—Estб bien, Ўmon pиre! —dijo Casement—. Los llevarй conmigo en el Henry Reed hasta alejarlos de aquн. Pero sуlo hasta la orilla francesa mбs cercana.

—Dios se lo pagarб, seсor cуnsul —dijo le pиre Hutot.

—No lo sй, mon pиre —repuso el cуnsul—. Ustedes y yo estamos violando la ley, en este caso.

—La ley de los hombres —lo rectificу el trapense—. La estamos transgrediendo, justamente, para ser fie les a la ley de Dios.

Roger Casement compartiу con los monjes su cena frugal y herbнvora. Charlу largo rato con ellos. Dom Jesualdo bromeу que en su honor los trapenses estaban violando la regla de silencio que regнa en la orden. Monjes y legos le parecieron abrumados y vencidos por este paнs igual que йl mismo. їCуmo se habнa podido llegar a esto?, reflexionу en voz alta ante ellos. Y les contу que diecinueve aсos atrбs habнa venido al Бfrica lleno de entusiasmo, convencido de que la empresa colonial iba a traer una vida digna a los Africanos. їCуmo era posible que la colonizaciуn se hubiera convertido en esta horrible rapiсa, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decнan cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los so metieran a crueldades tan atroces, incluidos niсos, ancianos? їNo habнamos venido aquн los europeos a acabar con la trata y a traer la religiуn de la caridad y la justicia? Por que, esto que ocurrнa aquн era todavнa peor que la trata de esclavos їverdad?

Los monjes lo dejaron desfogarse, sin abrir la boca. їEra que, en contra de lo que dijo el abad, no querнan romper la regla de silencio? No: estaban tan confusos y lastimados por el Congo como йl.

—Los caminos de Dios son inescrutables para pobres pecadores como nosotros, seсor cуnsul —suspirу Dom Jesualdo—. Lo importante es no caer en la desesperaciуn. No perder la fe. Que haya aquн hombres como usted, a nosotros nos alienta, nos devuelve la esperanza. Le deseamos йxito en su misiуn. Rezaremos para que Dios le permita hacer algo por esta humanidad desdichada.

Los siete fugitivos subieron al Henry Reed al amanecer del dнa siguiente, en un codo del rнo, cuando el vaporcito se hallaba ya algo distante de Coquilhatville. Los tres dнas que permanecieron con йl, Roger estuvo tenso y angustiado. Habнa dado a la tripulaciуn una vaga explicaciуn para justificar la presencia de los siete nativos mutilados y le pareciу que los hombres desconfiaban y miraban con sospechas al grupo, con el que no tenнan comunicaciуn. A la altura de Irebu, el Henry Reed se acercу a la orilla francesa del rнo Congo y esa noche, mientras la tripulaciуn dormнa, siete siluetas silentes se escurrieron y desaparecieron en la maleza de la orilla. Nadie preguntу luego al cуnsul quй habнa sido de ellos.

A estas alturas del viaje Roger Casement comenzу a sentirse mal. No sуlo moral y psicolуgicamente. Tambiйn su cuerpo acusaba los efectos de la falta de sueсo, de las picaduras de los insectos, del esfuerzo fнsico desmedido, y, acaso, sobre todo, de su estado de бnimo en el que la rabia sucedнa a la desmoralizaciуn, la voluntad de cumplir con su trabajo a la premoniciуn de que tampoco su in forme servirнa para nada, porque, allб en Londres, los burуcratas del Foreign Office y los polнticos al servicio de Su Majestad decidirнan que era imprudente enemistarse con un aliado como Leopoldo II, que publicar un report con acusaciones tan serias tendrнa consecuencias perjudiciales para Gran Bretaсa pues equivaldrнa a echar a Bйlgica en brazos de Alemania. їNo eran los intereses del Imperio mбs importantes que las quejas plaсideras de unos salvajes semidesnudos que adoraban felinos y serpientes y eran antropуfagos?

Haciendo esfuerzos sobrehumanos para vencer las rachas de abatimiento, los dolores de cabeza, las nбuseas, la descomposiciуn de cuerpo —sentнa que adelgazaba porque habнa tenido que abrir nuevos agujeros a su cinturуn—, continuу visitando aldeas, puestos, estaciones, interrogando a aldeanos, funcionarios, empleados, centinelas, recolectores de caucho, y sobreponiйndose como podнa al cotidiano espectбculo de los cuerpos martirizados por los latigazos, las manos cortadas, y las historias pesadillescas de asesinatos, encarcelamientos, chantajes y desapariciones. Llegу a pensar que ese sufrimiento generalizado de los congoleses impregnaba el aire, el rнo y la vegetaciуn que lo rodeaba con un olor particular, una pestilencia que no era sуlo fнsica, sino tambiйn espiritual, metafнsica.

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