Se pusieron en marcha por una angosta trocha, entre altos ramajes, interrumpidos de tanto en tanto por delgados arroyos. Se oнa el canto de invisibles pбjaros y a veces una bandada de papagayos volaba chillando sobre sus cabezas. Roger advirtiу que el monje caminaba por el bosque con desenvoltura, sin tropezar, como si tuviera una larga experiencia en estas marchas a travйs de la maleza. El padre Hutot le fue explicando lo ocurrido en Walla. Como el pueblo, ya muy mermado, no pudo entregar completo el ъltimo cupo de alimentos, caucho y maderas, ni ceder el nъmero de brazos que las autoridades exigнan, vino un destacamento de treinta soldados de la Forcй Publique al mando del teniente Tanville, de la guarniciуn de Coquilhatville. Al verlos acercarse, el pueblo entero huyу al monte. Pero los intйrpretes fueron a buscarlos y a asegurarles que podнan volver. Nada les ocurrirнa, el teniente Tanville sуlo querнa explicarles las nuevas disposiciones y negociar con el pueblo. El cacique les ordenу regresar. Apenas lo hicieron, los soldados cayeron sobre ellos. Hombres y mujeres fueron atados a los бrboles y azotados. Una embarazada que pretendнa alejarse para ir a orinar fue matada de un balazo por un soldado que creyу que huнa. Otras diez mujeres fueron llevadas a la
Cuando, pocos dнas despuйs de esa ocurrencia, el padre Hutot llegу a Walla se encontrу con un espectбculo atroz. Para poder cumplir con las cuotas que adeudaban, las familias de la aldea habнan vendido a hijos e hijas, y dos de los hombres a sus mujeres, a mercaderes ambulantes que hacнan la trata de esclavos a ocultas de las autoridades. El trapense creнa que los niсos y las mujeres vendidas debнan ser al menos ocho, pero acaso eran mбs. Los indнgenas estaban aterrorizados. Habнan enviado a comprar caucho y alimentos para cumplir con la deuda, pero no era segu ro que el dinero de la venta alcanzara.
—їPuede usted creer que ocurran cosas asн en este mundo, seсor cуnsul?
—Sн,
«No vi llorar a nadie en Walla», pensarнa despuйs Roger Casement. Tampoco oyу a nadie quejarse. La aldea parecнa habitada por autуmatas, seres espectrales que ambulaban en el claro, entre la treintena de chozas de varillas de madera y techos cуnicos de hojas de palma, de un lado al otro, desbrujulados, sin saber adonde ir, olvidados de quiйnes eran, dуnde estaban, como si una maldiciуn hubiera caнdo sobre la aldea convirtiendo a sus pobladores en fantasmas. Pero fantasmas con espaldas y nalgas llenas de cicatrices frescas, algunas con rastros de sangre como si las heridas estuvieran aъn abiertas.
Con la ayuda del padre Hutot, que hablaba corrido el idioma de la tribu, Roger cumpliу con su trabajo. Interrogу a cada uno y a cada una de los pobladores, es cuchбndolos repetir lo que ya habнa oнdo y oirнa despuйs muchas veces. Aquн tambiйn, en Walla, se sorprendiу de que ninguno de esos pobres seres se quejara de lo principal: їcon quй derecho habнan venido esos forasteros a invadir los, explotarlos y maltratarlos? Sуlo tenнan en cuenta lo inmediato: las cuotas. Eran excesivas, no habнa fuerza humana que pudiera reunir tanto caucho, tantos alimentos y ceder tantos brazos. Ni siquiera se quejaban de los azotes y de los rehenes. Sуlo pedнan que les rebajaran un poco las cuotas para poder cumplir con ellas y de este modo tener contentas a las autoridades con la gente de Walla.
Roger pernoctу esa noche en la aldea. Al dнa siguiente, con sus libretas cargadas de anotaciones y testimonios, se despidiу del padre Hutot. Habнa decidido alterar la trayectoria programada. Volviу al lago Mantumba, abordу el