En torno a ella operaban las principales compaснas priva das caucheras, la Lulonga Company, la ABIR Company y la Sociйtй Anversoise du Commerce au Congo, que tenнan vastas concesiones en toda la regiуn. Visitу decenas de aldeas, algunas a orillas del inmenso lago y otras en el interior. Para llegar a estas ъltimas era preciso desplazarse en pequeсas canoas a remo o pйrtiga y caminar horas en plena maleza oscura y hъmeda, que iban abriendo a machetazos los indнgenas y que, muchas veces, lo obligaban a chapotear con el agua hasta la cintura por terrenos inundados y fangales pestilentes entre nubes de mosquitos y siluetas silentes de murciйlagos. Todas esas semanas resistiу la fatiga, las dificultades naturales y las inclemencias del tiempo sin amilanarse, en un estado de fiebre espiritual, como hechizado, porque cada dнa, cada hora, le parecнa estar sumiйndose en capas mбs profundas de sufrimiento y de maldad. їSerнa asн el infierno que Dante describiу en su Divina Comedia? No habнa leнdo ese libro y en esos dнas se jurу leerlo apenas pudiera echar mano a un ejemplar.

Los indнgenas, que, al principio de su viaje, echaban a correr apenas veнan aproximarse el Henry Reed, creyendo que el vaporcito traнa soldados, pronto empezaron mбs bien a salir a su encuentro y a enviarle emisarios para que visitara sus aldeas. Habнa corrido la voz entre los nativos que el cуnsul britбnico recorrнa la regiуn escuchando sus quejas y pedidos, y, entonces, iban a йl con testimonios e historias cada cual peor que la otra. Creнan que йl tenнa poderes para enderezar todo lo que andaba torcido en el Congo. Se lo explicaba en vano. No tenнa poder alguno. El informarнa sobre esas injusticias y crнmenes y Gran Bretaсa y sus aliados exigirнan al Gobierno belga que pusiera fin a los abusos y castigara a los torturadores y criminales. Era todo lo que podнa hacer. їLe entendнan? Ni siquiera era seguro que lo escucharan. Estaban tan urgidos de hablar, de contar las cosas que les sobrevenнan que no le prestaban atenciуn. Hablaban a borbotones, con desesperaciуn y rabia, atorбndose. Los intйrpretes tenнan que atajarlos, rogбndoles que hablaran mбs despacio para poder hacer bien su trabajo.

Roger escuchaba, tomando notas. Luego, noches enteras escribнa en sus fichas y cuadernos lo que habнa oнdo, para que nada de aquello se perdiera. Apenas probaba bocado. Lo angustiaba tanto el temor de que todos aquellos papeles que borroneaba pudieran extraviarse que no sabнa ya dуnde ocultarlos, quй precauciones tomar. Optу por llevarlos consigo, sobre los hombros de un cargador que tenнa orden de no apartarse nunca de su lado.

Apenas dormнa y, cuando la fatiga lo rendнa, lo atacaban las pesadillas, haciйndolo pasar del miedo al pasmo, de visiones satбnicas a un estado de desolaciуn y tristeza en que todo perdнa sentido y razуn de ser: su familia, sus amigos, sus ideas, su paнs, sus sentimientos, su trabajo. En esos momentos aсoraba mбs que nunca a su amigo Herbert Ward y su entusiasmo contagioso por todas las manifestaciones de la vida, esa alegrнa optimista que nada ni nadie podнa abatir.

Despuйs, cuando aquel viaje hubo terminado y йl escribiу su informe y partiу del Congo y sus veinte aсos pasados en el Бfrica fueron sуlo memoria, Roger Casement se dijo muchas veces que si habнa una sola palabra que fuera la raнz de todas las cosas horribles que ocurrнan aquн, esa palabra era codicia. Codicia de ese oro negro que, para desgracia de su gente, albergaban en abundancia los bosques congoleses. Esa riqueza era la maldiciуn que habнa caнdo sobre esos desdichados y, de seguir asн las cosas, los desaparecerнa de la faz de la Tierra. A esa conclusiуn llegу en esos tres meses y diez dнas: si el caucho no se agotaba antes, serнan los congoleses los que se agotarнan con ese sistema que los estaba aniquilando por cien tos y millares.

En aquellas semanas, a partir de su ingreso en las aguas del lago Mantumba, los recuerdos se le mezclarнan como naipes barajados. Si no hubiera llevado en sus cuadernos un registro tan minucioso de fechas, lugares, testimonios y observaciones, en su memoria todo aquello andarнa revuelto y trastocado. Cerraba los ojos y, en un torbellino vertiginoso, aparecнan y reaparecнan esos cuerpos de йbano con cicatrices rojizas como viboritas rajбndoles las espaldas, las nalgas y las piernas, los muсones de niсos y viejos en sus brazos cercenados, las caras macilentas, cadavйricas, de las que parecнan haber sido extraнdas la vida, la grasa, los mъsculos, quedando en ellas sуlo la piel, la calavera y esa expresiуn o mueca fija que expresaba, mбs que el dolor, la infinita estupefacciуn por aquello que padecнan. Y era siempre lo mismo, hechos que se repetнan una y otra vez en todas las aldeas y villorrios donde Roger Casement ponнa los pies con sus libretas, lбpices y su cбmara fotogrбfica.

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