Todo era simple y claro en el punto de partida. A cada aldea se le habнan fijado unas obligaciones precisas: entregar unas cuotas semanales o quincenales de alimentos —mandioca, aves de corral, carne de antнlope, cerdos salvajes, cabras o patos— para alimentar a la guarniciуn de la Forcй Publique y a los peones que abrнan caminos, plantaban los postes de telйgrafo y construнan embarcaderos y depуsitos. Ademбs, la aldea debнa entregar determinada cantidad de caucho recolectado en canastas tejidas con lianas vegetales por los mismos indнgenas. Los castigos por incumplir estas obligaciones variaban. Por entregar menos de las cantidades establecidas de alimentos o de caucho, la pena eran los chicotazos, nunca menos de veinte y a veces hasta cincuenta o cien. Muchos de los castigados se desangraban y morнan. Los indнgenas que huнan —muy pocos— sacrificaban a su familia porque, en ese caso, sus mujeres quedaban como rehenes en las maisons d'otages que la Forcй Publique tenнa en todas sus guarniciones. Allн, las mujeres de prуfugos eran azotadas, condenadas al suplicio del hambre y de la sed, y a veces sometidas a torturas tan retorcidas como hacerles tragar su propio excremento o el de sus guardianes.
Ni siquiera las disposiciones dictadas por el poder colonial —compaснas privadas y propiedades del rey por igual— se respetaban. En todos los lugares el sistema era violado y empeorado por los soldados y oficiales encarga dos de hacerlo funcionar, porque en cada aldea los mili tares y agentes del Gobierno aumentaban las cuotas, a fin de quedarse ellos con parte de los alimentos y unas canas tas de caucho, con los que hacнan pequeсos negocios revendiйndolos.
En todas las aldeas que Roger visitу, las quejas de los caciques eran idйnticas: si todos los hombres se dedicaban a recoger caucho їcуmo podнan salir a cazar y cultivar mandioca y otros alimentos para dar de comer a las autoridades, jefes, guardianes y peones? Ademбs, los бrboles de caucho se iban agotando, lo que obligaba a los recolectores a internarse cada vez mбs lejos, en regiones desconocidas e inhуspitas donde muchos habнan sido atacados por leopardos, leones y vнboras. No era posible cumplir con todas esas exigencias, por mбs esfuerzos que hicieran.
El 1 de septiembre de 1903 Roger Casement cumpliу treinta y nueve aсos. Navegaban en el rнo Lopori. La vнspera habнan dejado atrбs el poblado de Isi Isulo, en las colinas que trepaban la montaсa de Bongandanga. El cumpleaсos quedarнa grabado de manera imborrable en su memoria, como si Dios o acaso el diablo hubiera querido que ese dнa comprobara que, en materia de crueldad humana, no habнa lнmites, que siempre era posible ir mбs allб inventando maneras de infligir tormento al prуjimo.
El dнa amaneciу nublado y con amenaza de tormenta, pero la lluvia no llegу a estallar y toda la maсana la atmуsfera estuvo cargada de electricidad. Roger se disponнa a desayunar cuando llegу hasta el improvisado embarcadero donde estaba acoderado el
—Sй lo que hace usted por estas tierras, seсor cуnsul —dijo alcanzбndole a Roger Casement una mano esquelйtica. Hablaba un francйs atropellado por una exigencia imperiosa—. Le ruego que me acompaсe a la aldea de Walla. Estб sуlo a una hora u hora y media de aquн. Usted tiene que verlo con sus propios ojos.
Hablaba como si tuviera la fiebre y tembladera del paludismo.
—Estб bien,
Mientras desayunaba, el padre Hutot explicу al cуnsul que los trapenses de la misiуn de Coquilhatville tenнan permiso de la orden para romper el estricto rйgimen de clausura que en otras partes los regнa, a fin de prestar ayuda a los naturales, «que tanto lo necesitan, en esta tierra donde Belcebъ parece estar ganбndole la batalla al Seсor».
No sуlo la voz le temblaba al monje, tambiйn los ojos, las manos y el espнritu. Pestaсeaba sin tregua. Vestнa una tъnica rъstica, manchada y mojada, y sus pies llenos de barro y araсazos estaban embutidos en unas sandalias de tiras. El padre Hutot llevaba cerca de diez aсos en el Congo. Desde hacнa ocho recorrнa las aldeas de la regiуn de tanto en tanto. Habнa trepado hasta la cumbre del Bongandanga y visto de cerca un leopardo que, en vez de saltar sobre йl, se apartу del sendero moviendo la cola. Hablaba lenguas indнgenas y se habнa ganado la confianza de los nativos, en especial los de Walla, «esos mбrtires».