«Creo que estoy perdiendo el juicio, querida Gee», le escribiу a su prima Gertrude desde la estaciуn de Bongandanga, el dнa que decidiу dar media vuelta y emprender el regreso a Leopoldville. «Hoy he iniciado el regreso a Boma. Segъn mis planes, deberнa haber continuado en el Alto Congo un par de semanas mбs. Pero, la verdad, ya tengo material de sobra para mostrar en mi informe las cosas que aquн ocurren. Temo que, de continuar escudriсando los extremos a que puede llegar la maldad y la ignominia de los seres humanos, no serй siquiera capaz de escribir mi
Sin embargo, aquella larguнsima carta no versaba principalmente sobre el Congo, sino Irlanda. «Asн es, Gee querida, te parecerб otro sнntoma de locura pero este viaje a las profundidades del Congo me ha servido para descubrir a mi propio paнs. Para entender su situaciуn, su des tino, su realidad. En estas selvas no sуlo he encontrado la verdadera cara de Leopoldo II. Tambiйn he encontrado mi verdadero yo: el incorregible irlandйs. Cuando volvamos a vernos te llevarбs una sorpresa, Gee. Te costarб trabajo reconocer a tu primo Roger. Tengo la impresiуn de haber mudado de piel, como ciertos ofidios, de mentalidad y acaso hasta del alma».
Era cierto. En todos los dнas que le tomу al Henry iteec bajar por el rнo Congo hasta Leopoldville-Kinshasa, donde atracу finalmente al atardecer del 15 de septiembre de 1903, el cуnsul apenas cambiу palabra con la tripulaciуn. Permanecнa encerrado en su estrecha cabina, o, si el tiempo lo permitнa, tumbado en la hamaca de la popa, con el fiel
Sуlo pensar en el paнs de su infancia y juventud, por el que a lo largo de este viaje le habнa venido de pronto una nostalgia profunda, apartaba de su cabeza esas imбgenes del horror congolйs empeсadas en destruirlo moral mente y en perturbar su equilibrio psнquico. Recordaba sus primeros aсos en Dublнn, mimado y protegido por su madre, sus aсos de colegio en Ballymena y sus visitas al castillo con fantasma de Galgorm, sus paseos con su her mana Nina por la campiсa del norte de Antrim (Ўtan mansa comparada a la Бfricana!) y la felicidad que le deparaban aquellas excursiones a los picachos que escoltaban Glenshesk, su preferido entre los nueve
їNo era tambiйn Irlanda una colonia, como el Congo? Aunque йl se hubiera empeсado tantos aсos en no aceptar esa verdad que su padre y tantos irlandeses del Ulster, como йl, rechazaban con ciega indignaciуn. їPor quй lo que estaba mal para el Congo estarнa bien para Irlanda? їNo habнan invadido los ingleses a Eire? їNo la habнan incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses? Con el tiempo, aquella violencia se habнa mitigado, pero Irlanda seguнa siendo una colonia, cuya soberanнa desapareciу por obra de un vecino mбs fuerte. Era una realidad que muchos irlandeses se negaban a ver. їQuй dirнa su padre si lo oyera decir semejantes cosas? їSacarнa su pequeсo «chicote»? їY su madre? їSe escandalizarнa Anne Jephson si supiera que en las soledades del Congo su hijo estaba volviйndose, si no de obra, por lo menos de pensamiento, un nacionalista? En aquellas tardes solitarias, rodeado por las aguas marrones y cargadas de hojas, ramas y troncos del rнo Congo, Roger Casement tomу una decisiуn: apenas volviera a Europa se procurarнa una buena colecciуn de libros dedicados a la historia y la cultura de Eire, que conocнa tan mal.