Llegу a Londres un 1 de diciembre glacial. Apenas tuvo tiempo de echar una ojeada a esa ciudad lluviosa, frнa y fantasmal, porque, una vez que dejу su equipaje en su departamento de Philbeach Gardens, en Earl's Court, y echу un vistazo a la correspondencia acumulada, debiу correr al Foreign Office. A lo largo de tres dнas se sucedieron reuniones y entrevistas. Se quedу muy impresionado. No habнa duda, el Congo estaba en el centro de la actualidad desde aquel debate en el Parlamento. Las denuncias de la Iglesia bautista y la campaсa de Edmund D. Morel habнan hecho mella. Todos exigнan un pronunciamiento del Gobierno. Este, antes de hacerlo, contaba con su report. Roger Casement descubriу que, sin quererlo ni saberlo, las circunstancias habнan hecho de йl un hombre importante. En las dos exposiciones, de una hora cada una, ante funcionarios del Ministerio —a una de ellas asistieron el director para Asuntos Africanos y el viceministro— advirtiу el efecto de sus palabras en los oyentes. Las miradas incrйdulas del principio se tornaban luego, cuando йl respondнa a las preguntas con nuevas precisiones, expresiones de repugnancia y espanto.

Le dieron una oficina en un lugar tranquilo de Kensington, lejos del Foreign Office, y un mecanуgrafo joven y eficiente, Mr. Joe Pardo. Comenzу a dictarle su informe el viernes 4 de diciembre. Se habнa corrido la noticia que el cуnsul britбnico en el Congo habнa llegado a Londres, con un documento exhaustivo sobre la colonia, y trataron de entrevistarlo la agencia Reuters, The Spectator, The Times y varios corresponsales de diarios de Estados Unidos. Pero йl, de acuerdo con sus superiores, dijo que sуlo hablarнa con la prensa luego de que el Gobierno se hubiera pronunciado sobre el tema.

En los dнas siguientes no hizo otra cosa que trabajar en el report maсana y tarde, aсadiendo, cortando y rehaciendo el texto, releyendo una y otra vez sus libretas con los apuntes del viaje que ya conocнa de memoria. A mediodнa comнa apenas un sandwich y todas las noches cenaba temprano en su club, el Wellington. Aveces se le unнa Herbert Ward. Le hacнa bien charlar con su viejo amigo. Un dнa йste lo arrastrу a su estudio, en el 53 de Chester Square, y lo distrajo mostrбndole sus recias esculturas inspiradas en el Бfrica. Otro dнa, para hacerlo olvidar por unas horas de su obsesiva preocupaciуn, Herbert lo obligу a salir y a comprarse una de las chaquetas de moda, con telas a cuadraditos, una gorra a la francesa y unos zapatos con empeines artificiales de color blanco. Luego, lo llevу a almorzar al lugar preferido de los intelectuales y artistas londinenses, el Eiffel Tower Restaurant. Fueron sus ъnicas diversiones aquellos dнas.

Desde su llegada, habнa pedido autorizaciуn al Foreign Office para entrevistarse con Morel. Dio como pretexto querer cotejar con el periodista algunas de las informaciones que йl traнa. El 9 de diciembre obtuvo la autorizaciуn. Y, al dнa siguiente, Roger Casement y Edmund D. Morel se vieron las caras por primera vez. En lugar de estrecharse la mano, se abrazaron. Conversaron, cenaron juntos en el Comedy, fueron al departamento de Roger en Philbeach Gardens donde pasaron el resto de la noche bebiendo cognac, charlando, fumando y discutiendo hasta que descubrieron a travйs de las persianas que ya era el nuevo dнa. Llevaban doce horas de ininterrumpido diбlogo. Ambos dirнan, despuйs, que aquel encuentro habнa sido el mбs importante de sus vidas.

No podнan ser mбs distintos. Roger era muy alto y muy delgado y Morel mбs bien bajo, fortachуn y con tendencia a engordar. Todas las veces que lo vio, a Casement le dio la impresiуn de que a su amigo los trajes le quedaban apretados. Roger habнa cumplido treinta y nueve aсos, pero, pese a su fнsico afectado por el clima Africano y las fiebres palъdicas, parecнa, acaso por lo cuidado de su atuendo, mбs joven que Morel, que tenнa sуlo treinta y dos y habнa sido apuesto de joven pero estaba ahora envejecido, con el cabello cortado al medio ya gris, al igual que sus mostachos de foca, y unos ojos ardientes y algo saltones. Les bastу verse para entenderse y —la palabra no les hubiera parecido exagerada— quererse.

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