Roger Casement fue a visitar a los tres magistrados belgas de Coquilhatville, pero sуlo uno de ellos lo recibiу. Los otros dos inventaron pretextos para evitarlo.
Al atardecer, cuando estaba por partir, un nativo vino a decirle que los monjes de la misiуn trapense querнan verlo. Allн se encontrу de nuevo con
La trapa de Coquilhatville era una gran casa de barro, piedras y madera de dos pisos que, por afuera, parecнa un fortнn. Sus ventanas estaban tapiadas. El abate, Dom Jesualdo, de origen portuguйs, era ya muy anciano, al igual que otros dos monjes, esmirriados y como perdidos en sus tъnicas blancas, con escapularios negros y toscos cinturones de cuero. Sуlo los mбs viejos eran monjes, los otros legos. Todos, al igual que el padre Hutot, lucнan esa flacura semi esquelйtica que era como el emblema de los trapenses del lugar. Por adentro, el local era luminoso, pues sуlo la capilla, el refectorio y el dormitorio de los monjes estaban techados. Habнa un jardнn, un huerto. Un corral con aves, un cementerio y una cocina con un gran fogуn.
—їQuй delito ha cometido esa gente que ustedes me piden sacar de aquн a ocultas de las autoridades?
—Ser pobres, seсor cуnsul —dijo Dom Jesualdo, compungido—. Usted lo sabe muy bien. Acaba de ver en Walla lo que significa ser pobre, humilde y congolйs.
Casement asintiу. Seguramente era un acto misericordioso prestar la ayuda que los trapenses le pedнan. Pero vacilaba. Como diplomбtico, sacar a escondidas a prуfugos de la justicia, por mбs que fueran perseguidos por razones indebidas, era riesgoso, podнa comprometer a Gran Bretaсa y desnaturalizar por completo la misiуn de informaciуn que estaba cumpliendo para el Foreign Office.
—їPuedo verlos y hablar con ellos?
Dom Jesualdo asintiу. El pere Hutot se retirу y volviу con el grupo casi de inmediato. Eran siete, todos hombres, entre ellos tres niсos. Todos tenнan la mano izquierda cortada o destrozada a culatazos. Y huellas de chicotazos en el pecho y la espalda. El jefe del grupo se llamaba Mansunda y llevaba un penacho de plumas y una sarta de collares con dientes de animales; su cara lucнa cicatrices antiguas de los ritos de iniciaciуn de su tribu. El padre Hutot sirviу de intйrprete. La aldea de Bonginda habнa incumplido por dos veces consecutivas las entregas de caucho —los бrboles de la zona estaban ya exhaustos de lбtex— a los emisarios de la Compaснa Lulonga, concesionaria de la regiуn. Entonces, los centinelas Africanos apostados por la Forcй Publique en la aldea comenzaron a azotar y a cortar manos y pies. Hubo una efervescencia de cуlera y el pueblo, rebelбndose, dio muerte a un guardia, en tanto que los otros lograban huir. A los pocos dнas, la aldea de Bonginda fue ocupada por una columna de la Forcй Publique que prendiу fuego a todas las casas, matу a buen nъmero de pobladores, hombres y mujeres, a algunos quemбndolos en el interior de sus cabaсas, y trayйndose al resto a la cбrcel de Coquilhatville y a la