Roger Casement fue a visitar a los tres magistrados belgas de Coquilhatville, pero sуlo uno de ellos lo recibiу. Los otros dos inventaron pretextos para evitarlo. Maоtre Duval, en cambio, un cincuentуn gordito y rozagante que, pese al calor tropical, llevaba chaleco, puсos postizos y levita con leontina lo hizo pasar a su desguarnecido des pacho y le ofreciу una taza de tй. Lo escuchу con educaciуn, sudando copiosamente. Se limpiaba la cara de tanto en tanto con un paсuelo ya empapado. A ratos reprobaba con movimientos de cabeza y expresiуn afligida lo que el cуnsul le exponнa. Cuando terminу, le pidiу que detallara todo aquello por escrito. De esta manera йl podrнa elevar al Tribunal del que formaba parte un requisitorio a fin de que se abriera una investigaciуn formal sobre esos lamentables episodios. Aunque tal vez, rectificу maоtre Du val con un dedo reflexivo en el mentуn, serнa preferible que el seсor cуnsul elevara aquel informe al Tribunal Superior, establecido ahora en Leopoldville. Por ser una instancia mбs alta e influyente, podнa actuar con mбs eficacia en toda la colonia. No sуlo para poner remedio a aquel esta do de cosas, sino, asimismo, resarcir con compensaciones econуmicas a las familias de las vнctimas y a ellas mismas. Roger Casement le dijo que asн lo harнa. Se despidiу, con vencido de que maоtre Duval no moverнa un dedo y el Tribunal Superior de Leopoldville tampoco. Pero, aun asн, elevarнa el escrito.

Al atardecer, cuando estaba por partir, un nativo vino a decirle que los monjes de la misiуn trapense querнan verlo. Allн se encontrу de nuevo con le pиre Hutot. Los monjes —eran media docena— querнan pedirle que sacara a escondidas en su vaporcito a un puсado de prуfugos a quienes ellos tenнan escondidos en la trapa, desde hacнa dнas. Procedнan todos del pueblo de Bonginda, rнo Congo arriba, donde, por no cumplir con las cuotas de caucho, la Forcй Publique habнa llevado a cabo una operaciуn de castigo tan dura como la de Walla.

La trapa de Coquilhatville era una gran casa de barro, piedras y madera de dos pisos que, por afuera, parecнa un fortнn. Sus ventanas estaban tapiadas. El abate, Dom Jesualdo, de origen portuguйs, era ya muy anciano, al igual que otros dos monjes, esmirriados y como perdidos en sus tъnicas blancas, con escapularios negros y toscos cinturones de cuero. Sуlo los mбs viejos eran monjes, los otros legos. Todos, al igual que el padre Hutot, lucнan esa flacura semi esquelйtica que era como el emblema de los trapenses del lugar. Por adentro, el local era luminoso, pues sуlo la capilla, el refectorio y el dormitorio de los monjes estaban techados. Habнa un jardнn, un huerto. Un corral con aves, un cementerio y una cocina con un gran fogуn.

—їQuй delito ha cometido esa gente que ustedes me piden sacar de aquн a ocultas de las autoridades?

—Ser pobres, seсor cуnsul —dijo Dom Jesualdo, compungido—. Usted lo sabe muy bien. Acaba de ver en Walla lo que significa ser pobre, humilde y congolйs.

Casement asintiу. Seguramente era un acto misericordioso prestar la ayuda que los trapenses le pedнan. Pero vacilaba. Como diplomбtico, sacar a escondidas a prуfugos de la justicia, por mбs que fueran perseguidos por razones indebidas, era riesgoso, podнa comprometer a Gran Bretaсa y desnaturalizar por completo la misiуn de informaciуn que estaba cumpliendo para el Foreign Office.

—їPuedo verlos y hablar con ellos?

Dom Jesualdo asintiу. El pere Hutot se retirу y volviу con el grupo casi de inmediato. Eran siete, todos hombres, entre ellos tres niсos. Todos tenнan la mano izquierda cortada o destrozada a culatazos. Y huellas de chicotazos en el pecho y la espalda. El jefe del grupo se llamaba Mansunda y llevaba un penacho de plumas y una sarta de collares con dientes de animales; su cara lucнa cicatrices antiguas de los ritos de iniciaciуn de su tribu. El padre Hutot sirviу de intйrprete. La aldea de Bonginda habнa incumplido por dos veces consecutivas las entregas de caucho —los бrboles de la zona estaban ya exhaustos de lбtex— a los emisarios de la Compaснa Lulonga, concesionaria de la regiуn. Entonces, los centinelas Africanos apostados por la Forcй Publique en la aldea comenzaron a azotar y a cortar manos y pies. Hubo una efervescencia de cуlera y el pueblo, rebelбndose, dio muerte a un guardia, en tanto que los otros lograban huir. A los pocos dнas, la aldea de Bonginda fue ocupada por una columna de la Forcй Publique que prendiу fuego a todas las casas, matу a buen nъmero de pobladores, hombres y mujeres, a algunos quemбndolos en el interior de sus cabaсas, y trayйndose al resto a la cбrcel de Coquilhatville y a la maison d'otages. El curaca Mansunda creнa que ellos eran los ъnicos que habнan conseguido escapar, gracias a los trapenses. Si la Forcй Publique los capturaba serнan vнctimas del escarmiento, igual que los demбs, porque en todo el Congo la rebeldнa de los nativos se castigaba siempre con el exterminio de toda la comunidad.

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