—Ninguno de nuestros empleados ha huido —se indignу el gerente de la Peruvian Amazon Company—. їPor quй lo habrнan hecho? їPor las calumnias de dos chantajistas que, como no pudieron sacarnos plata, se inventa ron esas infamias?

—Mutilaciones, asesinatos, flagelaciones —recitу Roger Casement—. De decenas, acaso centenares de personas. Son acusaciones que han conmovido a todo el mundo civilizado.

—A mн tambiйn me conmoverнan si hubieran su cedido —protestу indignado Pablo Zumaeta—. Lo que ahora me conmueve es que gentes cultas e inteligentes como ustedes den crйdito a semejantes patraсas sin una previa investigaciуn.

—La vamos a hacer sobre el terreno —le recordу Roger Casement—. Muy seria, tйngalo por seguro.

—їUsted cree que Arana, que yo, que los administradores de la Peruvian Amazon Company somos suicidas para matar indнgenas? їNo sabe que el problema nъmero uno de los caucheros es la falta de recolectores? Cada trabajador es algo precioso para nosotros. Si esas matanzas fueran ciertas no quedarнa ya en el Putumayo un solo indio. Se habrнan largado todos, їno es cierto? Nadie quiere vivir don de lo azotan, lo mutilan y lo matan. Esa acusaciуn es de una imbecilidad sin lнmites, seсor Casement. Si los indнgenas huyen, nosotros nos arruinamos y la industria del caucho se hunde. Eso lo saben nuestros empleados, allб. Y, por eso, se esfuerzan por tener a los salvajes contentos.

Mirу a los miembros de la Comisiуn, uno por uno. Estaba siempre indignado, pero, ahora, tambiйn, entristecido. Hacнa unas muecas que parecнan pucheros.

—No es fбcil tratarlos bien, tenerlos satisfechos —confesу, bajando la voz—. Son muy primitivos. їUstedes saben lo que eso significa? Algunas tribus son canнbales. No lo podemos permitir їno es cierto? No es cristiano, no es humano. Lo prohibimos y a veces se enojan y actъan como lo que son: salvajes. їDebemos dejar que ahoguen a los niсos que nacen con deformidades? El labio leporino, por ejemplo. No, porque el infanticidio tampoco es cristiano їno es verdad? En fin. Ustedes lo verбn con sus propios ojos. Entonces, comprenderбn la injusticia que estб cometiendo Inglaterra con el seсor Julio C. Arana y con una compaснa que, a costa de enormes sacrificios, estб transformando este paнs.

A Roger Casement se le ocurriу que Pablo Zumaeta iba a soltar unos lagrimones. Pero se equivocу. El gerente les hizo una sonrisa amistosa.

—He hablado mucho y ahora les toca a ustedes —se disculpу—. Pregъntenme lo que quieran y yo les responderй con franqueza. No tenemos nada que ocultar.

Durante cerca de una hora los miembros de la Comisiуn interrogaron al gerente general de la Peruvian Amazon Company. Les respondнa con largas tiradas que, a veces, despistaban al intйrprete, quien le hacнa repetir pa labras y frases. Roger no intervino en el interrogatorio y en muchos momentos se distrajo. Era evidente que Zumaeta jamбs dirнa la verdad, negarнa todo, repetirнa los argumentos con que la Compaснa de Arana habнa respondido en Londres a las crнticas de los periуdicos. Habнa, tal vez, ocasionales excesos cometidos por individuos in temperantes, pero no era polнtica de la Peruvian Amazon Company torturar, esclavizar ni menos matar a los indнgenas. Lo prohibнa la ley y hubiera sido cosa de locos aterrorizar a los braceros que escaseaban tanto en el Putumayo. Roger se sentнa transportado en el espacio y en el tiempo al Congo. Los mismos horrores, el mismo desprecio de la verdad. La diferencia, que Zumaeta hablaba en espaсol y los funcionarios belgas en francйs. Negaban lo evidente con la misma desenvoltura porque ambos creнan que recolectar caucho y ganar dinero era un ideal de los cristianos que justificaba las peores fechorнas contra esos paganos que, por supuesto, eran siempre antropуfagos y asesinos de sus propios hijos.

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