El teniente Tanville habнa salido en misiуn de trabajo. Pero lo recibiу el capitбn Marcel Junieux, jefe de la Guarniciуn y militar responsable de todas las estaciones y puestos de la Forcй Publique de la regiуn. Era un cuarentуn alto, delgado, musculoso, con la piel bruсida por el sol y los cabellos ya grises cortados al rape. Tenнa una medallita de la Virgen colgбndole del cuello y el tatuaje de un animalito en el antebrazo. Lo hizo pasar a un rъstico despacho en el que habнa, prendidos de las paredes, algunos banderines y una fotografнa de Leopoldo II en uniforme de parada. Le ofreciу una taza de cafй. Lo hizo sentar frente a su pequeсa mesa de trabajo llena de libretas, reglas, mapas y lбpices, en una sillita muy frбgil, que parecнa a punto de desplomarse con cada movimiento de Roger Casement. El capitбn habнa vivido en su infancia en Inglaterra, donde su padre tenнa negocios, y hablaba buen inglйs. Era un oficial de carrera que se ofreciу como voluntario a venir al Congo hacнa cinco aсos, «para hacer patria, seсor cуnsul». Se lo dijo con бcida ironнa.

Estaba a punto de ser ascendido y de regresar a la metrуpoli. Escuchу a Roger sin interrumpirlo ni una vez, muy serio y, en apariencia, profundamente concentrado en lo que oнa. Su expresiуn, grave e impenetrable, no se alteraba ante ningъn detalle. Roger fue preciso y minucioso. Dejу muy claro quй cosas le habнan contado y cuбles habнa visto con sus propios ojos: las espaldas y las nalgas rajadas, los testimonios de quienes habнan vendido a sus hijos para completar las cuotas que no habнan podido reunir. Explicу que el Gobierno de Su Majestad serнa informado sobre estos horrores, pero que, ademбs, йl creнa su deber dejar sentada, en nombre del Gobierno que representaba, su protesta por que la Forcй Publique fuera responsable de atropellos tan atroces como los de Walla. Era testigo presencial de que aquel poblado se habнa convertido en un pequeсo infierno. Cuando callу, la cara del capitбn Junieux seguнa inmutable. Esperу un buen rato, en silencio. Por fin, haciendo un pequeсo movimiento de cabeza, dijo, con suavidad:

—Como usted sin duda sabe, seсor cуnsul, nosotros, quiero decir la Forcй Publique, no dictamos las leyes. Nos limitamos a hacer que se cumplan.

Tenнa una mirada clara y directa, sin asomo de incomodidad ni irritaciуn.

—Conozco las leyes y reglamentos que regulan el Estado Independiente del Congo, capitбn. Nada en ellos autoriza a que se mutile a los nativos, se les azote hasta de sangrarlos, se tenga de rehenes a las mujeres para que sus maridos no huyan y se extorsione a las aldeas al extremo de que las madres tengan que vender a sus hijos para poder entregar las cuotas de comida y caucho que ustedes les exigen.

—їNosotros? —exagerу su sorpresa el capitбn Junieux. Negaba con la cabeza y al accionar el animalito del tatuaje se movнa—. Nosotros no exigimos nada a nadie. Recibimos уrdenes y las hacemos cumplir, eso es todo. La Forcй Publique no fija esas cuotas, seсor Casement. Las fijan las autoridades polнticas y los directores de las compaснas concesionarias. Nosotros somos los ejecutores de una polнtica en la que no hemos intervenido para nada. Nunca nadie nos pidiу nuestra opiniуn. Si lo hubieran hecho, tal vez las cosas andarнan mejor.

Se callу y pareciу distraerse, un momento. Por las grandes ventanas con rejillas metбlicas, Roger veнa un des campado cuadrangular y sin бrboles donde marchaba una formaciуn de soldados Africanos, que llevaban pantalones de dril e iban con los torsos desnudos y descalzos. Cambiaban de direcciуn a la voz de mando de un suboficial, йl sн con botines, camisa de uniforme y quepis.

—Harй una investigaciуn. Si el teniente Tanville ha cometido o amparado exacciones, serб castigado —dijo el capitбn—. Los soldados tambiйn, por supuesto, si se excedieron en el uso del chicote. Es todo lo que puedo prometerle. Lo demбs estб fuera de mi alcance, corresponde a la justicia. Cambiar este sistema no es tarea de mili tares, sino de jueces y polнticos. Del Supremo Gobierno. Eso tambiйn lo sabe usted, me imagino.

En su voz habнa asomado de pronto un tonito desalentado.

—Nada me gustarнa mбs que el sistema cambiara. A mн tambiйn me disgusta lo que ocurre aquн. Lo que estamos obligados a hacer ofende mis principios —se tocу la medallita del cuello—. Mi fe. Yo soy un hombre muy catуlico. Allб, en Europa, siempre tratй de ser consecuente con mis creencias. Aquн, en el Congo, eso no es posible, seсor cуnsul. Esa es la triste verdad. Por eso, estoy muy contento de volver a Bйlgica. No serй yo quien ponga otra vez los pies en Бfrica, le aseguro.

El capitбn Junieux se levantу de su mesa, se acercу a una de las ventanas. Dando al cуnsul la espalda, estuvo un buen rato callado, observando a aquellos reclutas que jamбs lograban acompasar la marcha, se tropezaban y tenнan torcidas las filas de la formaciуn.

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