—Si es asн, usted podrнa hacer algo para poner fin a estos crнmenes —murmurу Roger Casement—. No es para esto que los europeos hemos venido al Бfrica.

—їAh, no? —el capitбn Junieux se volviу a mirar lo y el cуnsul advirtiу que el oficial habнa palidecido algo—. їA quй hemos venido, pues? Ya lo sй: a traer la civilizaciуn, el cristianismo y el comercio libre. їUsted todavнa cree eso, seсor Casement?

—Ya no —repuso Roger Casement en el acto—. Lo creнa antes, sн. De todo corazуn. Lo creн muchos aсos, con toda la ingenuidad del muchacho idealista que fui. Que Europa venнa al Бfrica a salvar vidas y almas, a civilizar a los salvajes. Ahora sй que me equivoquй.

El capitбn Junieux cambiу de expresiуn y a Roger le pareciу que, de pronto, la cara del oficial habнa reemplazado esa mбscara hierбtica por otra mбs humana. Que lo miraba, incluso, con la piadosa simpatнa que merecen los idiotas.

—Trato de redimirme de ese pecado de juventud, capitбn. Para eso he venido hasta Coquilhatville. Por eso estoy documentando, con la mayor prolijidad, los abusos que se cometen aquн en nombre de la supuesta civilizaciуn.

—Le deseo йxito, seсor cуnsul —se burlу con una sonrisa el capitбn Junieux—. Pero, si me permite que le hable con franqueza, me temo que no lo tendrб. No hay fuerza humana que cambie este sistema. Es demasiado tarde para eso.

—Si no le importa, me gustarнa visitar la cбrcel y la maison d'otages, donde tienen a las mujeres que trajeron de Walla —dijo Roger, cambiando bruscamente de tema.

—Puede usted visitar todo lo que quiera —asintiу el oficial—. Estб en su casa. Eso sн, permнtame recordarle una vez mбs lo que le dije. No somos nosotros los que inventamos el Estado Independiente del Congo. Sуlo lo hacemos funcionar. Es decir, tambiйn somos sus vнctimas.

La cбrcel era un galpуn de madera y ladrillo, sin ventanas, con una sola entrada, custodiada por dos soldados nativos con escopetas. Habнa una docena de hombres, algunos ancianos, semidesnudos, tumbados en el suelo, y dos de ellos amarrados a unos anillos sujetos a la pared. No fueron las caras abatidas o inexpresivas de esos esqueletos silenciosos cuyos ojos lo siguieron de un lado al otro mientras recorrнa el recinto lo que mбs le chocу, sino el olor a orines y excrementos.

—Hemos tratado de inculcarles que hagan sus necesidades en esos baldes —le adivinу el pensamiento el capitбn, seсalando un recipiente—. Pero no estбn acostumbrados. Prefieren el suelo. Allб ellos. No les importa el olor. Tal vez ni lo sienten.

La maison d'otages era un recinto mбs pequeсo, pero el espectбculo resultaba mбs dramбtico porque estaba atestado, al extremo de que Roger apenas pudo circular entre esos cuerpos apiсados y semidesnudos. El espacio era tan estrecho que muchas mujeres no podнan sentarse ni echarse, debнan permanecer de pie.

—Esto es excepcional —explicу el capitбn Junieux, seсalando—. Nunca hay tantas. Esta noche, para que puedan dormir, trasladaremos a la mitad de ellas a una de las cuadras de soldados.

Aquн tambiйn el olor a orines y a excrementos era irresistible. Algunas mujeres eran muy jуvenes, casi niсas. Todas tenнan la misma mirada perdida, sonбmbula, mбs allб de la vida, que Roger verнa en tantas congolesas a lo largo de este viaje. Una de las rehenes tenнa un reciйn nacido en brazos, tan quieto que parecнa muerto.

—їQuй criterio sigue usted para ir las soltando? —preguntу el cуnsul.

—No lo decido yo sino un magistrado, seсor. Hay tres, en Coquilhatville. El criterio es uno solo: cuando los maridos entregan las cuotas que deben, pueden llevarse a sus mujeres.

—їY si no lo hacen?

El capitбn se encogiу de hombros.

—Algunas consiguen escaparse —dijo, sin mirar lo, bajando la voz—. A otras, se las llevan los soldados y las hacen sus mujeres. Esas son las que tienen mбs suerte. Algunas se vuelven locas y se matan. Otras se mueren de la pena, el cуlera y el hambre. Como usted ha visto, casi no tienen quй comer. Tampoco es nuestra falta. No recibo alimentos suficientes ni para alimentar a los soldados. Y, menos, a los presos. A veces, hacemos pequeсas colectas entre los oficiales para mejorar el rancho. Las cosas son asн. Soy el primero en lamentar que no sean de otro modo. Si usted logra que esto mejore, la Forcй Publique se lo agradecerб.

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