Estuvo apenas tres dнas en Leopoldville, sin buscar a nadie. En el estado en que se encontraba, no tenнa бnimo para visitar autoridades y conocidos y tener que hablarles —mintiйndoles, por supuesto— de su viaje por el Medio y Alto Congo y de lo que habнa visto en estos meses. Telegrafiу en clave al Foreign Office que tenнa suficiente material confirmando las denuncias sobre el maltrato de los indнgenas. Pidiу autorizaciуn para trasladarse a la vecina posesiуn portuguesa para escribir su informe con mбs tranquilidad que sometido a las presiones del servicio consular en Boma. Y escribiу una larga denuncia, que era tambiйn una protesta formal, a la Procuradurнa del Tribunal Supremo de Leopoldville-Kinshasa sobre los sucesos de Walla, pidiendo una investigaciуn y sanciones para los responsables. Llevу personalmente su escrito a la Procuradurнa. Un circunspecto funcionario le prometiу en terar de todo ello al procurador, maоtre Leverville, apenas regresara de una cacerнa de elefantes con el jefe de la Oficina de Registros Comerciales de la ciudad, monsieur Clothard.

Roger Casement tomу el ferrocarril a Matadi, don de pernoctу sуlo una noche. De allн bajу hasta Boma en un vaporcito de carga. En la oficina consular encontrу un alto de correspondencia y un telegrama de sus jefes autorizбndolo a viajar a Luanda a redactar su informe. Era urgente que lo escribiera y con el mayor detallismo posible. En Inglaterra, la campaсa de denuncias contra el Estado Independiente del Congo estaba en plena vorбgine y participaban en ella los principales diarios, confirmando o negando «las atrocidades». A las denuncias de la Iglesia bautista se habнan sumado, desde hacнa tiempo, las del periodista britбnico de origen francйs Edmund D. Morel, secreto amigo y cуmplice de Roger Casement. Sus publicaciones causaban gran revuelo en la Cбmara de los Comunes, asн como en la opiniуn pъblica. Habнa habido ya un debate sobre el tema en el Parlamento. El Foreign Offi ce y el canciller lord Lansdowne en persona esperaban con impaciencia el testimonio de Roger Casement.

En Boma, como en Leopoldville-Kinshasa, Roger evitу hasta donde pudo a la gente del Gobierno, incluso rompiendo el protocolo, algo que no habнa hecho en todos sus aсos en el servicio consular. En vez de visitar al gobernador general le enviу una carta, excusбndose de no ir a presentarle su saludo en persona, alegando problemas de salud. Ni una sola vez jugу al tenis, ni al billar, ni a las cartas, ni dio ni aceptу almuerzos o cenas. Ni siquiera fue a nadar temprano en la maсana en los remansos del rнo, algo que solнa hacer casi a diario, incluso con mal tiempo. No querнa ver gente, ni hacer vida social. No querнa, sobre todo, que le preguntaran por su viaje y verse obligado a mentir. Estaba seguro de que nunca podrнa describir con sinceridad a sus amigos y conocidos de Boma lo que pensaba de todo aquello que habнa visto, oнdo y vivido en el Medio y Alto Congo en las ъltimas catorce semanas.

Dedicу todo su tiempo a resolver los asuntos con sulares mбs urgentes y a preparar su viaje a Cabinda y Luanda. Tenнa la esperanza de que saliendo del Congo, aunque fuera a otra posesiуn colonial, se sentirнa menos abrumado, mбs libre. Varias veces tratу de ponerse a escribir un borrador del informe, pero no lo consiguiу. No sуlo su desбnimo se lo impedнa; la mano derecha se le contraнa atacada por un calambre apenas comenzaba a discurrir la pluma sobre el papel. Las hemorroides volvнan a fastidiarlo. Casi no comнa y los dos criados, Charlie y Mawuku, le decнan, preocupados de verlo tan desmejorado, que llamara al mйdico. Pero, aunque йl mismo estaba inquieto por sus des velos, su falta de apetito y los malestares fнsicos, no lo hizo, porque ver al doctor Salabert significarнa hablar, recordar, contar todo aquello que por el momento sуlo querнa olvidar.

El 28 de septiembre partiу en un barco hacia Banana y allн, al dнa siguiente, otro vaporcito los trasladу a йl y a Charlie a Cabinda. John el bulldog se quedу con Mawuku. Pero ni siquiera los cuatro dнas que pasу en esa localidad, donde tenнa conocidos con los que cenу y que, como ignoraban su viaje al Alto Congo, no lo obligaron a hablar de lo que no querнa, se sintiу mбs tranquilo y seguro de sн mismo. Sуlo en Luanda, donde llegу el 3 de octubre, comenzу a sentirse mejor. El cуnsul inglйs, Mr. Briskley, persona discreta y servicial, le proporcionу un pequeсo despacho en su oficina. Allн empezу por fin a trabajar maсana y tarde bosquejando las grandes lнneas de su report.

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