los pastores de la misiуn, entre ellos la doctora Hailes, que habнan asado un pollo en su honor. Se excusу, diciendo que no se sentнa bien. Estaba seguro de que, si probaba un solo bocado, vomitarнa sobre sus anfitriones.
—Si lo que ha visto lo ha descompuesto, tal vez no es prudente que se entreviste con el capitбn Massard —le aconsejу el jefe de la misiуn—. Escucharlo es una experiencia, bueno, cуmo dirй, para estуmagos fuertes.
—A eso he venido al Medio Congo, seсores.
El capitбn Pierre Massard, de la Forcй Publique, no estaba destacado en Bolobo sino en Mbongo, donde habнa una guarniciуn y un campo de entrenamiento para los Africanos que serнan soldados en ese cuerpo encargado del orden y la seguridad. Se hallaba en viaje de inspecciуn y habнa armado una pequeсa tienda de campaсa vecina a la misiуn. Los pastores lo invitaron a departir con el cуnsul, advirtiйndole a йste que el oficial era famoso por su carбcter irascible. Los nativos lo apodaban «Malu Malu» y entre las siniestras hazaсas que se le atribuнan figuraba haber matado a tres Africanos dнscolos, a los que puso en hilera, de un solo balazo. No era prudente provocarlo pues de йl podнa esperarse cualquier cosa.