Pero sуlo sintiу que comenzaba a estar bien de ver dad, a ser el de antes, tres o cuatro dнas despuйs de llegar a Luanda, un mediodнa, sentado en una mesa del antiguo Cafй Parнs, donde iba a comer algo luego de trabajar toda la maсana. Estaba echando una ojeada a un viejo diario de Lisboa cuando advirtiу, en la calle del frente, a varios nativos semidesnudos descargando una gran carreta lle na de fardos de algъn producto agrнcola, acaso algodуn. Uno de ellos, el mбs joven, era muy hermoso. Tenнa un cuerpo alargado y atlйtico, mъsculos que asomaban en su espalda, sus piernas y brazos con el esfuerzo que hacнa. Su piel oscura, algo azulada, brillaba de sudor. Con los movimientos que hacнa al desplazarse con la carga al hombro desde la carreta al interior del depуsito, el ligero pedazo de tela que llevaba envuelto en la cadera se abrнa y deja ba entrever su sexo, rojizo y colgante y mбs grande que lo normal. Roger sintiу una oleada cбlida y urgentes deseos de fotografiar al apuesto cargador. No le ocurrнa hacнa meses. Un pensamiento lo animу: «Vuelvo a ser yo mis mo». En el pequeсo diario que llevaba siempre consigo, anotу: «Muy hermoso y enorme. Lo seguн y lo convencн. Nos besamos ocultos por los helechos gigantes de un des campado. Fue mнo, fui suyo. Aullй». Respirу hondo, afiebrado.
Esa misma tarde, Mr. Briskley le entregу un tele grama del Foreign Office. El canciller en persona, lord Lansdowne, le ordenaba regresar a Inglaterra de inmediato, a redactar en Londres mismo su
Antes de tomar el Zaire, que partiу de Luanda a Inglaterra, con escala en Lisboa, el 6 de noviembre, escribiу una larga carta a Edmund D. Morel. Se carteaba secretamente con йl hacнa unos seis meses. No lo conocнa en persona. Se enterу de su existencia, primero, por una car ta de Herbert Ward, que admiraba al periodista, y, luego, escuchando en Boma a funcionarios belgas y gentes de paso comentar los artнculos severнsimos cargados de crнticas al Estado Independiente del Congo que Morel, quien vivнa en Liverpool, publicaba denunciando los abusos de que eran vнctimas los nativos de la colonia Бfricana. Discretamente, a travйs de su prima Gertrude, se procurу algunos folletos editados por Morel. Impresionado con la seriedad de sus acusaciones, en un gesto audaz, Roger le escribiу, enviбndole la carta a travйs de Gee. Le decнa que llevaba ya muchos aсos en el Бfrica y podнa darle informaciones de primera mano para su justa campaсa, con la que se solidarizaba. No podнa hacerlo abiertamente por su condiciуn de diplomбtico britбnico, y, por eso, era preciso que tomaran precauciones con la correspondencia a fin de evitar que fuera identificado su informante de Boma. En la carta que escribiу a Morel desde Luanda, Roger le re sumнa su experiencia ъltima y le decнa que, apenas llegara a Europa, se pondrнa en contacto con йl. Nada le hacнa tanta ilusiуn como conocer en persona al ъnico europeo que parecнa haber tomado conciencia cabal de la responsabilidad que tenнa el Viejo Continente en la conversiуn del Congo en un infierno.
En el viaje a Londres, Roger recuperу la energнa, el entusiasmo, la esperanza. Volviу a tener la seguridad de que su informe serнa muy ъtil para poner fin a aquellos horrores. La impaciencia con que el Foreign Office esperaba su